Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.....
Ahora parecen veinte y no fueron más de cuatro años los que pasamos juntos trabajando en la fábrica de abrasivos. Lo que más recuerdo es el sonido seco, metálico, la mayoría de las veces violento, de la gruesa puerta del laboratorio cerrándose a nuestro paso cada vez que íbamos a parar a ese refugio que daba al pasillo angosto, apenas se dejaba atrás el Almacén.
Era un sonido como el de las bóvedas de los bancos o las escotillas de los submarinos en las películas, o las heladeras enchapadas de madera en los boliches de campo, cada vez que el patrón las empuja con el codo. Algo de eso tenía el laboratorio, y nosotros largábamos la puerta por cansancio, poquísimas veces uno no está cansado en el trabajo, aunque se empeñe en gambetear todo el día las obligaciones que justifican el sueldo. Íbamos hasta ahí en busca de la compañía de Tacho Manfredi, aquel hombre con aire sabihondo y en apariencia calmo llegado de Italia a los dieciséis años, huyendo en familia de la segunda guerra, la mañana que vio la carne sobrante de los asados tirada en la basura. No hay nada como las primeras impresiones para todo.
El primero en pasar a visitarlo por su refugio, bien temprano a la mañana, era Rossi, supervisor del Almacén. Retacón y con la bufanda cruzada en el cuello hasta en pleno verano, iba a tirarse al sillón que estaba en el hueco entre la mesada y una balanza de precisión, sin estrenar, encerrada en una caja de vidrio, la espalda recta contra el respaldo pegado a la pared.
El Tacho lo esperaba con la taza de mate cocido sobre el escritorio de chapa, de un lado, y del otro los suplementos bien doblados de La Opinión del domingo que le duraban toda la semana y arriba el libro que estaba leyendo, casi siempre algún ensayo sobre la revolución rusa, la marcha de Mao, o cosas por el estilo. No se miraban porque para hacerlo, por la posición de cada uno, tenían que torcer la cabeza.
Rossi apoyaba los codos a cada lado, el pelo cortado a lo milico, juntaba las manos y empezaba a hablar, con su voz de urraca porque se había sacado todos los dientes a causa de las caries, de lo que venía pensando desde que se había levantado, es decir, por qué tenía que pagar impuestos para mantener vagos, los ojos clavados en el cielo raso poblado de telas de araña. Invariablemente finalizaba su monólogo, porque Tacho jamás le dijo nada, con una puteada y la sentencia “vos seguí yugando, que los comunistas te van a salvar como en una de John Wayne”. Después se iba, con la risa cortada.

Al terminar la reunión operativa de la que El Tacho hace años se había auto excluido –esos cráneos se la pasan hablando al pedo sin resolver nada, decía- aparecía a media mañana, Pendejo Fabiani, en esa época becario de la escuela técnica de Escobar, recién incorporado al plantel de empleados.
Como le encantaba tener al Tacho cara a cara, iba derecho a cruzarse de brazos, apoyado en el mármol, justo frente al escritorio. El gringo lo seguía con la mirada hasta que el pibe se quedaba quieto, como quien espera una reacción imprevista. Enseguida empezaba la pulseada de ojos fijos sin parpadear. “Ma, querido, por qué no probás con pensar un poco para decir menos boludeces", largaba al final el Tano.
“Mirá que para eso están los jefes y no les gusta la competencia” “¿Entendiste ?" Entonces Fabiani se acercaba, lo agarraba de las orejas y le daba un beso sonoro en la frente que El Tacho nunca podía atajar a tiempo antes de arrancarse de la silla para tratar de darle una patada en el culo persiguiéndolo entre las muflas y los termómetros colgados.
Como toda fábrica chica de presupuesto bien ajustado, oficinas y archivos iban acomodándose en el primer hueco que quedaba libre. Por esa razón, como las criptas, el reducto del Tacho no tenía ventanas. “Cada vez que hay que tirar algo, lo ponen acá. Estoy entre la basura. Pero nadie me rompe las pelotas. No existo. Me pagan por no existir.”
Sus palabras sonaban como trueno, maceradas por la voz grave y profunda en ese corredor techado a merced de las corrientes de aire que arrasaban los papeles cuando quedaba la puerta abierta, casi siempre adrede, ante las maldiciones lentas del Tacho que no terminaba de maldecir para qué carajo había pegado carteles por todos lados. Lo veo agachado en su guardapolvo azul, los pelos revueltos, por algo le gritaban gallina cascoteada cuando andaba sacando muestras entre tambores de materia prima, blasfemando solo, los anteojos colgados de la nariz, una libreta negra en cada bolsillo.
El último en llegar al sepulcro era yo, que me arrimaba a la hora terrible de las tres de la tarde, cuando las agujas del reloj se pegan a la esfera. Tacho batía Café Dolca con mano artística en un vaso de precipitado, lo llenaba de agua caliente y servía en dos antiquísimas tazas Rigopal de Rigolleau, como gustaba subrayar. Mi obligación era agregar dos caramelos de leche que sacaba del bolsillo y disponerme a disfrutar a dúo de un poema de la Pizarnik, el final de algún artículo del gordo Soriano o una partecita de Rayuela. “Desconfiá de los intelectuales, saben mentir muy bien, conocen los mecanismos del alma y te hacen caer en la trampa. El sistema los usa para distraerte de la opresión, de la sensación de vivir a sueldo debajo de un zapato lustrado.”
Buen tipo el Tacho. Llegamos a llorar en silencio después de algún silencio.
Cuando vino la reestructuración empezaron a contarle las costillas. Las discusiones con sus superiores arreciaron. Después de cada cagada a pedos me comentaba: “Para estos tipos soy un palo en la rueda. Quieren calidad a los latigazos, sin invertir un mango". "Y eso, ¿es bueno o es malo?" , espetaba con ironía de fiscal su pregunta gatillo para lo que fuera. “Viniendo de semejante runfla al servicio de los explotadores, es muy bueno", lanzaba sin esperar respuesta sonriendo con los ojos. “ Hay que saber mirar y escuchar”.
Un jueves, el ingeniero Malfiño, dueño de la mayoría de las acciones de la empresa, me pidió los números de su performance. Ni bien abrió la carpeta supe que la del Tacho no alcanzaría para continuar en su posición. Con una mano en el corazón, no se podía negar que contribuía muy poco con la fábrica, y eso iba más allá de las afinidades que la vida nos brindó.
En poco tiempo el Directorio vació la empresa, vendieron en un puñado de dólares las acciones, cerraron. Me indemnizaron después de un largo juicio. Ayer me crucé con Manfredi, y me vinieron aquellos tiempos. La verdad, no entiendo por qué El Tacho cruzó de vereda apenas me vio.
