¡¡Chau Horacio!!

Carlos Riedel27 diciembre, 2014

Conocí a Horacio Ferrer de la mano de mi hermano mayor Arturo Famulari. Una mañana a la salida de nuestro trabajo en el Hospital Sirio Libanes, me pidió que lo acompañara a la Clínica Bazterrica porque tenía que ver a un paciente muy especial que quería presentarme. Como siempre Arturo sabe mantener la tención y me llevó a ciegas a visitar a aquel enfermo, que sufría una lumbalgia muy dolorosa.

Ferrer

Cuando entramos a la habitación estaba Horacio tirado en la cama, al verlo al Dr. Famulari con vos canchengue le tiró “Arrrrrturito querido”, vestía Horacio una musculosa blanca un calzoncillo bóxer azul con grandes lunares blancos y un lengue al cuello color azul. Hablamos con Horacio un rato y le pregunte por “Balada para mi muerte”, un poema que me había cautivado desde siempre. Ese poema tiene algun razguito guerrillero, dulzón y de bella despedida.

No fue la única vez que me encontré con Horacio, en dos oportunidades más charlé con él. Arturo es médico neurólogo y me enseño lo que se de neurología y neuropsicología, pero es un eximio escritor y la presentación de su segundo libro de cuentos la hicimos con Horacio en la Academia del Tango sobre lo alto del Café Tortoni.

Me encontré con Horacio en el Hotel Alvear donde vivió hasta su muerte. Aristócrata y orillero, siempre vestido con fina estampa tanguera.

Hablamos sobre qué diría cada uno en la presentación del libro y obviamente volví sobre algunos versos que me conmovían: “mi pequeña poesía de adioses y de balas”, “Abrazame fuerte que por dentro /me oigo muertes, viejas muertes,/ agrediendo lo que amé”.

Horacio fuente de la gentileza y el buen trato me dejo algunas palabras que me permitieron escribir este texto que sigue que es parte de la Novela “Con los ojos del Che”...

"Subiendo rumbo a la Av. Quintana y hablando de poetas, veo a Horacio Ferrer, que abandonaba el bulín de la calle Ayacucho para realizar un paseo a pleno sol. Mi retraimiento y mi timidez, no me permiten entablar ningún tipo de dialogo, así que solo atiné a mirarlo y sonreírle con simpatía, pero inmediatamente un par de versos de su “Balada para mi muerte” ametrallaron mi conciencia.

“Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.”

Siempre supe que vivir es difícil, pero también que es un hermoso oficio saber vivir. Entonces aquel día supe lo que no sabía, que también es de buenos o de muy buenos saber morir, que hay un cómo, que hay un deseo esteta y artístico. Ferrer dice que hay otras muertes, viejas muertes que agreden lo que uno ama. Pero que hay una forma, una bella forma para esperar la muerte del cuerpo que siempre llega, entonces vestido con el alba como único abrigo, dejando pequeñas cuestiones pendientes que adornen la escena: el vaso de whisky, los cigarrillos, algún poema de adioses y de balas, llegará la muerte enamorada, como siempre ritualmente puntual.

Quizás esa sea una muerte deseada, quizás esas viejas muertes que agreden lo que uno ama sean liberadoras de los tangos que uno va escribiendo en una vida apenada por la desaparición. Desaparecer no es morir, en la desaparición no hay cuerpo, simplemente hay ausencia. Una ausencia que no se entrega, que nos resistimos a dejar ir. Que nos llena de nostalgias que avinagran y amaniatan el alma.

Si camino por Buenos Aires, es distinto a otras ciudades en el mundo, en mi ciudad ya busqué, no tengo que andar como en otros tiempos mirando cara por cara mientras camino buscando a Mara, por lo tanto el caminar es canturrear tangos, encontrar las diferencias más que las repeticiones. Buscar diferencias, autenticidades, individualidades.

Creo haber dicho que algún día me encontré con Gilles Deleuze. Yo venía pensando la repetición como Freud manda, pero un día este tipo me cambió el paradigma y la cabeza se me trastocó. Entonces Mara empezó a desaparecer un poco más de mi cabeza, porque si nos centramos en las diferencias, nunca hay repeticiones. O para decirlo de otra manera, las reediciones de sucesos del pasado están marcadas por todos los matices diferentes y aun toda la gama de colores posibles, dejando solo pequeñísimos espacios a la insistencia de algún contenido; entonces allí la repetición. Insistencia que será necesaria hasta tanto elaboremos aquello que tiene relación con lo perdido. Así de esta forma me va quedando la idea en la cabeza.

“Mi noche triste”, que Pascual Contursi escribiera en 1916, es el primer tango. Digamos que no había existencia de tango como hoy lo entendemos hasta “Mi noche triste”. Miles y miles de inmigrantes, desolados por el hambre y la guerra llegan desde Europa a intentar hacerse la América. Eran hombres solos que habían dejado su amores en otros lugares, eran los dueños del exilio y venían a trabajar. Eran pobres y tristes y eran mirados por los habitantes de la época como intrusos, como se mira a un extranjero en cualquier parte del mundo. Muy pocos pudieron triunfar y muy pocos lograron regresar a sus afectos. Pero había demasiados hombres y pocas mujeres en Buenos Aires, así nació la histeria porteña y la prostitución, se autorizaron la casas de putas. Y siempre detrás de una puta hay un hombre triste que no encuentra el amor perdido. Entonces el tango se empezó a escribir con la sangre que fluye por el dolor de la ausencia".

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