Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud… Demasiada gente trabajando en lo que no le gusta. Alcanza con observar la procesión a los lugares donde se va a cumplir esa condena con sueldo a fin de mes que llamamos nuestro deber. Es extraño que el sistema económico, decir capitalismo suena a viejo a esta altura, no dedique suficientes medios y esfuerzos para que los trabajadores de lo que sea, ninguna actividad humana escapa a esta epidemia, se desempeñen, ya se sabe lo de la maldición bíblica y el sudor de la frente, en algo que permita atravesar las ocho horas promedio de jornada sin desesperación. Muchas veces sería tan fácil como cambiar las fichas en un tablero, aunque en otras requeriría mayor imaginación. El mismo sistema recogerá los beneficios con creces: más producción y eficiencia. Más plata, hablando en criollo. Menos enfermedades, menos muertes jóvenes, menos ausentismo y represión. Finalmente, aunque suene pueril, recuperaremos la esperanza de alcanzar un poquitín de felicidad, eso que venimos persiguiendo desde la cuna.
Grandote y pelado, Don Rafa tiene la contextura física del tipo imposible de imaginar sin panza, haciendo caminatas en zapatillas y pantalones cortos para cuidar la salud. Siempre bien vestido con ropa de calidad, resulta raro no oler su colonia de primera marca al verlo llegar preocupado, demostrando una calma ambigua cuando arranca a hablar en tono bajo y despaciosamente respetuoso, como buen chinchudo acostumbrado a contenerse para no caer en la tentación de mandar todo a la mierda. Anda de un lado para el otro, pero contradictoriamente, lo suyo es lo estático: negociaciones, trámites, escritorio, computadora portable siempre lista, portafolio llenito de las carpetas con números exactos, resultados concretos, como piden los gringos en las presentaciones. A eso vamos casi siempre juntos, de Argentina a Chile, desde hace años.
Las primeras veces nos encontramos sin mirarnos mucho, semblanteando la situación igual que jugadores de truco sin nada para cantar. Más adelante dialogamos pavadas, nos contamos sobre las familias, confesamos algunas de esas cosas que los viajes dejan al descubierto en un incómodo asiento de avión cuando se retira la marea de las urgencias. Lo que vino después, de a poco, otra ironía, fue otro silencio, el de las miradas de los dos fija en la bahía con grandes barcos entrando y saliendo de San Antonio, donde solíamos tener último destino.
Don Rafa se define en sus actos, como casi todos, y es manejar la camioneta importada con olor a nueva por más que tenga sus años, también quietos ahí, aunque vayamos por rutas impecables, sea mediodía bajo el cielo muy azul y limpio, y nos reflejemos en los espejos: un muñeco desordenado y triste por mi parte; un cuerpo apretado por el cinturón de seguridad, la panza asomando marcada él, y ninguno de los dos parece incómodo. Cada diez o doce mojones de kilómetros deja caer sentencias, pases cortos a mi respuesta casi siempre concordante que le deja en la cara una paz rara hasta los próximos diez o doce mojones cuando insistirá en pintar la tela blanca del viaje.
También lo descubro exacto al verlo en el sillón del lobby del hotel donde aguarda, sentado frente a una taza de café con leche que se trajo desde el bar, siempre diez minutos antes de la cita. Estira los brazos, sorbe un trago con placer, se empañan levemente sus anticuados anteojos metálicos, cuadrados. Debiera sacarle una fotografía, como pienso cada vez que está ahí, el saco azul con botones dorados, las manos grandes sobre los apoya brazos, un mensaje de falsa paz que intuyo desde que lo vi en el primer aeropuerto, cuando nos parecían terribles esos viajes y no sabíamos nada del futuro, impiadoso por definición.
Don Rafa sonríe de lejos, como si no hiciera falta demostrar afecto más allá de esa sonrisa, o como si tuviera culpa de expresar lo que siente, que al final es eso, y no le erro ni dos milímetros. Con la mirada neutra saluda hasta un reencuentro después de varios meses en los que apenas si cruzamos mails puramente laborales. Para su manera de entender la vida, el tiempo no pasa, lo caminamos siguiendo la flecha que marca la rutina, presente perpetuo.
Es momento de revelar que Don Rafael es chileno y por lo tanto respetuoso hasta el sacrificio de las jerarquías y las órdenes recibidas en medio de esos silencios que tanto me cuesta dilucidar hasta que dejo de considerarlos gestos de agresividad y los comprendo como señales de una fragilidad melancólica escondida en semejante grandulón. Dispuesto a trabajar por necesidad de concentración, para no pensar, por obediencia militar o todas al mismo tiempo.
Hace seis años desde la última vez que coincidimos en un viaje. En ese último round vimos desarmar la filial chilena como la carpa de un remate. Me fui antes, apenas empezaba el clima del vaciamiento, pero él siguió cumpliendo cada paso del manual de los gringos, que tienen manual hasta para levantar la mano. Siguió hasta el final, fiel a su idea de que el futuro sigue ahí adelante.
Firme, último soldado en la trinchera hasta el último día, mientras por todos lados pasaban tipos con escritorios en los hombros. La tarde en que me fui, mientras esperábamos el ascensor, Don Rafa me exigió con enojo que le devolviera una ficha adaptadora para la PC que ya no servía para nada. Me reí pero en sus ojos sin luz descubrí que no era una joda. Déjese de embromar, hombre, le dije mientras bajábamos y puse el pedazo de plástico en su mano abierta cuando llegamos a la planta baja.
Metidos en el silencio del desarmado de la empresa, paso a paso dejamos atrás las veces en que los dos miramos la bahía desde lo alto del restaurante, viendo entrar y salir los barcos en San Antonio. No se me ocurrió zamarrearlo como a un pendejo, gritarle en la cara: despertate pelado, que todo esto es una mentira. Que vos, tan preocupado por los contratos que deben firmarse para terminar sin faltas ni desvíos, te vas a pescar un cáncer y un gringo lejano me va informar tu muerte como prescribe el manual.
Eso pienso ahora, después del mensaje breve de esta mañana. Siempre se pueden resumir las malas noticias. Solamente cuenta el tono, los silencios. Las palabras no tienen sentido, como cuando estamos cogiendo, abrazados al borde del desierto, despidiéndonos de lo que nunca fue.
Ahora, sentado frente a esta absurda ventana sin más horizonte que una pared amarilla, sin bahía ni barcos ni nada vivo, me doy tristemente la razón como quien no quiere tener la verdad, si la verdad no sirve para dejar de sufrir.
Don Rafa se iba a enfermar ni bien la compañía liquidara todo, como si supiera que se viene el fin del mundo, porque las empresas saben siempre lo que va a pasar, más lo malo que lo bueno. Claro que yo sabía que Don Rafa se iba a enfermar cuando ya ni siquiera pudiera entrar a la planta que se puso en venta. Cuando llegara en su camioneta impecable, y lo recibiera un solo portero para contarle lo que dice el reglamento en estos casos y las palabras cayeran en el eco helado lleno de recuerdos de máquinas y cosas que ya no estaban. No iba a resistir.
Don Rafa, le digo ahora sin ver más que su alma en esta mañana luminosa, usted se iba a enfermar cuando ya no pudiera ir a regar el árbol al lado de su oficina que salvó de milagro que lo talaran. Si los yanquis jamás entienden nada, si deben haber pensado, viejo loco, y un sudamericano obsecuente habrá susurrado le vamos a dar el gusto hasta que se vaya de una vez, no cuesta nada, son dos meses para el cierre definitivo.
Vea Don Rafael, no se ponga mal, no le pasa a usted solo. Siempre cuesta distinguir. Corrijo: a mí siempre me cuesta distinguir. Nunca estoy seguro de nada hasta que el portazo de la realidad me deja afuera y llega esa puta sensación de haberlo soñado. Y ya no hay nada que hacer.

