Paradojas: una reflexión interesante

Carlos Riedel24 diciembre, 2012

"Si la contradicción es el pulmón de la historia, la paradoja ha de ser, se me ocurre, el espejo que la historia usa para tomarnos el pelo. Ni el propio hijo de Dios se salvó de la paradoja. Él eligió para nacer, un desierto subtropical donde jamás ha nevado, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la navidad desde que Europa decidió europear a Jesús. Y para más inri, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo." (Eduardo Galeano, de "El Libro de los Abrazos")

Por Mariana Pretto

El 25 de diciembre fue la fecha que se consensuó para celebrar el nacimiento de Jesús. Probablemente no haya nacido ese día, incluso algunos sostienen que este personaje es parte de un relato mitológico. Pero no creo que todo esto tenga tanta relevancia, porque como dijo el sabio Gandhi: “Por nada me alteraría si alguien pudiese probar que el hombre llamado Jesús nunca vivió y que el relato evangélico es una ficción. El sermón de la montaña quedaría igualmente verdadero para mí”.

 

Más allá de nuestras creencias, de nuestras religiones y de nuestras diferencias en los modos de interpretar, aceptar o rechazar la idea de Dios, nos enriqueceríamos mucho como individuos y como grupo si nos tomáramos algunos momentos para pensar en los grandes hombres y mujeres -provenientes de cualquier raza, cultura o religión- que dedicaron parte de su vida al bienestar de los demás y que enriquecieron el pensamiento humano con ideas nuevas.

Jesús fue uno de esos hombres. Su vida estuvo dedicada al servicio, pero además luchó por derrumbar el dogma religioso de su época para mostrarle al mundo el camino de una religión personal y genuina, libre de la tradición y de las autoridades religiosas, basada únicamente en la filiación con nuestro Padre Celestial y en la –consecuente- conciencia de la hermandad con nuestros semejantes.

Pero son pocas las personas que se detienen en este aspecto del mensaje de Jesús. Será que es “peligroso” para el sistema religioso que los creyentes reflexionen acerca de la libertad espiritual…

Jesús atacó la hipocresía de las autoridades religiosas que hacían de la religión un dogma establecido y paradójicamente fue la misma hipocresía de autoridades religiosas subsiguientes la que lo convirtió en bandera para proclamar los mismos dogmas y las mismas mentiras que él mismo había denunciado. Fue injusta su muerte en la cruz, pero más injusto fue la apropiación de su persona a lo largo de la historia para cometer “en nombre de Dios” tantas aberraciones.

La verdad siempre es contaminada y tergiversada en el transcurrir de los años y, lamentablemente, lo primero que nos llega es la versión de segunda mano, la historia manipulada.

Dicen que ser un buen cristiano es ser apacible, humilde, sumiso, temeroso, obediente, y por supuesto, para ser cristiano hay que sufrir mucho, porque el sufrimiento es indispensable para llegar a Dios. Pero ¿fue esta la vida que llevó Jesús en la tierra? ¿Su personalidad se correspondía con estas características?

Jesús fue un hombre que fraternizó con los niñitos, que no perdió oportunidad para consolar y ayudar a los menos favorecidos porque “anduvo haciendo bienes”, que compartía el vino con sus amigos, con “publicanos y pecadores”, y su doctrina era atrayente porque “no enseñaba como los escribas”. Esto sólo puede hacerse desde el goce y la alegría, no desde el sufrimiento y la pena.

Jesús no era sumiso a un Padre temeroso, Jesús era fiel a su Padre amoroso, porque de la misma manera que un niño confía en un padre bueno y sabio, él confiaba en su Padre Celestial y seguía su voluntad porque sabía que eso era lo mejor para él y para el mundo.

Tampoco era un obediente ciego a las reglas establecidas; no dudaba en sanar a los enfermos en “el día de reposo”, ni se lavaba las manos sólo porque era la tradición. Y no fue temeroso frente a las autoridades religiosas que lo criticaban; al contrario, tuvo el coraje de desafiar a semejante poder sin tener ningún marco legal que lo ampare.

Jesús sí era bueno, y era calmo y amable, pero cuando la situación lo requería estaba dispuesto a actuar “desprolijamente” como cuando echó a todos los mercaderes del templo, porque no podía soportar que usen la religión para fines comerciales y que hagan “de la casa de su Padre una casa de mercado”.

Pero como “la paradoja es el espejo que la historia usa para tomarnos el pelo”, los mercaderes que él mismo había expulsado del templo se aprovecharon de él para hacer un gran negocio: se han encargado exitosamente de reemplazar una figura que promueve valores espirituales por otra que promueve valores materiales y que no es más que la perversión de otro personaje histórico, aquel Santa Claus que nada tenía que ver con los regalos caros, con el trineo, con Coca-cola, y que en todo caso el valor de los regalos recaía en que los hacía con sus propias manos y que no hacía diferencia entre ricos y pobres.

Es que a esta sociedad hipócrita no le conviene que los valores morales y espirituales prevalezcan. Como dice Jorge Meconio, “esta es una buena época para ser un hijo de puta porque la gente ya no le da pelota ni a la religión, ni a los ideales humanitarios, ni al comunismo, ni a toda esa mierda que son algunos de los grandes generadores de ética”

La cultura del consumo y la competencia nos enseña a ser materialistas e individualistas; el sistema religioso nos enseña a sufrir, a temer y a obedecer; pero los grandes Maestros permanecen en silencio, y con total humildad nos muestran otros valores y nos susurran otro camino a seguir.

“Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero” (Mt 13:30)

Cada uno de nosotros, con nuestra propia capacidad de discernimiento, podemos ser sabios cegadores, y separar el buen trigo de la cizaña, lo valores heredados de los valores verdaderos, la “fe de los mayores” de nuestra fe personal, lo que aprendemos por instrucción de lo que nosotros mismos podemos descubrir.

“Oh no eres tu mi cantar

No puedo cantar ni quiero

A ese Jesús del madero

Sino al que anduvo en la mar.

Cantar de la tierra mía

Que echa flores

Al Jesús de la agonía

Y es la fe de mis mayores”

(“La Saeta” A. Machado/J. M. Serrat)

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