En Zárate, los plátanos caen de pie

Carlos Riedel27 septiembre, 2018

Por Armando Borgeaud...

Urge la necesidad cada vez más perentoria de hacer algo, de manera planificada, como se han realizado muchas importantes obras públicas en los últimos años, para reemplazar los añosos plátanos del radio céntrico. Criteriosamente, para minimizar consecuencias ambientales, es imprescindible actuar para evitar más daños a la propiedad privada y pública como los que se vienen generando en cada tormenta fuerte que, por otra parte, hace años son cada vez más frecuentes debido al cambio climático. Daños que podrían extenderse a las personas en cualquier momento, lo que sería mucho más doloroso aún. Hay gente capacitada en el estado para realizar estas tareas, en el ámbito local y provincial. La cuestión es adelantarse a los hechos y prevenir. Eso que en muchas partes del mundo es normal y en la Argentina, lamentablemente, resulta excepcional. ¿Habrá alguien trabajando en el tema en algún lado ?. Es cierto que hay temas pendientes por todos lados, no caben dudas. La ciudad es grande y los requerimientos abundan. La cuestión será sopesar bien las acciones para que un problema importante no resuelto a tiempo, salte a la lista de los urgentes de un día para el otro.  Mientras tanto, un poco de nostalgia para diluir la queja. Porque como decía el gran Emilio Stevanovich, si alguien no lo conoce ir a Google:  no hay que hacerse mala sangre. 

Recuerdos a la sombra

Árbol de la familia de las platanáceas, con una altura de 15 a 20 o más metros y amplia copa, tronco cilíndrico, de corteza lisa de tono claro, verde grisáceo, que se renueva anualmente, desprendiéndose en placas irregulares, hojas caedizas y alternas, de limbo amplio, palmeado-lobuladas, con pecíolo ensanchado en su base, que recubre la yema subsiguiente. Es árbol de sombra, muy apreciado para plantaciones lineales en calles y paseos. Su madera blanca rosada, de dureza media, ofrece un bello jaspeado y se presta para trabajos de ebanistería.  ( Plátano, según el diccionario RAE )

Estos plátanos zarateños sobrevivientes añejos y resecos que en cada tormenta  fuerte como la del sábado pasado se desploman enteros, o de cuyos troncos se desprenden pesadísimas ramas de sus altos follajes, arrastrando cables de todo tipo con el peligro consecuente para  personas y bienes,  fueron plantados en los primeros años del siglo XX, como hilvanes del tejido de las primeras manzanas con más baldíos que casas.

En las fotos sepia se los puede ver adolescentes, flaquitos y orgullosos, sostenidos, los más antiguos, por las estacas colocadas por aquellos gringos constructores de los solares con doble balcón y mampostería artística que hoy resultan prodigios de la creación arquitectónica comparados con el mal gusto y la dudosa calidad de las edificaciones actuales.

Testigos privilegiados del crecimiento entusiasta de la ciudad, esos plátanos hoy centenarios y abandonados de toda planificación y cuidado urbano preventivo, fueron desplegando sus ramas lentamente,  prodigando amparo  al sol implacable desde aquellos veranos de nuestra infancia, cuando  aún existían mariposas, chicharras ( algunas sobreviven ) y luciérnagas, hasta este presente de clima tropical.

Cuando los autos que transitaban a la hora de la siesta nos regalaban tiempo para jugar picados en plena calle, con poquísimas interrupciones. Esos fieles árboles que ahora suplican su reemplazo ordenado, cercanos al fin de su ciclo vital, por especies acordes a los tiempos, nos servían de postes para los improvisados arcos de fútbol, muchas veces concebidos entre ellos y los muros de los baldíos o galpones desocupados.

Durante el otoño, era un clásico  la campaña de poda: un ejército de escaleras altísimas recostadas en los troncos, los hombres en alpargatas trepados serrucho en mano, los camiones volcadores recogiendo las montañas de ramas, las bolillas perfectas de los brotes que venían siempre  bien para las guerras entre bandas de pantalones cortes. Al terminar la faena que se iba extendiendo a lo largo y a lo ancho del trazado durante varias semanas, esos troncos despojados de follaje, figuras petrificadas con aire cadavérico, representaban la metáfora visual más precisa de aquellos inviernos largos y grises en los que la escuela y los deberes venían a reemplazar a los juegos en la calle hasta la próxima primavera.

Esos plátanos que en la calle Rivadavia, durante largas temporadas, unían sus ramas de un lado al otro de las veredas, conformando un túnel inolvidablemente verde y acogedor. Esos plátanos que nos guarecían con su cálida piel del miedo a ser descubiertos en la escondida que salíamos a jugar después de cenar.

Mientras nuestros padres  y abuelos iban sacando lentamente las sillas a la vereda para aprovechar el fresco que, cerca de la media noche, empezaba a mover las hojas con perfume de río, envolviendo sus conversaciones en voz baja,  en la semioscuridad de espirales y bichitos de luz.

En largas  tardes de aburrimiento, nuestras manos pequeñas desnudaban de cortezas las cinturas de los troncos, atravesadas por hilitos larguísimos de hormigas coloradas, mientras nuestros diálogos iban y venían del fútbol a las canciones de Palito, de las vecinas que más nos gustaban, siempre lejanas, siempre indiferentes, a los fragmentos de conversaciones de los grandes que afortunadamente nunca entendíamos del todo. Como suele pasar en la vida con lo que añoramos, los plátanos estuvieron allí todo ese tiempo sin que nos diéramos cuenta. Hasta que, viejos y cansados, se fueron apagando sin reproches, en medio de la indiferencia de los nuevos tiempos. Igual que nuestra infancia. No solamente para evitar accidentes que pueden ser cada vez más graves hay que reemplazar a los pobres plátanos que caen de pie. Hay que hacerlo por lo que nos dieron, por aquellos recuerdos a su sombra.