EN PRIMERA PERSONA por Sergio Daniel Robles: a 47 años del día en que explotó el polvorín del Arsenal Naval de Zárate

Carlos Riedel21 septiembre, 2024

Transcurría el primer año de la dictadura militar y el primero de mis estudios secundarios, de modo que los recuerdos que tengo, aunque soy memorioso, con el paso del tiempo pudieron haber sufrido alguna alteración involuntaria en su exactitud. Sin embargo, aparecen muy vívidos, guardando muchos detalles de aquel día, quizás, por habernos conmovido por la naturaleza de su excepcionalidad. Quienes recuerdan aquel momento, también lo harán desde los lugares en que se encontraban: en el reposo del hogar, en la salida nocturna, en una boda…

La mañana del sábado 16 de octubre de 1976 se presentó fría. En algún momento de la jornada cayó una lluvia en forma de granizo. La noche aparecía serena y expectante, dado que el sitio desde donde nos tocó ser testigo de la historia era la festividad de los quince años de una prima, con todo lo que ello implica socialmente.

Ya dispuestos a dejarnos llevar por la alegría de la ocasión, allí, en el club social, las persianas de las puertas ventanas permanecían cerradas.

Los comensales en las mesas, en diálogo animado. De pronto, del mismo modo que experimentamos toda irrupción que nos sorprende, que nos deja atónitos por un instante, las ventanas se sacudieron en secuencia, al mismo tiempo que se hacía escuchar por encima de las voces, un estruendo, de aquellos que sobresaltan.

Eran las 23.20. Al silencio general, sobrevinieron algunos comentarios que insinuaban sobre el estallido de una posible bomba en la comisaría, por la aparente cercanía con que se percibió la explosión.

No habían pasado algunos minutos cuando las sirenas comenzaron a escucharse por doquier. Ya en el patio interno de aquel club social céntrico, observamos, en dirección al Arsenal, un hongo rojizo, iluminado como un fuego. No había dudas, el siniestro provenía del Arsenal de Marina, aquella institución militar que era parte de mi vecindad. Había explotado el polvorín.

El resto de la noche transcurrió en medio de la destrucción y daño de viviendas, de vecinos sorprendidos y acongojados, de ambulancias que iban y venían por la calle Chacabuco, de soldados que controlaban el ingreso por la zona civil más afectada.

Pocos días después supimos del saldo arrojado: la muerte de un soldado conscripto que custodiaba el polvorín y de dos vecinas (la señora de Valido que se hallaba descansando en su cama y la señora de Rosado, que celebraba el cumpleaños de su hija), varios heridos de distinta consideración y destrozos materiales en las viviendas de diferentes barrios de la ciudad.

Aquella explosión, producto de una negligencia, aunque siempre existieron rumores de un posible atentado, dejó a una ciudad conmovida.