La mesa alta con patas como de jirafa y las cinco sillas distribuidas alrededor estaban incrustadas en un lodazal sin horizonte. Conversaban sin quitarse los ojos de encima, los antebrazos apoyados contra la madera, sentados en los cojines bordados con hilo dorado.
Las mujeres llevaban el rasguño de las décadas en la piel, usaban vestidos largos de opacos colores y lentejuelas que reflejaban el sol; los tres hombres, de cabellos canosos engominados, iban de traje aterciopelado con el detalle del moño a la altura del pecho.
Las fuentes de porcelana repartidas en la mesa rebalsaban variedades de trufa; acarameladas, fritas, bañadas en chocolate, cortadas en feta, en dados, rayadas, enteras, algunas recién escarbadas y con tierra, licuadas en jarrones de cristal.
Picoteaban en una y otra, mezclaban los sabores con lentos movimientos maxilares. A veces, por mera torpeza al tomar una trufa, o por avistar un insecto incrustado en ellas, o por tratarse de porciones no tan apetitosas, caían los restos desde lo alto como proyectiles a la espera de los puercos amarronados por el lodo que perfilaban sus hocicos hacia la mesa, estáticos, hasta el instante que divisaran la trufa cayendo en picada desde un cielo incierto, bondadoso, y entonces se abalanzaban, se apretujaban, se trepaban los unos a los otros en poderosos guarridos, se mordían las patas traseras hasta que la trufa devorada por algún privilegiado ya no pudiera ser olida, y de nuevo a esperar con la paciencia del que no tiene más remedio.
Mientras tanto las voces elevaban sus tonos en discrepancia, sin dejar de picotear las fuentes de porcelana y corregir con pañuelos de seda las manchas de chocolate, caramelo o migas adheridas a los labios.
Delineaban estrategias, discrepaban montos presupuestarios, formulaban prevenciones al augurio de terremotos financieros, desplegaban gestiones diarias, semanales y mensuales, con llamados de atención, con golpes a la madera que hacían saltar las trufas al abismo, a los incontables ojos que confiaban en la eficacia de sus reflejos para llegar a sitio antes que tocara el suelo.
Por error, por la torpeza de una mano que se deslizó sobre la mesa, una fuente entera fue a parar al vacío, y las trufas cayeron al lodo como granizo negro, y el torbellino de hocicos chapoteó hacia la dádiva, ya sin morderse las patas traseras, ya sin subirse los unos encima de los otros, pues adivinaban que esta vez había suficiente como para que cada uno procurara un bocado.
Fue una arremetida fugaz. Un puerco masticó la porcelana de la fuente e inmediatamente se sumaron otros hasta hacerla desaparecer entre sus bocas de saliva pastosa. Exceptuando al único satisfecho que había tenido la fortuna de estar allí donde las trufas cayeran, el resto de los animales recuperó la postura de espera, con el hocico chato apuntando hacia el dorso de la mesa y los ojos atentos a la condescendencia del destino.
El privilegiado se echó donde el sol había entibiado el lodo a soñar que comía las patas de una mesa incrustada en un lodazal, y despertaría más tarde por las quejas de su estómago, justo antes de realizar la última mordida que la hiciera caer.

