Escrito hace un año, después de la muerte del Flaco...


Tengo 54 años y desde los 11 que escucho la música de Luis Alberto Spinetta, esas canciones atemporales que mi hermano mayor cantó para mí, eso es para mí el Flaco, un hermano mayor.
El flaco le puso la música a mi vida y ese sonido acompañó cada uno de mis momentos de alegría y de dolor. Me enamoré por primera vez escuchando “Muchacha”, salí de cada momento de dolor y tortura canturreando en mi cabeza “Cementerio club”, descubrí que la felicidad está adelante y que hay que ir en su búsqueda escuchando “La cantata de puentes amarillos”, disfrute del arte sublime con “Bajan”. Putie a la dictadura de Lanusse con “La serpiente viaja”, acompañe las rondas de las madres con “Las golondrinas de la Plaza de Mayo”, sufrí la violencia acompañado por “La bengala perdida”. Vi el neoliberalismo con “Yo quiero ver un tren”. Ame escuchando “No te alejes tanto de mi”. Soñé cipreses, vi tantos monos, nidos, platos de café.
La primera vez que vi afuera del escenario a Luís, fue la tarde de 1973 que presentaba Artaud en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, era muy temprano el recital empezaba a las 9 o 10 de la noche, pero adolescentes y ansiosos, con un grupo de amigos habíamos viajado en tren y al medio día ya estábamos en la plaza Libertad, frente al teatro.
Vimos un tipo vestido de verde sentado en un banco de la plaza. Pensamos que era Carlitos Tártara, que siempre andaba disfrazado del Flaco. Corrimos hacia él y nos dimos cuenta que era Luís.
Yo le pregunto, cómo puede preguntar un pendejo de 15 años a su ídolo: “Vos sos Spinetta?”. El flaco con sus 23 años me miró desde su mente perfecta y me dijo: “Nene, yo soy Dios” y se paró y se fue, lo seguimos hasta la puerta del teatro y yo particularmente lo seguí el resto de mi vida desde aquel maravilloso recital.
El Disco Artaud, me abrió la mente hacia una literatura maldita y fascinante.
Treinta años después, sentado yo en el sillón del analista en mi consultorio en el barrio de Belgrano en Bs.As.; (está en planta baja y tiene un buen ventanal que da a la calle Virrey Loreto); veo pasar una cabeza color zanahoria, inmediatamente corrí hasta la puerta del edificio y le grité: “Dios”, el Flaco giró sobre sus pies me miró fijo, a unos 5 metros de distancia y ensayó una reverencia cortesana y me dijo, con su “Para servirte”.
Cruzamos dos palabras y el siguió su camino de Principito, de Dios de mi pequeño Olimpo de dioses paganos, él estaba enamorado de un amor que supo vivir, Carolina vivía a dos cuadras del consultorio y el Flaco merodeaba esos solares llenos de luz. En esas pocas palabras que cruzamos yo le agradecí “La cantata de puentes amarillos”.
La sangre ríe idiota y hay quien ensucia sus manos como siempre. En el mar naufraga una balsa que nunca zarpo. Guardemos bien en nuestras manos esta libertad. Amá tanto hasta que no puedas despertarte sin amar. Entonces aunque me fuercen nunca digas que todo el tiempo pasado fue mejor. Mañana es mejor.
Chau Flaco, chau Luis, nos dejaste tanto, tenemos tanto de vos, que solo se va tu cuerpo a vos tremendo poeta y tremendo músico es imposible que te perdamos.
Vos te cansaste de este sol y te fuiste a mojar los pies a la luna. Te cansaste de tanto querer y sos tan claro que ya no sos ninguno, sos todos.
Chau Flaco, subí a las hojas y cae hasta el mar y seguí tocándonos las manos. Chau flaco recostate en el final y dormite movido de estrellas.
Chau Luís, chau Dios.
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