Más solo que Dios

Carlos Riedel13 junio, 2015

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Las apariencias determinan nuestra existencia, desde la ropa, pasando por la postura corporal y terminando en los conceptos que se declaman. Hay que saber venderse, dice algún aprendiz de Viejo Vizcacha. Si hubiera anticipado lo que pensaba hacer, no me votaba nadie,  sostuvo un  astuto presidente no hace tanto tiempo. En todas las sociedades, los   que “sacan chapa” de cualquier cosa, los que saben esconder la mentira por más tiempo, ganan posiciones rápidamente, igual que en el truco, casualmente  nuestro juego de naipes distintivo. Cada tanto, muy cada tanto, sin embargo, una simple llamada telefónica,  una carambola de sucesos sin aparente lógica, una distracción del diablo, convierte en vulnerables también a los exitosos. Instante  de revancha para los amasijados  que  rellenan la empanada nacional, los números de la estadística que no mueven la aguja. El lector sabrá en qué lugar viajar más cómodo por esta historia.

hombre que rie

Según Hernández

Apenas lo vi bajar la cabeza como a un boxeador fulminado por la piña certera, pensé:  y ahora cómo vas a arreglar esto, “Casillero “, vos que   cortás el salamín en pedacitos porque entero hace mal, como te cansaste de decirme, con tu sonrisa de gerente agrandado cada vez que me asomaba a tu escritorio con algún problema en la programación de los putos barcos llenos de contenedores que nunca se sabe cuándo catzo cargan ni cuándo coño descargan, en qué puerto, a qué hora, en cuánto tiempo.

Y entonces vos, con facilidad de jugador brasileño de antes que agarraba la pelota y se metía en el arco gambeteando en cámara lenta, ibas separando las partes del quilombo que yo acababa de contar enredado por la angustia y la culpa, para quedarme callado como un idiota esperando que alguna vez no tuvieras la solución tan a mano y te quedaras mudo de argumentos, pensamientos laterales, alternativas posibles, pases mágicos. Y entonces, vos, “ Casillero”, como solamente yo te decía para mí,  Horacio Arrismendi, Contador Público Nacional de la UBA, como decía, dice, tu tarjeta en relieve con el dibujo azul del timón, logo de la compañía que únicamente imprime tarjetas para los tipos de tu nivel.

Entonces, vos,  inteligencia de espejito lustrado con la manga del pullover, como estirando el momento previo al descorche de la botella deseada, primero me mirabas a los ojos sonriendo con calma, señalabas la silla enfrente suyo, ibas a buscar dos cafecitos a la máquina, me preguntabas por Inés y los chicos, por mis suegros en Santa Fé, te acordabas hasta el nombre del perro de los viejos, turro de mierda.

Y arrancabas sin apuro, con voz carraspeada de fumador meticuloso, diez fasos por día, el primero después del almuerzo, a desatar cada nudo con paciencia anciana, aislar cada dificultad, matando de a una, esperando encontrarle la vuelta, agazapado sin desesperarte, eso, especialmente, cabeza en alto frente a lo que se anime a impedir el flujo de la empresa: cargar, descargar, facturar, responder reclamo con reclamo, siempre la sonrisa, siempre la razón echada a nuestros pies para saltarles encima. Aunque después qué importa si  las cosas no respondan a la lógica de tus soluciones, si para ese entonces ya estamos metidos en berenjenales iguales o peores y vos ganaste los porotos. Quién se acuerda de nada en estos tiempos, quince minutos después.

En resumidas cuentas, cómo  iba a alegrarme al verte cambiar la cara cuando atendiste el teléfono con aire canchero, los pies estirados sobre el escritorio, enrollando y desenrollando el cable como siempre. Y de pronto, yo que estaba esperando contarte sobre la multa de la Aduana, para que otra vez me aconsejaras con quién hablar, qué decir, me voy quedando solo, a oscuras con la verdad de tu cara transformada. Y cuando uno tiene aunque sea un pedacito de verdad, como yo esa tarde, mirándote hablar por teléfono, se siente más solo que Dios.

A esta altura sabemos que nadie es más de lo que es capaz de hacer creer a los demás, “ Casillero”. Por eso es tan grande esta tristeza que se abre como agua.

Según Casillero

Nos pagan para cumplir una función, sostenía el capitán Fournerie, que estaba en mi puesto cuando llegué a la empresa recién recibido. Hay que cumplirla, agregaba, y enseguida podía ver su firma al pie de algunos papeles que traían graves consecuencias. Sorry, mascullaba, sonreía corto, empinaba un farolazo de whisky. Cómo olvidar semejantes lecciones.

Hoy en día los problemas se multiplicaron en dificultad y las técnicas del oficio avanzaron tanto que, si no se tiene una permanente actualización, pueden quedar dudas fatales a la hora de cerrar los trámites. Porque de eso trata mi puesto, de resolver lo que los empleados no se animan, no están autorizados.

A veces porque carecen de ideas superadoras, o dejan pasar lo simple, y entonces los tengo acá en la oficina, cara de perro apaleado, pidiendo la escupidera como Hernández, que ingresó gracias a su suegro, un ingeniero químico santafesino de los que ya no vienen.

Cuando ingresé, el tipo cortaba ancho, dirigía muchísimas áreas y tenía amistad con el capitán Fournerie con quien llegaron a jugar campeonatos de lingotazos alcohólicos en tardes de sábado a la espera de la descarga de contenedores.

Su hija Inés, unos años menor que yo, era linda piba, simpática. Le caí bien al hombre, al punto que alentó mi acercamiento a la muchacha organizando caminatas por los parques del club de tenis donde, por entonces, iba para pasear a Fido, su perro perdiguero y más que nada mirar piernas de mujeres que no fueran la suya.

Inés y yo lo dejábamos tranquilo, jugábamos partidos de dobles con otras parejas de socios, nos divertíamos. Cuando Inés conoció a Hernández, terminó esa etapa.

Se casaron y al año el ingeniero, en memoria de aquellas tardes por Smithfield, me sugirió el ingreso del marido en ablande para ayudar a su hija. Se jubiló ni bien entró el muchacho, que es inteligente, trabajador, pero quedado.

Lástima. No hizo carrera. Si no hay buena vidriera, nadie compra, por más que el precio sea ventajoso. Me trata con distancia, confía en mi palabra, escucha con atención que cada cosa tiene su casillero, se tranquiliza cuando me ve actuar.

Decisiones rápidas hacen creer que se las pensó con detenimiento, que se tiene todo controlado, casi siempre allanan el camino. A veces voy al puerto con mi uniforme de marino mercante, la gorra bajo el brazo, bien afeitado, el bigote blanco parejito.

Me ven fumar importados, escuchan pocas palabras bien pronunciadas y listo. Nadie sabe que no fui marino, que la pilcha es herencia de Fournerie, y que la mitad de lo que hago suelo resolverlo por intuición. En fin. Mientras pienso esto repantigado en mi sillón, afuera hay sol de conquista. Tengo decidido ir hasta el Bajo para recorrer los terrenos del nuevo emprendimiento que me comentó el arquitecto Mendizábal. Suena el teléfono, alguna consulta burocrática. Levanto el tubo, sonrío a Hernández que espera serio como un amuleto. Es de los que supone tener un pedacito de la verdad, aunque está más solo que Dios.