Por Lic. Carlos Morató...
María vivía con Juan en ese pequeño pueblo desde hacía diez años. Conocían su aroma, su clima y hasta sus sonidos y costumbres; sus rutinas y sus alegrías de fin de semana.
La Iglesia, la plaza, la vuelta del perro, las travesuras de los niños y sus amigos. El pueblo no era pequeño por la cantidad de sus habitantes pero sí por el aislamiento autista que existía entre las familias que lo habitaban.
A María le encantaban los canteros repletos de esas margaritas eternas, el aroma de las rosas que para ella trepaban en esa interminable pérgola y aquel banco debajo de una magnolia inmensa y florida en verano. Tenían dos hijos, uno de ocho años y la nena de seis, ambos escolares.
Juan trabajaba como empleado en un taller mecánico y María de ama de casa. Ella sumisa, él prepotente.
Después de la cena se iba todos los días con amigos al centro a disfrutar unos whiskies y charlas tanto amenas para ellos como monótonas y repetitivas para los que los observaban. Los chicos querían mucho a su mamá pero no les agradaba la hora de la cena porque no había diálogo sino solo discusiones reiteradas entre sus padres.
En ese clima llegó el día esperable. "Que porquería me serviste", espetó Juan. "Tengo poca plata Juan y los precios aumentan, no tengo ni para la leche de los chicos, decí que gracias a Dios les dan un vaso en la Escuela".
En ese mismo momento él tiró el plato contra la pared y vociferando un "tomá turra de mierda" de un cachetazo la tiró contra la mesada y allí siguió vociferando, "así vas a aprender mierda", emprendiendo a las trompadas sobre el cuerpo de María todavía atontado.
Ella solo se podía quejar y los chicos solo llorar desconsoladamente en un rincón en esa mezcla de horror, miedo e impotencia.
Los perros de los vecinos ladraban pero no se prendió ninguna luz. Ese animal dejó la casa en ese estado de cosas y sin preguntar ni preguntarse dio un portazo y se fue al bar con los muchachos de siempre. Allí contó lo que había pasado; "bien Juan así van a aprender a respetarnos fue la conclusión de la banda".
Volvió, todos dormían en la única habitación que había en esa casa alquilada, se dirigió a María y con la voz gangosa, agotada, en un ininteligible "te quiero", la violó matando al hombre y validando al macho.
A los gritos reiterados del "no", respondían los chicos con su llanto persistente. "Ustedes se callan o les va a pasar lo mismo", fue lo último que dijo antes de acostarse a dormir.Nuevamente en la calle ladraron los perros y no se encendió ninguna luz.
María a la mañana quedó sola con sus dolores y sus moretones, casi desfigurada; Juan en el trabajo y los chicos en la Escuela. Mientras iba a la Comisaría a Juan en el taller también lo felicitaban y a los chicos les anotaban en el cuaderno de comunicaciones que no habían prestado atención en clase.
Cuando a María en la Comisaría le preguntaron que había hecho para que Juan se enojara se levantó y con solo su monedero, su documento y su dignidad herida se dirigió a la Comisaría de la Mujer.
Allí la atendieron muy bien, la llevaron al Hospital para certificar las lesiones y le tomaron la denuncia.
Cuando preguntó que iba a pasar le dijeron que la Fiscalía tenía mucho trabajo pero que en algunos meses iba a haber sentencia. No observó sin embargo un ojo avizor masculino que le avisó a Juan unos días después.
Claro está que Juan envalentonado por las felicitaciones recibidas al enterarse unas noches después y al grito de puta, buchona y rata inmunda volvió a golpearla, esta vez más fuerte, repitiendo la misma escena de los días anteriores.
Los chicos llorando vieron que esta vez la mamá no reaccionaba y así el varoncito asustado corrió a lo de la abuela que vivía a pocas cuadras atravesando calles vecinas que tampoco esta vez habían prendido la luz. Los perros siempre ladraron.
En el Hospital la trasladaron a Terapia Intensiva debido a un severo traumatismo cerebral con pronóstico reservado, que evolucionó hacia una ceguera terminal sin trastornos motrices.
Volvió ciega a su casa; los chicos venían a veces a visitarla con la abuela y una tía trayéndole algo de comida y compañía. Juan venía a bañarse, a cambiarse la ropa, a comer lo que dejaba la familia y a dormir siguiendo su vida normal. La violaba reiteradamente pero María ya no se resistía.
Unos meses después llegó la sentencia Judicial de exclusión y del pago de alimentos. El delito fue caratulado como culposo y no incluyó prisión. La única condenada a perpetuidad fue María por haber cometido el delito de ser mujer.
Los perros callaron de momento, pero luego volvieron por lo comenzó a ocurrir en una casa vecina, después en otra, y en otra en medio de esta locura colectiva.
Si bien es una historia ficticia trato de destacar en ella que frente a la lentitud de la Justicia debería existir un límite y una motivación social expresada en la exclusión del violento a través de la participación del vecino, la pérdida laboral y el abandono de los amigos que puedan determinar tanto su expulsión social así como abrir la posibilidad de una rehabilitación forzosa no vinculante olvidando el proceso inútil de la “probation”.
El Municipio también podría contribuir con una casa de abrigo que refugie a la mujer hasta el día de la sentencia y ayudarla laboralmente en caso de tener hijos.
A la Justicia es de solicitarle que desarrolle las garantías posibles a la exclusión territorial y que refuerce severamente los términos penales con prisión efectiva a su transgresión.
Asumiendo que la violencia de género es solo un aspecto en un universo que comprende también a la familiar y a la social arribamos a la necesidad de una consideración de altísimo voltaje en el campo Legislativo Municipal, Provincial y Nacional. Lamentablemente por mi ignorancia solo puedo aportar fervor con la causa.
Sin embargo los Colegios de Abogados además de aportar defensa en gratuidad podría constituir equipos de trabajo con la capacidad necesaria para elaborar proyectos de reforma en Leyes y Procedimientos más comprometidos con esta noble causa.
Chau………

