
La violencia a la salida de los boliches en Zárate se repite semana tras semana. Es hablar de Zárate por nombrar una ciudad en particular, pero es igual en todos lados, como muestra la televisión constantemente.
La juventud hace rato que hizo una apología al alcohol, como fuente principal de coraje, como regulador de la timidez y ayuda para dejar de ser ellos mismos por un rato y pasarla un buen momento. Ya casi nadie toma por gusto, sino que se toma para embriagarse y perder el control.
Pero no siempre se vive un buen momento. El alto nivel de alcohol en sangre (mezclado muchas veces con las drogas) torna agresivos a muchos, que aprovechan la salida del baile para descargar con otros su estado más violento, mostrando el lado más primitivo del ser humano, que roza con ese instinto animal que tanto se quiere ocultar.
Cualquier palabra, cualquier mínimo rose, discusión o mirada es motivo suficiente para que la lucha en las calles, las corridas, los insultos y amenazas. Todos los sábados, casi sin excepción, los boliches de la ciudad albergan a la juventud ebria que busca la violencia como entretenimiento principal.
La policía interfiere a veces a las 5:30, horario en que cierran los boliches, librando la zona, impidiendo que se produzcan los disturbios. Pero no lo hacen todos los fines de semana, y se repite la misma historia.
Hay una realidad que no debe dejarse de lado: esto sucedió siempre, pero lo que diferencia este presente del pasado es la terrible agresión hacía el otro, el frenesí de golpear 10 personas a 1 sola, de lastimar sin piedad, de romper autos a piedrazos, de que no haya mínimo de preocupación ni consciencia sobre lo que hacen.
Sorprende la necesidad de lastimar al otro a cualquier costo, pero sobre todo preocupa que estos sucesos a la salida del boliche se conviertan en un patrón, en algo normal, que puede terminar muy mal.
