Shakespeare o el problema de los deseos de diciembre

Carlos Riedel1 enero, 2013

Durante toda la semana, entre la Navidad y el Año Nuevo, me ha repiqueteado en la cabeza Sueños de una noche de verano del autor inglés más famoso. Es verdad que esa comedia –escrita por encargo para unas nupcias nunca realizadas, las del Conde de Leiscester con la Reina Isabel- fácil de representar y la más corta de su teatro,  es una de las más simpáticas escritas por el autor isabelino; pero no era ninguna de sus características técnicas las que obstinaban mi mente sino su título. A fuerza de empecinarme en descifrar mi obsesión no pude menos que recurrir al conocimiento (no hay enigma que se resista a su contundencia).

Sueños de una noche  de verano ha perdido en la traducción al español un dato esencial para su comprensión: la partícula preposicional  mid (en medio de); así, la obra fue titulada originalmente  A midsummer’s night dream, es decir Un sueño nocturno en mitad del verano.

Los estudios críticos nos dicen que la obra comenzó a escribirse en el otoño de 1594 para estrenarse en la primavera de 1595. Es decir, en medio del cambio de estación para el hemisferio norte: la noche de San Juan, la más corta del año, del 23 al 24 de junio, el solsticio de verano… ¡sí!, ahora es su cabeza la que repiquetea: “en la noche de San Juan todos comparten su pan, su mujer, y su gabán hombres de cien mil raleas”  -cantaba Serrat- ¿Qué sucede en esa noche? Cada uno puede ser quien no es, o quien desea ser, lo mismo que sucede en A midsummer’s night dream , los personajes cambian sus roles hasta que en el amanecer vuelven a ser quienes realmente  son.

¿De qué hablamos? De los deseos profundos, de poder ser por una noche lo que deseamos, de que por una noche nos es permitido desear ser otro.

Mutar, como muta la naturaleza en su cambio estacionario, en eso consiste la felicidad, en desear ser diferente y poder hacerlo.

¿No es acaso lo que impera en la semana el 24 al 31 de diciembre? ¿Los deseos? Grandes, pequeños, profundos, superficiales, intensos, leves…no importa la naturaleza del cambio, sino poder cambiar para mejorar(nos) y tan cierto es que se lo deseamos a quienes queremos, entonces aparecen las frases que expresan nuestros deseos y eso, es material de la lingüística. Pero la cuestión del deseo es materia del psicoanálisis.

Estamos –y otra vez- en el territorio que le es propio y privativo al hombre: el pensamiento y el lenguaje. Una palabra no revela tan simplemente su sentido, las palabras generan significados que trascienden la compresión de quienes las usan. Recordemos que el deseo se conecta con la libido, la fuerza psíquica que nos mantiene vivos. Desear que se cumplan los deseos es matar la energía vital, es quedarnos sin motor, es caer en la depresión y la muerte.

El anhelo, en cambio, es algo que se quiere conscientemente y que puede ser alcanzado. Es humanamente realizable y socialmente reconocido.

Para Lacan el síntoma obedece a una palabra atrapada en el cuerpo. Para el lingüísta Ducrot hay una brecha entre el decir y lo dicho. Entonces ¿qué expresan nuestras fórmulas de deseos navideños?: que hay algo que está mal, que nos enferma y que deseamos que cambie. Y esta ecuación no conduce sino a la realidad. La realidad propia, ajena, social, corporal, intelectual, atmosférica, cósmica y planetaria. La realidad a secas. Nadie, o muy pocos, desean en este tiempo que todo siga tan bien como hasta ahora…y si así fuese, siempre puede estar mejor.

Soy gordo, deseo ser flaco. Soy pobre, deseo ser rico. Soy rico, deseo ser poderoso. Soy poderoso deseo ser inimputable. Soy el más poderoso de los poderosos, deseo ser Dios.

Por otro lado, y para completar el cuadro, pareciera que esas acciones se realizan por sí mismas y que no es el hombre quien las actúa. Que la navidad nos traiga paz y amor. Que el año que se inicia nos encuentre unidos y fortalecidos. Que la estrella de Belén quite el egoísmo de nuestros corazones.

Lindas metáforas, pero ocultan quién se hará cargo de esos “deseos”. Ni la estrella, ni la navidad ni el año son Sujetos accionales que puedan fácticamente actuar sobre nuestros corazones ni espíritus.

Es más, ni siquiera saben que los hemos inventado para hacerlos responsables de nuestro bienestar. El único Sujeto motor de la historia y la sociedad es el hombre.

Deberíamos anhelar que el hombre sea solidario, trabaje para la paz y la justicia y que el hombre que hace las guerras sea quien quite el hambre del mundo. Es decir que el hombre se comporte de acuerdo a  las Bienaventuranzas que ese niño nacido en Belén proclamó cuando adulto. Pero una cosa es cierta: este pensamiento no sirve para adornar los Shoppings, es más bien un punto de vista deprimente, la conciencia no es festiva. Por eso debemos ocultarnos en entidades abstractas: el arbolito, los globos, las luces, y en la tercera persona de los mensajes del 25 y del 31 /12.

A esta altura el repiqueteo de mi cabeza había parado: eran sueños de una noche de verano pensar que por sólo “desear” se podía cambiar algo; que la renovación, que en la naturaleza es cíclica, normal, imparable, en el hombre exige la conciencia, la acción y el anhelo, y que jamás se produciría cambio alguno sin el análisis de las formas que lo enmascaran. Que para no desear ser quienes no somos es necesario sentirse confortables con quien somos.

También resulta estúpido pensar que para comprometernos con la realidad, el 2 de enero debemos alistarnos en una misión destinada a combatir el beri-beri en Sumatra, pero sí podemos plantearnos cosas más simples, mas “anhelables”: no desconfiar de quien toca a nuestra puerta buscando ayuda, dejar de hablar por celular en pleno centro mientras manejamos, detenernos antes de la franja peatonal, no protestar porque el otro no paga impuestos cuando nosotros no lo hacemos, escuchar las posiciones disidentes y no gritar como energúmenos repitiendo consignas que los medios nos metieron en la cabeza, no estigmatizar a esos “negros de mierda” porque ellos sienten necesidades, igual que nuestros hijos, llenos de basura electrónica, pero siempre necesitados.

Es decir que, si no nos comprometemos por una realidad solidaria, humana y justa, nosotros, los hombres, los hacedores de la sociedad, pues entonces  que el planeta colapse, no hemos aprendido las lecciones de la historia. Ya todo será no sólo un sueño de una noche de verano, sino una pesadilla de una noche eterna.