Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Toda persona privada de libertad tiene derecho a mantener contacto con sus familiares, amigos, allegados, etc. a través de comunicaciones periódicas en forma oral o escrita. Una de las formas más importantes, son las visitas regulares donde la persona se encuentre detenida. La normativa internacional establece que el contacto con la familia es un derecho y no un privilegio para el que haya que hacer méritos. Más allá de la información suministrada respecto a la documentación requerida, se mencionarán algunas otras situaciones particulares. Usted deberá poseer la tarjeta única de visita para poder ingresar directamente. Esta tarjeta se emite una vez que usted presentó la siguiente documentación requerida: Partida de nacimiento, 3 fotos carnet, certificado de domicilio, certificado de antecedentes.

Silencio lleno de moscas flotando en el aire de la comisaría, en realidad el puestito policial pegado al paredón del barrio cerrado Las Torcazas. De repente, el oficial a cargo Clemente Ibarra, la cara rasguñada de podar una Santa Rita, pegada a la del colectivero Maciel que abría los ojos como en el sillón del oculista, dijo con la voz apenas aflautada de aguantar la bronca: mirá hermanito, a mí no me vas a tomar de pelotudo, sabés, y menos vos, que te conozco muy bien. A quién le vas a hacer creer que te equivocaste de camino porque estaba cortada la ruta y que justo te viniste a meter donde te metiste con todo ese cotolengo arriba. O estabas en pedo, decime, ¿estabas chupado?, porque otra no hay. ¿O fue la tetona que te llevó de la nariz para vengarse de lo que le pasó al machimbre ese que tiene? decime, a ver, habla, pelotudo, porque va a ser peor.
Mariela había visto la película con Jack Nicholson en cable hace dos veranos y desde entonces se le ocurrió que podía repetirla en vivo cuando hubiera que hacer un poco de quilombo. A su mejor amigo, el flaco Horqueta, lo habían encanado hacía poco por mear en la puerta de un abogado que se guardó la guita para zafar el encierro y lo entregó sin vergüenza. Clemente Ibarra le metió una pateadura antes de tirarlo en un calabozo junto a tres punguistas y dos moto chorritos engorrados.
La oficina del administrador del barrio no tenía aire acondicionado, era pequeña y a pesar de que las cuatro paredes de vidrio transparente permitían ver el increíble verde de la cancha de golf con sus suaves pendientes de caderas jóvenes, el calor a esa hora de la tarde, serían las tres, era insoportable. Por eso el coronel retirado Ulpiano Valenzuela, corpulento y con las piernas largas que parecían de otro cuerpo, las manos en la espalda, transpiraba como nunca debajo del uniforme azul griego que él mismo había elegido para los empleados de su empresa: Friends and Safety. Iba y venía delante de los dos vigiladores que lo seguían con la vista moviendo la cabeza como en un partido de tenis.
Los dos morochos rapados eran tan parecidos que les decían los gemelos Martinez Fernandez, o Fernandez Martinez, según quien se asomara primero a controlar a los que ingresaban a Las Torcazas, doce horas por día, donde, por esas cosas de la vida, siempre les tocaba guardia juntos. Entonces, nuevamente señores, dijo el coronel con calma sobre actuada, porque para él y para todos no se había retirado de la fuerza, me pueden volver a explicar en detalle, cómo fue que un par de pelotudos como ustedes, permitieron ingresar semejante carnaval en un ómnibus de línea a este barrio, simplemente porque esa señorita de los pechos abultados, ahí carraspeó el coronel como si fuera a toser con fuerza, digamos que se los solicitó. Porque la verdad, cada vez me cuesta más entenderlo.
La popular pechona sabía manejar hombres calientes como papas que se fríen en la sartén. A los gemelos vigiladores de físico trabado y cerebro de mosquito, los encaró abriendo una ventanilla del colectivo y mostrándole su escote homicida que dejó ver sus pezones erectos, apenitas contenidos por la remera Heidi. Ni ellos escucharon lo que dijo ni ella eligió palabras coherentes. El colectivero Maciel, que a esa altura se divertía como nunca, ayudó acelerando antes de que los musculosos reaccionaran.
La fila de personas parientes de los encerrados en el complejo carcelario Padres Dominicos no superaba los cuarenta cráneos bajo el sol de noviembre. Habían atravesado los controles entre manoseos encubiertos, decomisos de alimentos sin explicación, mangazos para cigarrillos y cariñosos golpecitos de nudillos en la nuca, y esperaban en fila india que les abrieran la última reja para regresar en colectivo a sus casas. Cuando la muchacha de boyas turgentes los alineó como en una visita guiada hacia el coche 174, la bronca subía desde el pavimento como para darse cuenta. Al fin salieron rumbo a donde ni se imaginaban, con Maciel aferrado al volante y las cumbias santafesinas a todo volumen.
La señorita Mariela lucía perfumada en exceso como siempre, a tal punto que ya nadie en Aceros Peretti notaba el vaho dulzón que emanaba de su figura de cabello zanahoria y tetas puntiagudas pugnando en sus escotes ligeros. Ese aroma, como era obvio, impregnaba las cajas del archivo que ella administraba eficientemente desde hacía varios años. Ahora estaba sentada frente al ingeniero Calveta, gerente general y propietario de la firma a la que había ingresado a los quince años, quien, con las dos manos sobre el escritorio en el que había únicamente una pequeña computadora sin cables, la miraba fijamente.
Ni bien pasaron los controles de Las Torcazas, anduvieron ciento cincuenta metros a paso de hombre, bajaron todos. En media hora corrieron barranca abajo entre los que jugaban al golf con aire de paspados, silbaron a las cuarentonas que huían en bicicleta de los eructos de salame, pan casero y gaseosas en lata que Mariela repartía como en un picnic, al borde de las sendas de piedritas lustradas, fumaron negros sin filtro acostados boca arriba en los jardines impecables, espiados con horror desde los ventanales con aire de pecera y vanidad de títulos en Harvard. Cuando se fueron, meta bocina y cantos de tribunas, arrancaron las reacciones indignadas, las amenazas de juicios al consorcio, el dictado de cartas documentos, la fiebre de celulares sonando en oficinas municipales, despachos judiciales, casas particulares de ministros. Nadie se animó a salir, por seguridad, hasta dos horas después del episodio.
Entenderá señorita Mariela la gravedad de la situación en la que usted, como empleada de la compañía, nos ha puesto a todos sus integrantes frente a los ojos de la comunidad a la que pertenecemos. Y especialmente ante la corporación Judicial, teniendo en cuenta que, como usted bien sabe, en Las Torcazas vive gran parte de los fiscales, jueces y abogados que se desempeñan en los tribunales de la ciudad., ni más ni menos. Necesito que me aclare, señorita, con todos los detalles posibles, si es cierto lo que consta en el informe de nuestra agencia de seguridad. Que fue usted quien el martes 4 de octubre a las 17 horas desvió el interno 174 de la línea 227 que realiza el recorrido cárcel Padres Dominicos-Plaza de las estatuas, a esa hora llena de pasajeros familiares de los detenidos por ser precisamente el fin del horario de visitas, hacia el barrio cerrado del que hablamos. Que engañó al pasaje indicando que se trataba de una visita guiada, sin cargo, gentileza del Ministerio de Justicia de la Provincia, para que hijos, esposos, hermanos y hasta nietos de los presidiarios, pudieran tener contacto con el paisaje y el aire puro de unos de los lugares más bellos de la zona por su sobria arquitectura, su cuidada ornamentación, sus cancha de golf, tenis, fútbol y hasta un lago con patos correntinos. El ingeniero dejó de leer frente a la parpadeante señorita Mariela que parecía estar frente a los aplausos de una platea numerosa, si hasta se había ruborizado como solía hacerlo. La voz indignada del gerente, hizo temblar el papel que había terminado de leer. A usted le parece esta barbaridad, señorita, esta verdadera locura.
Dos días después se supo que largaron al Horqueta y echaron a los gemelos sin causa para evitar un juicio. Maciel continúa como chofer por pedido expreso del director del penitenciario a la empresa de transporte. Mariela salió de la reunión con la reprimenda de Calveta gritándole en el hombro y las manos en los pechos pidiendo disculpas. Mientras se perfumaba frente al espejo del baño para recuperarse del susto, se puso a pensar cómo haría para sacudir su aburrimiento del diciembre que asomaba en el horizonte.
