Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.....

20 pesos

Los codos sobre la mesa parece que jamás podrán salir de esa tarde en ese bar de la despedida donde las manos cubren la cara que ha cerrado el mundo frente a los ojos por lo menos en el más alto instante de la desesperación, pero ahora que la mujer se ha ido y ha llegado el mozo, una fláccida sensación revuelve su propio bolsillo para pagar como si otro yo lo estuviera haciendo por él, extraer el papel doblado justo en la mitad de la frente belicosa de Juan Manuel de Rosas, extenderlo sin mirar a ese saco blancuzco que lo deglute en el bolsillo porque no hay vuelto o porque velozmente ha entendido el hombre de la bandeja que la gente mareada no sabe lo que paga, así fueran diez lucas por dos últimos cafés y se va riendo por la fácil victoria de la propina rasguñada, hasta convertirse en otra persona como siempre somos otros cuando nos quitamos el saco de hacer todos los días lo mismo, y cruzar la calle con el pelo mojado peinado para atrás y esa manera chueca de caminar que tiene la gente que está todo el día parada, y ese gritito animal silencioso cuando aparece el taxi y llega y el ex mozo por un rato se sube a ese andar que va dejando atrás aquella puerta y las dos vidrieras que se desarman como una cajita de cartón plegable en la ventanilla del auto cuando dobla, mientras en la derecha tiene apretado el mismo Rosas pero doblado en cuatro como un mensaje de esos que se dejan debajo de un florero o de una puerta, y ahora el tirano color marrón gastado rojizo tiene la boca fina partida en dos, la boca fina del padre de Manuelita que gobernó esta Buenos Aires más o menos treinta años y dicen que era el gesto más claro de su maldad, y el taxista recuerda haber visto una obra teatral donde Lautaro Murúa era el Restaurador pero no sabe que el pasajero tiene el billete con la imagen dibujada y muy parecida a Rodolfo Bebán en una película de Antín, que miraba con su ex mujer cuando todavía Menem no lo había dejado en la calle y el amor era posible, pero el mozo que ya no lo es por un rato utiliza un pedacito de su pensar en la morocha que espera el llamado para sacar del celofán del atado otro Juan Manuel hermano de aquel del hombre que se tapaba la cara en el adiós, porque son diez cuadras y el reloj capaz que pasa los veinte, pero no porque el tiempo fue más rápido, sencillamente porque los tiempos no piensan en morochas, porque la vida es una máquina de picar carne que no entiende de calidades de materia prima y ahí está la mano del tachero recibiendo la imagen del primer enemigo de Sarmiento con esa pinta de hombros con galones dorados y parecen irónicos los dedos manchados de nicotina que lo desdoblan para revisarlo mientras se oye una puteada, porque un Renault 12 frenó a centímetros del taxi al que no vio y una moto no lo pudo esquivar y paf la patada a la puerta, la sonrisa maliciosa del chofer que apenas si durmió anoche y el papel sufrido en cuatro que planea hasta la billetera desastrosa despintada de cinzano y el Jefe de los Federales recupera esa dignidad que para los argentinos tiene perfume a van a ser lo que yo diga carajo, bien colocado, derechito en el cuero sobado con manchas de transpiración, y el taxi desinflado se va sin la ansiedad por la morocha de ese chueco mozo al que le queda poco tiempo del día, que desliza su silencio de sábana que cae y cae, y tal vez sea el sueño del Brigadier de los pueblos libres rey de los colorados del monte mueran los salvajes unitarios, que bien planchado va como vuelto de cien de una curvosa dama indigna que subió al tacho para no caminar diez cuadras soportando groserías y llegó a su casa pagada por un marido que se fue con una piba veinteañera, pero mejor no pensar dice ahora por la mano perfumada mientras abre la puerta y baja a un semipiso donde la espera la soledad minimalista que un arquitecto supone ideal para cualquiera menos para los seres humanos y entonces la mujer ya despojada de su seducción para amigas que juegan a las cartas y mienten compañías que jamás tienen ni tendrán, llama desde el celular para que le traigan una pizza de muzzarella, después abre una botella de vino blanco frío, bebe con los ojos de Manuelita Rosas pensando en asesinar a su padre y en unos minutos baja por el ascensor inteligente a la búsqueda del chico delivery de siempre al compás de sus dedos sobre Don Juan Manuel que queda impregnado de perfume como todo lo que toca y respira esa mujer sola de labios pintados acostumbrada a todo nuevo y agradable y que por ver sonreír a un pendejo se lo entrega, veinte de propina, y ponete contento negro de mierda que es el líder de ustedes hecho moneda lo que te estoy dando, al tiempo que coloca esa sonrisa breve, leve, de labios hacia abajo tan finas como los del hombre que nos salvó de la guerra civil con otra guerra civil pero que vas a saber vos, que lo disfrutes y el chico sube a la moto que arranca pronto porque se enfría la caja térmica con la comida que falta repartir y el papel del dueño de Palermo queda en unas treinta cuadras por la mano de un caballero muy correcto, que agradece y desea buen fin de semana y regresa a su mesa de trabajo donde apoya por un momento los tres paquetes tibios, para teclear rápidamente la decisión que deja sin trabajo a cincuenta personas porque una planta así no es rentable, Rodolfo, entendelo y menos ahora, que el blue se va al carajo, no podemos arriesgar, cerremos y ya, y si el intendente jode que nos ponga la guita para que sigamos pagando sueldos al pedo, así aprende a no ser tan dadivoso con los que no le dan un voto, si será pelotudo, después de que le pagamos el departamento en Puerto Madero, y al rato el señor pulcro está concertando una cita con otro señor al que conoce de cierta mesa de dinero, y entonces termina de cenar a la ligera, se da una ducha rápida, se perfuma, y sale hacia el subsuelo donde lo espera su auto de alta gama que abre con ansiedad, sin ver a los dos pibes que salen de la nada en una moto y le manotean el saco, la billetera, y el billete de don Juan Manuel de Rosas vuela por los aires entre gritos de viejo puto, y queda sobre la vereda pisoteado por el apuro del asaltado que corre, grita, llora, herido en el honor, y vaya a saber a dónde irá con sus tan pobres veinte pesos dibujados en el rectángulo naranja rojo que no alcanzan para nada.