Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.

Qué bien se está acá, Mariángeles estiras apenas sus piernas perfectas por debajo de la mesa, enguantadas en el pantalón celeste. Dos mórbidos rasguños arriba de cada rodilla atraen el deseo de ver libre aquello que se insinúa en la palidez de una piel atisbada.

La camisa a cuadros pequeños y de tonos esfumados, deja asomar con el sin rubor de lo florecido, la tela negra del corpiño que enseguida desaparece. La tibieza de los senos justos se insinúa por la malicia cómplice de dos botones desprendidos. Solamente un hombre que sabe mirar mujeres disfruta de semejante promesa, sin saber explicar por qué, como ocurre con las cosas más lindas.

Qué paz, sonríe la joven boca rojita de Marángeles, ojos cerrados, cabeza hacia arriba, chica sentada en el patio, cerca del cedro gigante, algo de sudestada en ese pelo rubio que enmarca la cara redonda.

Una vendedora uruguaya, resentida por el exilio, le dijo en Italia mientras volvía la espalda para buscar otro sombrero: demasiado bella querida, los hombres se asustan. Todavía recuerda a la vieja jodida, sus labios apretados en una sonrisa, mirándola por el espejo del fondo del local.

Le gusta almorzar tarde a Mariángeles, cuando el hambre se está por retirar vencido ante la sed pegajosa de caminar en redondo dentro del aire levemente chocolatado del shopping, y el sol ancho de la dos de la tarde acaricia las cúpulas vidriadas.

Entonces puede distraerse todo el tiempo del mundo sin peligro de que le roben, sin que nadie se anime a molestarla. Dejarse llevar es no mirar el reloj, descubrir, de golpe, que pasaron tres horas, tres horas, contó en una sesión y a la analista, Maríangeles está segura, le gustó la idea.

Disfruta de llegar al restaurante raleado. Sobran mozos y consienten caprichitos inclinándose un poco hacia la mesa: esa salsa sin esto, la copa sola de vino del Malbec que no se puede, el postre que acaban de retirar del menú.

Plato y fideos

Maneja la perspectiva para que la vean cruzar la diagonal hacia el baño con ese andar adolescente, la mejor música gusta por lo que no se oye, ese andar pizca de varón de los genes adolescentes alemanes, esas cosas se ven cuando se recuerdan.

Las bolsas, ninguna muy grande, las dispone en la silla de al lado, y cada tanto, mientras apenas sorbe el agua picante de gas, levanta entre el papel perfumado ese vestido violeta fuerte, después atisba dentro de una ostra de cartón el cinto plagado de trozos de plata aparentemente mal pegados, y finalmente abre sus ojazos sobre el rojo de los zapatos 37 con brillantez de auto nuevo.

Así hasta que llegan los tallarines, hoy con pimienta negra, oliva y queso pero poco, pan si, graciazzzz, gracias, carraspeo, la mano limpia de anillos, uñas cuidadosamente sin color, levanta el pelo, la melena, diría yo que estoy a su espalda, con brusco pero leve tirón que dejará el cuello desnudo por los segundos que necesito para ver ese amanecer.

Antes, la izquierda desprendió los anteojos negros de la frente, cuantos prometerían casamiento a una mujer que los lleve ahí pero no de casualidad, y los apoya en la mesa. Y yo confirmo que la gente que los deja así, no tiene apuro para irse. Mariángeles come sin emitir sonido, como en una película. Mira los mensajes en el celular, el pulgar hábil desliza pantallas, nada en las letras azules.

Estiro mis piernas, calculo que nos separa el ancho de una mesa vacía y deseo a esos hombros una vez más. Soy animal de su propia manada, mis pasos de zapatos con lustre ideal seguramente coincidirían con su andar si es que llegáramos juntos al pie del ascensor rumbo a mi departamento.

Mis manos activarían sus sentidos acariciándola y la chica del patio vendría a mis brazos. Bebo su mismo Malbec y vuelvo a sus anteojos oscuros. Allí estoy, diminuto reflejo, sueño de cristales finos.

Suena mi celular. Atiendo fastidioso, entre los vidrios rotos de mi ilusión. Buenas tardes, doctor. Le habla Mariángeles, la asistente personal del profesor Iñíguez, para avisarle que hoy no será posible la entrevista porque viajó a Houston.

Le pido que la reprograme para el martes a las 11, 20hs en el mismo lugar. Muchas gracias. Guardo el teléfono y ella pliega el suyo, allí adelante.

Se levanta, junta las compras, se coloca los anteojos en su frente, va hacia la salida. La sigo ni bien traspone la puerta. Mariángeles toma el ascensor un chispazo antes de mi llegada.

Voy en el otro, que baja a velocidad de sueño líquido. Desde allí veo el panorama de un mundo irreal, sudoroso, maloliente. Mariángeles camina por la playa de estacionamiento y aparece el profesor Iñíguez, le da un beso en los labios, la acompaña hasta su coche donde ella cabe como una joya en el estuche.

Cuando el aire enviciado me golpea de realidad, en el Shopping, una nueva hora comienza.