Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.....
Cosas de la vida el encuentro de aquella mañana, si se lo puede llamar así. Como siempre, había llegado temprano a la veterinaria con Panchita, mi perra blanca y marrón, que encontré de cachorra en la puerta del mercado La Castellana, tantos años.
Andaba medio renga por la cuadra y media desde casa. Debían sacarle los puntos de la operación del tumor en una de las tetas. Al final la doctora Restivo tenía razón, había esperanza de sobrevida. Ya lo creo. Por poco me entierra a mí la turra, con esa mirada desahuciada y los ladridos lastimeros.
Enseguida después de la jubilación andaba siguiéndome como una sombra, la boca abierta por el tiempo de sobra, como esos jugadores de fútbol que se quedan sin aire. Pero ya me fui a cualquier parte. Estoy viejo y choto, dice mi médico tres años mayor. Se ríe, receta pastillas en automático y cada bono me duele más que los años, el muy hijo de puta. Los años. Por eso debe ser que recuerdo de a pedazos.
Vuelvo al principio. En la cola de la veterinaria, con la Panchita en brazos para que no jodiera, lo vengo a encontrar.
Después de haberlo visto casi todas los días durante los treinta y cinco años en los que trabajé como pañolero de la usina de la Siam, estaba ahí. Marcaba la tarjeta, caminaba una cuadra por el galpón, abría mi sucucho, y antes de encender el tubo lo escuchaba gritar a mis espaldas, la voz finita: buen día Ladrillo. Y yo me reía, qué le iba a hacer.
A veces lo cargaba cuando Vélez perdía feo, pero nada más. No me iba a enojar justo con él, si todos me decían Ladrillo. Peor que me gritaran Sorete, como al Mellizo Bebilacqua, que encima se daba vuelta y puteaba como una ametralladora entre las carcajadas que llovían. ¡Qué épocas! Llegué a pensar que no se iban a terminar nunca.
Ya conté que estaba hecha la cola frente a la puerta de la veterinaria, sobre la Soler, porque nunca abrían a la hora justa. Abrió la empleada con cara de ojete que se creía mejor por el guardapolvo blanco. Pasamos despacio y nos acomodamos rapidito porque justo se largó a llover. No lo vi hasta un rato largo después, cuando empezaron a atender por orden de llegada. Y tampoco es exacto decir que lo vi, después de todo.

De repente oímos llorar a un hombre grande. No sé si hay cosa más fea que el aullido de un viejo, y yo que soy medio lento en ubicarme cuando pienso en nada, no pude imaginar que era su espalda grande la que se iba doblando, el pelo cortado a lo milico que dejaba ver los lunares del cuello. Me asomé por la fila y distinguí por primera vez esa cabeza gacha, como muerta.
Algunos se arrimaban, la gente siempre se acerca al dolor ajeno como al fuego, aunque yo desconfío. La mayoría disfruta la pena del prójimo, en vez de prestar consuelo. Enseguida desaparecen, si los conoceré. El caso es que fue un quilombo de ladridos, maullidos y hasta plumas por todos lados: el arca de Noé después de la lluvia.
Cómo iba a pensar yo que ese tipo vencido ahí adelante, con la mano de la doctora sobre el hombro, y las dos pendejas tatuadas que llevaban un loro con la pata vendada moqueando como si se hubiera muerte él, iba a ser el mismísimo tremebundo hijo de puta de Fregassi, el supervisor Fregassi, capataz de la usina de la Siam a tiempo completo, inútil para un gesto solidario con él mismo, frío como las chapas en el patio del almacén, bautizado “ el sepulturero “ por el directorio de la compañía, fuera esa figura arrodillada junto a un caniche desteñido de años y muerto con la boca abierta que parecía haberle extendido las manos antes de irse, sobre la frazadita escocesa.
Como nunca, me vi con la boca abierta en el vidrio de la puerta del consultorio, entre el olor a alimento balanceado, el cuero de los bozales, la humilde dignidad de los animales, parado frente a mi pasado del tamaño de un paquete de cigarrillos, que siempre manoteo cuando me ahogo.
Me vi tomar la decisión de rajar por el asco, salir tironeado por la Panchita que no entendía, de vuelta a casa, qué puntos ni la mierda. Entonces pasé por el costado del tipo que seguía gimiendo bajito, cada tanto largaba un aullido sin aire, el caniche blando, muerto como una alfombra sucia.
Un trago amargo, interminable de ojos cerrados, sin respirar, me vino a la boca, la borra asquerosa de la crueldad guardada, corte sin filo, golpe de atrás, fríos oscuros, qué sé yo. Para el asombro general, lo digo porque después me lo dijeron, yo también le puse la mano en el hombro a ese cristo de todas las miradas y fui agachándome de a poco hasta quedar a su altura. Como violín final de un tango fui escupiendo un largísimo hijo de puta en su oreja con la mejor voz aflautada de odio acumulado. Un insulto meado de risa que si no hubiera sido porque me sacaron entre varios, se hubiera quedado a vivir con el Perro Fregassi para siempre, tibio como un charco de vómito, tardío, minucioso de reproches como agujas.
Después, la cancel, el reloj del hall, la luz del patio, los mates, el silencio apretado en la garganta, los ojos fijos en cualquier punto como me pasaba de chico después de una angina roja, larga, y difícil.
