¡Qué No ni No!

Carlos Riedel16 abril, 2017

Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... A Antonio le gusta bastante el vino, mira el mundo con escepticismo benévolo y tiene la panza típica de los que la necesitan para cruzar las manos sobre su esferita cuando se acomodan en una silla sin ganas de moverse por un rato largo. Pero lo más importante es su habilidad para contar chistes, con esa seriedad que hace dudar hasta el final sobre la veracidad o falsedad de lo que ha empezado a narrar con tanta paciencia y aplicación. Al concluir sella el final con una sonrisa, media cómplice, media irónica, dejando por unos segundos, en el silencio tenso que se abre como un tajo, esa duda que contiene las carcajadas hasta que algún indicio imperceptible  abre la puerta a la expansión de las carcajadas como pájaros ante un ruido imprevisto.  Disfruta las sobremesas mucho más que la comida en sí, que apenas saborea urgido por un hambre voraz que desaparece enseguida como nube pasajera. Como buen hombre solo, perdió hace rato la urgencia por volver a su casa, por más que lo espere la sombra leve de su madre. Y esa ausencia de apuro es la causa esencial de quienes  saben conversar, una costumbre más que se va perdiendo, esa mansedumbre dispuesta a hablar al pedo aunque vengan sonando las trompetas del final. Tiempo generoso para compartir historias prestando atención en serio al que nos habla, mirando a sus ojos con una especie de amor antiguo. Casi cura, el Ñato Antonio.

manos

Se acuerda muy bien el Ñato Antonio de la primera vez, cuando lo fueron a buscar a su casa, más puntuales en la joda que para ir a laburar. En esa época vivía con su madre y ella colocó sin preguntas la sotana bien doblada sobre el banquito, en la puerta del baño, para que la tuviera lista al salir de la ducha. Como hacía siempre que Antonio se iba a bañar, cada día antes de las seis de la tarde, la mujer cumplió calladita la boca, aunque no era lo mismo alistar camisetas, pantalones, calzoncillos, que una sotana de las que traía a casa para planchárselas al Padre Nicoletta. La señora miró a su hijo, ataviado de primera con las santas vestiduras,  y sonrió orgullosa. Así hacía todo: ocuparse de toda su ropa, hasta de los zapatos, preparar la vianda para llevar al taller al día siguiente, abrirle la cama un rato antes de que ese hombre grandote se fuera a dormir.

La joda la habían organizado el Sordo Valdez y el abogado del círculo del asado de los jueves: el Muerto Saldívar, doctor Muerto, como le gustaba que le dijeran en el Club Social, cuando se aflojaba la corbata y se arremangaba la camisa con gemelos como un animal sin bozal. Sabían que el Gordo Matienzo acostumbraba dormirse como un bebé después de la segunda botella y antes del postre, apoyando la cabeza en las tetas de la Turca Inés que le seguía el tren por miedo a la soledad de su pieza. Los dos truhanes planearon que ni bien el Gordo despertara abrazado a los codiciados pechos, sus ojitos vidriosos descubrirían, más allá de los pezones erectos bajo el corpiño negro, a un  sacerdote de impecable sotana y alba inmaculada  declarándolos marido y mujer.

Así fue. El Ñato Antonio los bendijo con agua de la canilla y las carcajadas estallaron sobre las víctimas del escarnio. El Gordo Matienzo le dio un beso de lengua a su flamante esposa de mentiritas y se levantó muy despacio. Después de una sonora palmada en las tremendas nalgas dijo para que lo oyeran todos:”esperame Turquita, que enseguida nos vamos de luna de miel”. Después se ajustó los pantalones con dos tironcitos, como para tomar aire, y agarrando de pasada un sifón de la mesa, empezó a repartir chorros entre puteadas viscosas. El Ñato aprovechó para salir de escena despaciosamente sin que nadie lo viera, como un chico descubierto infraganti. El Gordo, en medio de sifonazos y patinadas, al ver escurrirse al Ñato medio encorvado, se detuvo repentinamente y haciendo una reverencia se disculpó con voz calmosa: perdone este desorden Padre, usted sabrá excusar a esta gente alejada del rebaño. Luego, como si tuviera ojos en la nuca, se dio vuelta como un rayo y disparó su arma con perfecta puntería sobre la cara del Doctor Muerto que intentaba, burlón, encender su pipa a las carcajadas. Resultado: el Gordo y la Turca se pasaron tres días encamados en la casa de Matienzo celebrando sin culpas la falsa boda. Conviven desde entonces sin problemas. Los demás protagonistas siguieron chupando como si nada después del desbande.

Para la segunda vez ya no tuvieron que venir a convencerlo hablando en voz baja, con la excusa de visitarlo para ver cómo andaba su vida, el trabajo como tornero en el taller Bustamante al que había entrado como aprendiz desde los quince años, la salud de la vieja que en realidad era un roble y estaba cada día mejor de semblante. Directamente lo llamaron por teléfono y le dijeron sucintamente cómo era el argumento de su nueva actuación como sacerdote parroquial: Benito Frangulli, un chupa cirio de los obsesivos, se había levantado por fin a Matilde, la solterona secretaria del juzgado en el que era jefe administrativo desde que nadie se acordaba. La llevaría al Motel ¡Que No ni No!  único del pueblo, propiedad del Nino Cutello, al costado de la ruta. Sería en su Fiat Palio el sábado a la noche. Los asiduos del Club Social que trabajaban con Frangulli le sonsacaron hasta la hora exacta de la llegada al lugar.

Cuando Benito, traje, corbata, pañuelo doblado en el bolsillo y perfumado como una boutique, se bajó del auto en el estacionamiento para retirar la llave de la habitación, vio surgir de la neblina en la noche invernal, a todos los empleados y empleadas del juzgado y a su frente, un fantasma avanzando desde el campo: la figura del Ñato Antonio, vestido con sotana, alba, casulla, bonete con borla, el cíngulo apretando su abdomen prominente, esgrimiendo el báculo como un arma, el anillo pastoral brillando amarillo en la luz blanquecina de los faroles altos que rodeaban el amueblado. Aquella visión produjo en Frangulli semejante terror que se metió en el auto entre gritos desgarradores, olvidando por completo su romance con la señorita Matilde.

La mujer, herida en su sensibilidad, la emprendió a cascotazos contra la figura del supuesto sacerdote y su corte. Meta volar piedras y ladrillos que juntaba del piso de tierra con una agilidad asombrosa, gritaba poseída: ¡¡¡¡bichos mal paridos, envidiosos hijos de puta, cuervo comilón !!!!  El escándalo terminó con todas las parejas huyendo del Motel sin pagar, el Nino Cutello cagándose de risa en la oficina y perdonando, magnánimo, la deuda, un fotógrafo retratando a todos para después extorsionarlos con la publicación en El Pueblo y una denuncia a los dos integrantes del Club Social, el Rengo Sabiolo y el Cordobés Wolcominsky, que habían llevado al falso cura en la camioneta del Doctor Muerto hasta el lugar y no consiguieron escapar a tiempo.

El Ñato Antonio no salió en las fotos, la policía lo llevó hasta la casa parroquial sin pedirle ninguna explicación sobre su extraña presencia en semejante lugar. Antonio los despidió haciendo crucecitas en el aire y cuando el clérigo Nicoletta se asomó, lagañoso y en camisón, apenas pudo ver una sotana que huía entre las sombras y creyó que se trataba de otra de las bromas frecuentes en las despedidas de solteros. La señorita Matilde, exultante y transpirada  después de la batalla, no dejó salir a Frangulli de la habitación del Motel hasta que llegaron las mujeres de la limpieza a las diez de la mañana. Cuando el Fiat Palio pegó la vuelta rumbo al pueblo, sus dos ocupantes parecía otros, aquellos ojos brillaban calmos y saciados, recién venidos del jardín del Eden. Según los escasos testigos del momento en la puerta de la casa de Matilde, se despidieron con un beso interminable. Nunca recibieron reclamos por el extra turno en el ¡Qué No ni No!

Esa fue la última vez que la cosa fue en joda. Desde ese día, al Padre Ñato lo empezaron a buscar cada vez que hacía falta un cura para molestas extremaunciones a las dos de la mañana, misas en la isla en plena crecida del río, visita de pacientes en el hospital los domingos a la tarde y, especialmente, para ayudas espirituales en el asilo de ancianos del asentamiento Florencio Sanchez, lugar difícil para entrar y salir de noche.

Ni el párroco Nicoletta ni nadie preguntó nada, no fuera cosa que el cuestionado abandonara sus tareas rompiendo el equilibrio.  Ni siquiera la curia consultó los listados de los seminarios en busca del tal Antonio Spadavechia, el cura más amado por los fieles de muchos quilómetros a la redonda. Ayudó a reforzar aquella extraña aceptación de un nuevo pastor caído del cielo, la conducta de su santa madre, colaboradora incansable en la sede del obispado. Si hasta limpiaba los baños.

Creer o reventar esto de la realidad.

Hace tres años que el Ñato dejó de trabajar como tornero en lo de Bustamante. Insólitamente lo nombraron capellán de la policía local con un buen sueldo y no le alcanzan las horas del día para cumplir sus obligaciones piadosas.

La semana pasada el Padre Antonio vio estacionar un cochazo negro frente a la Capilla Policial. Un tipo de traje oscuro, con perfume fuerte, bajó haciendo crujir sus zapatos brillosos. Después de besarle la mano, extendió ante su mirada incrédula un telegrama con escudo en relieve del Vaticano: puño y letra del Papa Francisco, argentino y peronista.

El pueblo está conmovido. Veremos de qué se trata. Hay quienes sueñan con miles de turistas llegando de todos lados. Informaremos.