Pobre gente en colectivo

Carlos Riedel21 enero, 2017

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Seguro que viene a cualquier hora, como dice el gordito que lo toma en esta esquina todas las mañanas, hace un pilón de años. Camina hacia acá tranquilo y vestido de azul, pantalón y camisa lavados, mochila llena, la sonrisa pegada como papel de caramelo. Ahora saluda y empieza a hablar despacio, total, hasta las cinco de la tarde tiene tiempo, cuando se baje en este mismo lugar, con menos ganas de hablar al pedo. Aunque mejor cada uno en lo suyo. El gordo se apoya en el árbol y mira a lo lejos sin ganas de ver. No tiene apuro que llegue.

En cambio yo, flaquito espárrago, manos en los bolsillos, gorra invertida, zapatillas blancas nuevitas, el brazo arremangado para que se note el ojo recién tatuado, me pongo a buscar por el fondo de la calle a ver si lo veo aparecer. Parado en el cordón, primero descubro los colores borroneados y el cartelito verde a un costado del vidrio: Campana, en letras blancas. Después, la trompa pasando por las sombras de los árboles como si entrara y saliera del agua o un dedo gigante raspara el aire.

Cierro los ojos y los veo sentados en el lugar de siempre, si hasta parece que los subieran a la fuerza, que los pasaran a buscar cada mañana para llevarlos dopados al lugar de siempre. Mejor, cada uno en lo suyo. Los abro de nuevo, no sea cosa que como un boludo el bondi pase de largo, mientras el gordo confía que voy a estirar el brazo a tiempo. Falta todavía para que llegue, seis cuadras por lo menos.

A ver si me acuerdo. El chofer es el tipo con cara de actor de televisión. Mira como si te buscara, estira el cogote, no ve una mierda. Es el típico ñato al que no le importa nada, aunque sin exagerar.

Miro de primera, porque a la segunda pasada te fichan y no es lo mismo. Repito la lección que me dicta la memoria. Observar es sacar conclusiones, inventar la historia verdadera, nunca tan dura como la realidad

Moira, pollera corta y azul, remera con la inscripción Touch me if you can letras mayúsculas verdes sobre tela celeste, mira por la ventanilla el paisaje que conoce desde que nació, lo mira por la mugre, al ritmo de Uriel Lozano que le canta en su oído desde el celular. Se deja llevar.

La palma de la mano del hombre con un saco negro recibe el caramelo de menta que no esperaba. Vuelve la cara de bigotes gruesos y grandes surcos en la frente, sonríe a la mujer igualmente delgada que responde desde su traje sastre. Apoya en su falda una Biblia descolorida.

Son tres pero eran cinco hace un par de meses. Nacieron y crecieron por el barrio donde cada día suben al colectivo que pasa a esta misma hora. Van hacia la ciudad para cumplir el guión de sus vidas, escrito en páginas idénticas.

colectivo

Tuco, Tarta y Rasta andan siempre juntos, ríen constantemente, tienen buenas zapatillas de correr rápido, no vieron trabajar al abuelo que debe andar en los cuarenta y cinco ni a su padre que murió baleado por la policía cuando estaba entrando en los veinticinco. A sus dos hermanos, Dino y Santos, los pegaron tres tiros cuando merodeaban una casa a la madrugada

Nadia, está embarazada de seis meses. Ríe con sus dientes dañados que le aumentan sus dieciséis. Su pareja, Juanca, trabaja duro como repositor en un super donde entró por recomendación del doctor Gregores, que lo conoce de tanto verlo en la parada. La otra nena de Nadia quedó con la abuela, que a cambio se queda con la asignación universal con que la familia llega a fin de mes.

Alto como sus sueños, Beto terminó la secundaria en una escuela nocturna y trabaja en una fundición desde hace tres meses. Lo conocen porque habla suave y provinciano, porque es respetuoso y trata de aprender. Piensa que pronto tendrá un auto, que su vecina Yessi cada vez le gusta más, que no merece vivir ahí. Siente que la vida es injusta pero agacha la cabeza, putea, sigue.

Sus manos están llenas de anillos y de ampollitas de su trabajo por horas. Su cuerpo está lleno de caricias, hace mucho de su compañero Juanse, padre de su primer hijo, que murió atropellado al cruzar la ruta, y ahora de su Manu, doce años mayor, padre de su nena Griselda y de su bebé Hernán. Su cara siempre fue linda y su físico va años por delante.

Abro los ojos justo a tiempo, el colectivo frena de golpe y antes de que se detenga totalmente el gordo de la mochila se cuelga del estribo con la tarjeta SUBE apretada entre los dientes como si fueran a regalar algo.

Cuando alcanzo los escalones me pongo en marcha, mientras el coche empieza a moverse. Me cubro la cara con el pañuelo que siempre llevo preparado en el bolsillo, dos vueltas rápidas y quedan únicamente los ojos libres. De la cintura tironeo el 32 y empiezo a correr a los gritos hacia el fondo. Al final, tanto estudio para terminar como chorro, me digo antes que nada. Pero ya se sabe, cada uno en lo suyo es lo mejor.

 

 

 

 

 

 

 

One comment

  • isabel

    14 marzo, 2014 at 11:57 am

    y pobre gente viajando en estos tiempos a la CABA.Solo el que dispone de un buen auto puede no desperdiciar su tiempo superando los 80 Kms.que nos separan de la ciudad donde se concentran el dinero,la salud y la cultura en el pais,y aun asi lo podra hacer si no aparecen cortes por protestas en el camino.Sin ofender a nadie y tratando de lograr un mejor servicio el transporte de la COOPERATIVA ELECTRICA cuenta con choferes habiles que no pueden dejar de escuchar Radio 10 todo el tiempo,teniendo los pacientes que absorber el ruido y las risas forzadas les duela lo que les duela.Pero el retorno es el gran problema.Tenes que tener celular,si no perdes.Pregunto:¿es el paciente el que tiene que buscar al chofer o a la inversa?¿No se puede acordar el encuentro horario a traves de los recepcionistas de las instituciones sanitarias?

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