Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Alberto Castillo rompió con el modelo del cantor de tango vestido como un gran señor, de riguroso traje oscuro, sobrio y con ademanes mesurados. Con un estilo absolutamente original, con aspectos quizás vinculados al aire cachador (humorístico) y arrabalero de Rosita Quiroga, Sofía Bozán y Tita Merello. Castillo mostró capacidad para interpretar temas de lo más diversos merced a una afinación perfecta con la que manejaba los matices y la media voz, imprimiendo a su canto la ternura o  el dramatismo requeridos en algunos casos, así como el tono evocador o humorístico en otros. Con su eterno pañuelo cayendo del bolsillo derecho del saco cruzado, el cuello de la camisa desabrochado, la corbata floja, su manera inigualable de tomar el micrófono e inclinarlo hacia uno y otro lado, su mano derecha junto a la boca como los que vocean en la calle, los ademanes y ese modo especial de cantar proyectando las vocales. Hace unos años circuló en Zárate la versión de que Luciano Castillo, el destacado cantante local que descollara con sus actuaciones en cruceros turísticos internacionales y que ya no vive en la ciudad, sería hijo del popular cantor fallecido en 2002.Dicha versión, nunca pudo ser confirmada.

Castillo

Pobre Castillito dije aquel sábado a la mañana en voz alta cuando volvía con las flautas para el almuerzo y desde ese día todo el mundo en casa, Sara mi mujer y el más grande, Anselmo, la chiquita recién gateaba, empezaron a nombrarlo así a Luciano Castillo, que vivió tantos años al lado nuestro, pared de por medio, siempre parado en la puerta de calle con pantalón piyama y camiseta, cuando no estaba embarcado, el pucho colgando en la boca. Uno de esos tipos que cuando hablan no se entiende lo que dicen, por eso abren poco la boca, igual que los japoneses, ahora que lo pienso Castillito tenía, tiene donde esté, los ojos achinados como los orientales y esa apariencia de víctimacapaz de fumar un toscano en medio de un polvorín mientras uno llama a los bomberos cuando se le prende fuego el aceite de las papas fritas.

Por entonces crecían los preparativos del tan promocionado primer festival de tango junto al río, “tres noches, mil estrellas”, como le gustaba decir a Mario Montanari en su época de esplendor, sonrisa melancólica, voz bien peinada, cuando el anfiteatro Homero Expósito solamente figuraba en su imaginación de adelantado, lento al fin como quien esto escribe. Qué más podía pedir.

Fueron días de mucho laburo para que mi actor principal, el ignoto Luciano Castillo, adquiriera esa espontaneidad inocente que solamente se logra con práctica, como esos intérpretes amateurs de las cintas italianas de los años 50 que encendían la pantalla ni bien aparecían. Hice que pasara parte de enfermo al armador del arenero y aproveché que estaba convaleciente de mi quinta operación en la pierna izquierda para sacudirme el aburrimiento laboral trabajando duro.

El suizo Pierrecuperó por unos días la pasión por el blanco y negro en el laboratorio abandonado en la parte de atrás de su negocio. Le pagué muy bien. Tuvo que intervenir fotos viejas del verdadero Castillo tocando en todas partes, insertar junto a él a nuestro hijo inventado, controlar que su imagen fuera creciendo con los años, los clubes, los grandes bailes. Gracias al manco Gelbo, falsificador de estampillas fiscales, documentos para putas del Hotel Entre Ríos,escrituras de terrenos usurpados por el  intendente con cara de ahogado, en poco tiempo tuvimos una carpeta llena de antecedentes gráficos y recortes de diarios igualmente trucados que confirmaban sin dudas la filiación de nuestro Castillito, más zarateño que la Justa Lima, hijo de un amor furtivo del cantor porteño muerto anciano en el 2002, quien jamás quiso visitaral  pibe desde que se pudo valer por las suyas trabajando en la marina mercante. Esaleyenda, sembrada por nosotros en los pasillos del chusmerio local, prendió enseguida.

Por mi cuenta fueron también los ensayos, los discos de mi abuelo que le hice escuchar hasta el cansancio para que desde esa voz que apenas podía articular un buen día o cómo le va vecino con un eco aflautado y carnavalesco, pudieran brotar las estrofas de Garufa, Que nadie sepa mi sufrir o Muñeca brava, con aquella tonalidad exacta de su padre postizo, a quien Castillito insistía  en rememorar en supuestos paseos por empedrados de arrabales lejanos que juro no haberle hecho repetir mientras le enseñaba cómo colocar el reverso de la mano derecha sobre la boca, desabrocharse el saco cruzado después de la tercera pieza. Y ni hablar de los paseos en el impala Verde de mi abuelo, que el viejo manejaba a los bocinazos parando en las esquinas que yo le marcaba para que el descubierto cantor pudiera recitar: ¡Siga el baile siga el baile! ¡Opa,Opa!,mientras la gente bailaba amontonada en la vereda al calor de las guitarras de Fogonazo Peril y Falsa Escuadra Tremedi, el violín del Pata Domínguez y los tambores del Dicky Porfieza.

Pobre Castillito, las pelotas. Pobre yo, Eduardo Álvarez, el rengo Álvarez gracias a un resbalón en las escaleras de la oficina, sin que me dieran un mango por las lesiones permanentes, que estoy acá, añazos trabajando de empleado en Aceros Peretti con el pomposo cargo de analista de compensaciones, que pretenden me lo crea mientras me pagan como a un cadete diciendo que la crisis, que las pocas ventas y qué se yo cuántos versos más.

Castillito, el pobre tipo según mi nada feliz misericordia, sigue embarcado, pero no como antes, baldeando cubierta de los areneros. Minga. Ahora viste jaquet, moñito, zapatos de charol y vive rodeado de minas chupando whisky del caro con algún capitán del crucero donde lo contratan gracias a mi brillante idea, que enseguida le cuento. Mientras tanto mi hija termina el secundario, cubierta de tatuajes de tiburones, chupando cerveza sábados y domingos, dando la vuelta olímpica por los boliches. El mayor, Anselmo, se juntó con una piba con más curvas que cerebro, edificó en el fondo de casa, se separó a los dos meses y después de encajarme un nieto dice que estudiará Ciencias Políticas en la UCA. Mientras espera que me encargue de los gastos, no saca la vista de la pantalla de la Tablet que compró con mi tarjeta Gold.

Así son las cosas. Mi vieja siempre decía que yo era lento. Cuánta razón, mamita querida. Apenas tenga quien me acerque, te llevo rosas blancas.Lento si, pero no falto de luces, y ese es el peor castigo. Fue mía la idea que vislumbré cuando dije pobre Castillito al verlo salir para las areneras sin más esperanza que un franco soleado. Y mía la organización y la dirección de los acontecimientos que fueron ocurriendo como en una película que yo iba viendo correr con el ojo puesto en la cámara de mi mejor creación para esta ciudad de mierda. Confirmé la valía de mi sueño cuando al atardecer lo ví de perfil recostado en el marco de la puerta, esperando que la suerte pasara a visitarlo.

Imaginé todo lo que podía pasar en un chasquido de dedos. Lo  empuje hasta su cocina de soltero y le hice preparar el mate mientras le contaba mi proyecto como si me lo dictara otro yo seguro de sí mismo, ganador, esperanzado en la sensación que causarían los carteles luminosos: Luciano Castillo, el hijo de Alberto Castillo, la misma sangre, idéntica pasión tanguera en la ciudad que lo lanza al mundo. Pobre Castillito, no tiene ni idea de quién era el Alberto médico y cantor extraordinario de épocas gloriosas, ese estilo personal, aquellos trajes perfectos haciendo juego con su elegante personalidad alegre y entradora.Cuando terminé de hablar, dos termos y pico de mate amargo más tarde, era de noche. El lavador de cubiertas de chatas areneras me dijo a todo que sí y se dejó llevar como un barrilete cuando empiezan a tomar vuelo, dóciles en su fragilidad de baja altura.

El final es obvio. Éxito total en todos lados juntando plata para recuperar gastos y empezar a ver la luz. Y de golpe un descuido, representantes que aparecieron poniéndole verdes en el bolsillo mientras Castillito firmaba cualquier cosa, y a este boludo que viste y calza, dueño de la idea original, lento como afirmaba su madre, lo corrían de escena como a un mueble. Volví a mi puesto en Aceros Peretti, soporté las gastadas y sumergí mi cabezota en el hastío. Cuando me avisaron de la joda que planeaban para el vigilador, antes de Navidad, me prendí  enseguida y ofrecí el Impala Verde del abuelo. Una tenía que disfrutar.

En tres meses la nueva consagración del tango partió junto a Fogonazo y Falsa Escuadra, contrato jugoso de por medio,en el Crucero Reina Sofía rumbo a Noruega, Japón, China, las dos Coreas. En uno de sus regresos relámpagos pasó por casa a contarme de su inminente casamiento con una viuda australiana llena de guita y dejarme un koala de plástico envuelta para regalo. En   la puerta de calle, después de abrazarme con olor a transpiración, Castillito se despidió para siempre con el aflautado mensaje carnavalesco que únicamente podía compartir conmigo. Apoyando el reverso de la mano derecha cubriendo la boca  torcida, mirada risueña y cómplice, el “hasta la vuelta vecinooooooo”, quedó flotando en el aire atardecido de mi desdicha por mucho tiempo.