Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... La mala memoria puede ser una parte normal del envejecimiento. A medida que las personas suman años ocurren cambios en todas las partes del cuerpo, lo que incluye el cerebro. Como resultado, algunos pueden notar que les toma más tiempo aprender algo, que no retienen información tan bien como lo hacían antes o que ignoran dónde pusieron los anteojos que tienen sobre la frente. Éstas usualmente son señales, no de problemas serios de la memoria sino de leves dificultades que provocan piedad en lugar de preocupación. Algunos adultos mayores ya no se desempeñan tan bien como cuando eran más jóvenes frente al desafío de completar complejos test, pruebas de aprendizaje, adaptación a nuevas técnicas de trabajo, etc. En algunas ocasiones se desplazan en el tiempo hacia momentos claves de su vida para remediar malas acciones, concluir  etapas que las circunstancias no se lo permitieron en su momento y hasta efectuar venganzas que esa segunda oportunidad les devuelve en bandeja milagrosamente y como anillo al dedo. En la mayoría de los casos, curiosamente, se nota a los ancianos, al menos por un tiempito, reconfortados y radiantes al regresar a la realidad cotidiana. Pero no todas son malas noticias para los viejos: los científicos –esa raza de gente de anteojos, pelados, con guardapolvos blancos, celestes, que provoca respeto sin demasiados fundamentos- aseguran haber comprobado que, en contradicción a lo expuesto, las personas mayores saludables pueden desempeñarse igual de bien que las personas jóvenes en las distintas pruebas a las que son sometidas con solamente darles suficiente tiempo. De hecho, a medida que envejecen, los adultos saludables usualmente mejoran en áreas de capacidad mental tales como el vocabulario y en habilidades que casi desconocían y no es el lugar para detallar aquí. A continuación, la historia de un regreso complicado, con final  feliz.

balsa

Al llegar a Castelli el viejo duda si debe doblar hacia el río o hacia la estación para volver a su casa.  Jubilado de la policía con 50 años recién cumplidos, contratado hace más de diez como Jefe de Seguridad de Aceros Peretti, Remigio Davies ya olvidó su nombre para ser el viejo.

Su cuerpo de músculos todavía firmes está acostumbrado a la rutina diaria de dos caminatas de 45 minutos ida y vuelta por la costanera, un almuerzo frugal, ir al trabajo a media tarde y quedarse hasta bien entrada la noche para disuadir a los chorritos que nunca faltan, ni adentro ni afuera de la planta, según gusta repetir.

A esta altura de la mañana, justo en el momento en que llega a la esquina, las piernas le piden encarar hacia su barrio para sentir que falta menos y vale la pena un esfuercito más, aguantar el aire que parece faltar en el aire del verano. Sin mover un músculo de la cara ni pararse a mirarlo, piensa que el perro de los Olveira no debería andar por ahí, y en ese mismo instante pierde concentración, no se decide por dónde seguir. Ha cambiado tanto la luz en ese cruce que el animal, igualmente desconcertado, se queda observando la vacilación del tipo como quien confirma en otro un dato increíble.

Es que desde la tarde anterior la casona de los Magdalena ya no tiene la hermosa cúpula con el gallito de lata en la cumbre. El viejo pasó por ahí el día anterior y ni siquiera se dio cuenta que estaba trabajando la grúa municipal, alquilada de urgencia, para arrancar el plátano añoso pegado al tapial y en una torpe maniobra había arrasado aquella añeja belleza con veleta. Pasa la mano venosa por su rostro queriendo perdonarse por la tardía percepción. Reanuda la marcha, sus pies deciden torcer el rumbo barranca arriba por la San Martín al ritmo de siempre.

¿Se siente bien? Si. Más cuando en la cuadra siguiente pasa por el garaje donde sabe que, bien lustrado y durmiendo en ese perfume de los autos viejos: mezcla de caucho, aluminio lustrado y nafta de la que usaba mamá para quitar la cera de los pisos de madera, duerme el Impala verde del abuelo del rengo Álvarez. El mismo que usó para hacer cantar a Castillito en el centro, antes de sus viajes en los cruceros, el de aquel viaje amoroso para el portero engañado por la joda organizada en la oficina. No puede creer cómo al cerrar los ojos por el sol tan blanco puede sentir que está mirando el auto allí, detenido en la mitad de una cuadra en la que no hay ni una sola referencia que le resulte familiar. Está seguro de que no han pasado más de veinte minutos de regreso caminando tranquilo, lejos del paso firme de su recorrido, como aquellos domingos de hace tanto,  cuando salía con papá a dar una vuelta, los dos con las manos en los bolsillos.

Sin embargo justo al lado del garaje, nítida, está la verja de la casa de los Llali, que vivieron allí hasta que murió tía Angelita. Se aferra a esos fierros redondos, reales, como boxeador antes de la piña del Destino en la punta de la pera. Tiene presente la foto del último cumpleaños de su tía: los Llali sonriendo a la derecha, la verja intacta. Recuerda en el recuerdo que la arrancaron meses más tarde cuando derribaron la vivienda de puertas altas y gallinero al fondo, para levantar el primer edificio del centro. El viejo tiene impresa en el alma la tarde de la inauguración de la primera heladería Semenzin, en la planta baja, Schiavetta pidiendo sonrisas para la inmortalidad con flash: imágenes en blanco y negro sobre cartulina brillosa que él guarda debajo del vidrio del trinchante.

El Jefe de Seguridad de Peretti está cansado, pero no lo está su cara, que avanza por el camino de ladrillos detrás de la verja para asomarse al comedor fresco y grande donde almuerzan los Llali, junto a los vecinos y se ríen todos porque es Domingo de Pascua. Escucha la voz de Angel Vargas desde una radio, enredándose con el humito de la salsa que sube desde la cacerola abollada. Se ve, sentado contra la pared cerca de Emilita, la menor de las hijas que siempre le gustó por su flequillo, sumergido en voces y manos estiradas con platos y cachadas.

El viejo camina algunos pasos en el encanto y de repente se ve asomado a otra ventana de su mente mareada por la vida: es la de su casa natal, en la cocina está la silla vacía de la señora Lalli que recién se fue después de visitar a su madre. Las escuchó mientras jugaba con los soldaditos de plomo. Su mamá le recita lo de tantas veces: doña Lourdes vino a invitarnos a comer porque cumple años, pero papá trabaja en turnos de doce horas, viene agotado y yo no puedo dejar a tus hermanitas solas. Para que no se ofendan, vas vos con dos docenas de huevos y no haces renegar. Movete.

Quien ya no es Remigio Davies se recompone sobre sus huesos en el sol insoportable de las tres de la tarde, cuando hace rato el mundo no tiene paredes. Pocas cuadras adelante, con una llave de otra época, atraviesa la cancel como si sacara la cabeza del agua después de nadar, busca la recompensa de unos mates, da una lectura rápida al diarito, oye sin escuchar la radio sintonizada siempre en la misma estación. Lejos de la hora de trabajar, quiere otear el horizonte de no saber qué hacer, como los pajaritos que saltan en el patio de rama en rama del limonero, eléctricamente, sin sentido.

Enseguida un rumor de pasos apurados lo sobresalta: salen corriendo del comedor, buscan su figura de siete años que no aparece por ningún lado. El viejo deja la calma y se suma a la búsqueda junto a sus padres, la señora y el señor Lalli, la tía Angelita. Cuando se descuidan, sigue a sus pies que lo guían por distintos tiempos hasta la Sombra del Bajo. Entra sin saludar. Busca al Remigio chico que llora escondido, y ambos se secan las lágrimas sin que les importe la edad de cada uno. Al fin se van juntos por la Mazzini comiendo mandarinas, rumbo a la balsa que espera en el río sin contaminar. Ninguno de los dos sabe que los buscan afanosamente.