Patios Vecinos

Carlos Riedel11 octubre, 2014

Por Osvaldo  Croce y Armando Borgeaud.

Yo sabía que aquella tarde la pasaría con mi abuelo. Eso era así todas las veces que mamá no podía llevarme con ella porque iba al médico o viajaba a Buenos Aires a ver a una tía muy enferma, pocas veces en el año, eso sí .

Apenas comenzaba mi queja con el tímido y muchas veces lloroso pedido de quedarme en soledad hasta que volviera, su respuesta se solapaba a mis reproches, categórica y definitiva: “vos estás loco si pensás que te voy a dejar solo acá. Además, en ese caserón con semejante patio tenés mucho más lugar para jugar. Encima tú abuelo te trata mejor que yo, tiene galletitas, el queso que a vos te gusta y como es medio sordo podés hacer bochinche a cualquier hora. Acá los vecinos tienen oído tísico y a mi no me gusta que hagas ruido a la hora de la siesta.”

Después, para verificar el impacto del sermón en mi cara, la vieja se daba vuelta, siempre la recuerdo haciendo algo de espaldas mientras hablaba, y al advertir la resignación obediente en mi mirada, terminaba la exposición en tono de reproche entusiasta, típico de arenga partidaria.

“¿En qué quedamos?, si cada vez que te voy a buscar me cuesta un Perú sacarte de esa casa. Mirá que sos raro, nene. Primero deberías saber lo que te gusta y después enojarte. Me parece que ese es tu problema. Igualito a tú abuelo.”

Hace un rato, serían las cuatro, porque pasó la secretaria de Mendiville a chusmear con la de Contaduría y eso es señal del gato ausente, empecé a elegir los juguetes para la tarde que me esperaba.

Peralta estaba en lo suyo, para ver si arrastrándose llega a Gerente, y la Rusa se pintaba las uñas tarareando a Los Redondos.

Me incorporé despacio después de activar el Asistente Fuera de Oficina en la laptop. Caminé sin apuro ni volver la vista atrás.

Primero el pasillo, la moquette, la máquina de café, el dispenser de agua, la fotocopiadora y más adelante un tropiezo del tiempo, una fisura tan ancha y larga como aquel patio, tan extensa y alta como las piezas en penumbras a pleno sol que iba trasponiendo a medida que a mi espalda la sombra del open space lleno de cabecitas gachas se alejaba, como la sombra de mi madre entonces tras el vidrio de la cancel.

Entré con pasos de cámara lenta en el espacio oloroso a cera Suiza, muebles altísimos y almanaque congelado de cortinas desteñidas. Tan universo para mi, un hombre de casi cuarenta como para un chico de diez años para quien el mundo es su barrio y perderse a la vuelta de la esquina.

Observé todo con ojos de retrato ovalado, mientras me deslizaba por un pozo negro sin fondo, las manos transpiradas de frío sin esperanza, con el miedo de escuchar el eco de la voz del contador Arrieta que quiere revisar ese informe del que hablamos el lunes y todavía…

Foto de patio

Así hasta que la suerte y no mi torpe desesperación me extrajeron al sol con locura de montaña rusa y el convencimiento de que todo era sueño. Un sueño del que quieren me sienta culpable sin decirlo, un reproche que nadie hace, que me aterra solito nomás.

Yo sabía que en algún desvío de puertas aparecería la mano rugosa, los anteojos redondos, la figura ovillada de zapatillas de paño con la promesa del café aguado en el lejano horizonte de las cinco de la tarde. Que su libertad sin advertencias era el primer secreto mudo entre los dos, como si su mirada cansada y mi desamparo recién nacido se conocieran desde hace siglos.

Y, como siempre también, fue el corazón la brújula palpitante que me llevó derecho al patio, del mismo irrefrenable modo con que alguna vez corrí al mar apenas el viento salado se anunciaba detrás de los médanos, los pies apurados para llevar la carpeta azul y dar explicaciones, ya voy señor, en cinco lo vemos, como quien desconoce cualquier salvación cercana, que añora lo que no alcanzó a vivir, hipnotizado por la soledad de plantas, baldosas, tapiales escarpados, pasillos hacia frutales bañados de sol.

El abuelo apenas si dio vuelta la cabeza en la mecedora. Tenía puesto su sombrero Panamá, que en los veranos lo anticipaba en la distancia. Dejó el rotograbado de La Nación sobre sus rodillas, se pasó la mano por la cara recién afeitada y sonrió. Lo que nunca.

Sonrió amplio, lindo, una sonrisa satisfecha de verme ahí dispuesto a jugar en su patio, en su casa. En eso sonó el nextel una y otra vez. Atendí porque conozco el malhumor del Mandamás cuando lo dejan colgado. Cuando plegué ese sánguche de nada, estaba solo.

Y sobre el hule tajeado de la mesa de la cocina la bolsa con soldaditos, los sobres de figuritas por abrir, tres autos con masilla y un trompo abollado.

Fue entonces que algo me decidió y avancé hasta el limonero de cuatro estaciones. Primero fue un pie, un envión después y subí alto, se me enganchó la corbata, desgarré el pantalón en la rodilla, más alto, más alto, cayó el nextel a la sombra y por fin, llegué hasta la cima y, con firmeza de pañuelo en la cabeza y pantalones arremangados, pude mirar hacia la pampa de patios vecinos que me llamaban como manos amigas y confiables.