Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud......
Suena el teléfono. Seguro que es ella, sabe esperar. En los largos matrimonios se conoce hasta el ritmo de los silencios de la pareja. Después de todo vivir con otro es como cantar a dúo, aún cuando no se tengan ganas, o la garganta esté deshecha de cansancios.
El reloj marca la hora del amanecer con sus números grandes como los ojos de Tom y Jerry en aquellos dibujos animados. Con solamente cerrar los ojos ella sabe que ahora estoy frente al espejo a punto de afeitarme, la radio encendida en el programa de siempre, y que antes de terminar, con la cara manchada con pedazos de espuma voy a ir hasta la cocina arrastrando las chinelas viejas que se cansó de tirar a la basura todas las veces que las fui a rescatar.
Y encenderé la hornalla para ir calentando el agua para el mate. Por esa costumbre que traigo de chico de hacer las cosas en paralelo, nunca en serie porque estoy convencido de que es menos eficiente ir unas detrás de las otras. Por eso debe ser que no soy yo el que llega siempre tarde a todos lados.
Suena el teléfono. Y lo dejo correr, así debe ser decía el abuelo mientras me enseñaba a ser paciente con la tanza que se desenroscaba del reel dándole a un pobre dorado, a una miserable boga, la ilusión de haber escapado del anzuelo. Seco mi cara de ir a terminar la semana con una toalla que me conoce de memoria. La vuelvo a colocar en su lugar, la voz de mi vieja recordándome ser ordenado porque las cosas quedan donde vos las dejás.
Suena el teléfono. A esta hora las casas parecen de otra época, más humana. Aparecen entre la luz del sol, esbozadas por un dibujante piadoso. Desde la ventana asoma una ciudad de otra época, casi sin ruidos, con menos prójimos que se conocen más, en lo bueno y en lo malo. Con familias que se reúnen al mediodía para almorzar y a la noche para cenar, aunque piensen distinto, aunque tengan problemas. El teléfono quedó en silencio. Seguro que fue ella, llamó tres veces y cortó a las 6:47.

Sabía que no podría llegar hasta el aparato a tiempo sin pegarme un resbalón ( lo dejo en la base porque estoy convencido que la batería se descarga enseguida, socio del club de los obsesivos de libro debe ser ) y tenga tiempo de figurarme su cara de anoche antes de cerrar la puerta del ascensor mirándome fijo, diez segundos, hasta que le gané de mano y solté la del departamento con toda la furia, una bomba en el palier a esa hora en que el edificio es un silencio agazapado.
Una bomba abriendo el cráter de esta ausencia con silencios de astronauta. Silencio de amputación, por más que embista los recuerdos con las ventanas abiertas aunque todavía no haya salido el sol y asome la cabeza desde el noveno piso llorando de a traguitos para que haga menos mal.
Siento que me espía por la huella de la costumbre como quien sigue a un preso que arrastra su cadena, que en algún momento tendrá que detener la marcha, tomar agua, pensar en lo bien que estaría bajo techo después de pedir perdón con la mirada, o con el silencio de levantar el tubo y decir hola diciendo tantas cosas con el primer carraspeo con que se baja la guardia, se acepta el error. Siempre pierde el que acepta el error sin decir palabra, porque en realidad las mujeres no están hechas para poner la otra mejilla, no está en su naturaleza, no vale la pena gastarse en empezar de nuevo.
¿Cuántas veces se puede empezar de nuevo sin darse cuenta que no nos hemos movido del mismo lugar?
Seguro que es ella, cuando estoy a punto de irme a trabajar. Algún reclamo, algún reproche, algún encargo. Yo también la espío por la cerradura de la genética que la caracteriza. Cuando llegue a planta baja dejará el mensaje en el contestador como quien deja comida en la olla lista para calentar a la vuelta, hasta con la servilleta en abrazada en el asa para que no te quemes en el momento de servir la porción. Comer solo es el primer disparo francotirador de la soledad.
Uno va acostumbrándose al zapato, eso lo descubre cuando puede sonreír al pedazo de espejo mientras baja ajustándose la corbata por el ascensor, como ahora, sin que importe la insistencia del teléfono que suena allá arriba, apagado, detrás de dos vueltas de llave.
Uno viste de soledad y una gran ola de agua penetra por todos lados ahogando los problemas ajenos que intentan treparse y espiar por los vidrios de los actos cotidianos. Hasta el teléfono se convierte en latidos del corazón del cuento de Poe, oculto bajo las maderas del piso de la culpa y el remordimiento.
Abro las puertas enrejadas y salgo despacio, controlo con la mano que están las llaves, la plata, los documentos, cada cosa en su lugar, en el achique de las sorpresas capaces de cabecear inconvenientes en la misma garganta de la tranquilidad que da esa eterna repetición de gestos que somos.
Camino seis, siete pasos, abro la puerta del edificio.
Entonces vibra mi celular, corro la tapita con un solo dedo, lo acerco a la oreja, escucho. Algo quiebra mi miopía de soledad convencida, entra la brisa. Me doy cuenta. El teléfono que sonó tres veces, que quedó aullando mientras bajaba. Debí atender.
Pero es tarde.
