Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
¡Cómo no habría de quedar pagando
en actitud entre siniestra y mansa,
si después de yugar toda una vida
acabó por morfarse la esperanza!
Poema número dos. Tango
Luis Alposta/Edmundo Rivero

Me lo imagino. Por fin Don Julio Arancibia veía a sus manos abrir el cajón de la cómoda, fondo de madera balsa, en ese juntadero de viejos, para sacar el fémur del capitán Chiquito Napolitano. La funda de lana tejida por Blanca Aguirre, lo contenía con ternura de pulpa al carozo. Blanca, pobre compañera de internación, finadita la semana pasada cuando se escapó descalza al patio embaldosado. ¡Dos grados bajo cero!!!! y ni ahí una enfermera despierta para atajarla, ya se sabe.
Chiquito medía dos metros diez, apenas entraba en la cabina del timonel. El día de la tormenta, cuando le dio el infarto, no lo pudieron sacar ni con la Prefectura del puerto de Rosario. Dicen que un médico forense le cortó las piernas, otros aseguran que fue un integrante de la tripulación, vaya a saber. Eso si, no pregunten cómo ese hueso, del largo de un bastón de la Federal, llegó hasta Don Arancibia, durante añazos su marinero más confiable. No todos interpretan este souvenir para defensa propia como un homenaje a su antiguo jefe, una demostración póstuma de amor a un camarada con el que pasaron tantas peripecias, río arriba, río abajo.
Sea lo que sea, los del grupo del Comercial votamos a mano alzada y la decisión fue unánime. Consideramos al objetivo “una misión sagrada” entre aplausos y eructos. Sentado a mi derecha, me acuerdo como si fuera hoy, Escabito Fernández, las manos apoyadas en la silla, justo entre las piernas, siempre sentado un poco más atrás del círculo alrededor de la mesa donde yacían restos de un par de sanguches de milanesa completa, más un par de cervezas Quilmes Cristal casi vacías y vasos de vidrio ordinario Todos alumbrados desde lo alto por las pantallas colorinches de los televisores silenciados. Escabito fue el único que no preguntó nada, firme en su silencio impasible entre risas y eructos de un viernes inolvidable.
La noche elegida, un frío intenso, especial para dormir con pierna. Don Julio cerró a su espalda la puerta del asilo, envuelto en el sobretodo dos números más grandes para su cuerpito actual, paso firme, el hueso del capitán metido como hacha en el forro, esa voluntad parpadeante, la llama de una vela dándose ánimo para no aflojar hacia el lugar elegido.
Escabito Fernández, sus bigotes finos en la cara galleta siempre sonriente, salió de la piecita de atrás de la casa de su hijo, donde vivía después de enviudar, hacia el primer objetivo, como dijo no me acuerdo quien para motivar al grupo. Se había puesto el saco azul cruzado con las cucardas de la Acción Católica, la Cruz Roja, el Club de Leones y hasta la medallita de cuando ganó con Central Buenos Aires el nocturno del sesenta y uno. Lástima no haberle tomado una foto cuando lo vimos llegar, siempre a su ritmo, fiel a cada reunión del club, no como alguno de los integrantes, que se llenaban de discursos fogosos, pero que si jugaba Boca desaparecían hasta el próximo compromiso. Escabito carajo.
A la una de la mañana solamente faltaba llegar el flaco Paris Texas, único en actividad porque, como siempre había trabajado en negro, le costaba sacar la pensión, aunque todos pensábamos que eran excusas para no tener que quedarse todo el día en el caserón que le había dejado su hermana Matilda. Vivía a dos cuadras de la plaza, lugar del encuentro, pero como iba en auto a todos lados, si se podía decir que ese cascajo con el que hacía veinte kilómetros de ida y veinte de vuelta por la tierra para ir a trabajar, podía llamarse auto. Con la campanada pastosa de las y media del reloj de la municipalidad, se oyó el portazo de aquel hombre eternamente salido de una hepatitis, los pantalones caídos por el culo inexistente para rellenarlos, el pucho colgado de la boca, la cartuchera con la 9 milímetros que le daban en la portería de la Siam para la guardia. Cuando nos vio a los tres alrededor del busto de Guerci, pegó el grito de siempre, no importa donde fuera y a qué hora: “qué manga de viejos chotos, si dan vergüenza“. Después se acercó arrastrando las chochas cuadrillé que no se sacaba ni para dormir.
Al fin fui yo el que dio la voz de aura porque nos habíamos quedado secos, sintiendo el viento helado del río, con unas ganas de volver cada uno a su lugar que no te cuento.
Fueron tres o cuatro cuadras hasta llegar a la casa prefijada, en palabras del finado Capitán Napolitano, que cuanto más borracho mejor hablaba. Columnas de aliento subían hacia un inexistente cielo, y ni bien divisamos la puerta de rejas rojas supimos que la conmoción al otro día iba a ser grande. Don Arancibia movió la mano donde guardaba el hueso largo y allí se oyó la muda música de los que están decididos a cumplir su tarea escrutando un destino superior un segundo antes para confirmar la osadía.
París Texas abrió la cerradura de la puerta de calle con un alambre que extrajo como un habano de su raída campera de seguridad. Movió dos dedos, lentamente hasta que escuchamos el clac. Semejante presteza me hizo caer la ficha de tantos robos sin indicios en el barrio. Ya todos adentro de aquella oscuridad con olor a lustramuebles, los pies sin arrastrar, nos encolumnamos detrás de la espalda que tomó la delantera. Aquellos pasos nos llevaron a cuestas como cuerpos anestesiados. Escabito había sido el encargado de la investigación previa, espiando los planos de la propiedad en la municipalidad, gracias a la ayuda de su amigo Baby, treinta años en Obras Particulares. Luego, conocía la disposición exacta de los ambientes y andaba con ínfulas de mascarón de proa, los codos rozando la estrechez de los pasillos que nosotros sólo intuíamos en la penumbra y el aire levemente abovedado. Cuando la fila india llegó al dormitorio, punto final de la primera etapa, la figura ancha de Escabito cruzó el dedo índice sobre la boca cerrada con majestuosidad de buda. Vislumbramos el gesto gracias a los faros de un auto que se reflejaron en la ventana y ese segundo de luz nos devolvió por un segundo de aquella realidad onírica: cuatro viejos en busca de una cama ancha en medio de la noche.
El traje azul de botones dorados apartó enseguida su figura, brillosa de condecoraciones, nos dejó pasar de a uno hacia aquella intimidad de cuerpos dormidos, como si de allí en más su responsabilidad estuviese cumplida.
El sobrino de Blanquita, contador E. Velázquez según el diploma que colgaba cerca de unos cucharones decorativos, no tuvo ni tiempo de despertar a su esposa, absorto por la sorpresa ni bien lo saqué de las sábanas tapándole la boca. La mujer, apenas el marido abandonó la cama alzado en el aire por mis manos como una bolsa fláccida, se despatarró en diagonal en el ancho colchón ajena a todo lo externo a sus ronquidos. Me crujieron todos los músculos y el nervio ciático pegó un puntazo terrible sobre mi espalda.
En un solo movimiento los huesos del hombrecito fueron a parar a una silla de la cocina donde Arancibia, previo encendido de un velador que París Texas trajo de la pieza, le impidió decir nada. Lo sofocó apretándole a la cara semejante manaza derecha, habituada a los nudos marineros. La zurda, casi con desdén, le dio un par de sopapos como quien sacude la tierra a un trapo, asegurándose el mutismo del reo de ahí en más. Escabito encendió una hornalla, puso a calentar el agua para el mate, considerando que el juicio, por más sumario que fuera, se alargara más de la cuenta. Sentado a merced del tribunal, sin los anteojos de mirar planillas, el contador era una calandria desplumada.
-“Contador Velázquez”…carraspeó Arancibia reteniendo un gargajo, al tiempo que blandía el fémur recién salido de la funda colorida. “Eladio Velázquez”, precisó rebajándolo a la mortalidad de un padrón electoral, y el hueso golpeó seco sobre la fórmica de la mesa ante los ojitos desbocados del profesional que se revolvía como pollo frente al cuchillo. “La semana pasada”… agregó lentamente para que su exposición se pareciera a las películas, “su querida tía Blanquita Aguirre murió de frío en el patio del asilo, en plena madrugada, como esperamos usted se haya enterado a pesar de sus múltiples ocupaciones”.
Antes de lagrimear, Arancibia nos miró a todos, uno por uno, Alfredo Alcon no lo hubiera hecho tan bien sin ensayo. Fue un perfecto segundo de silencio, justo el espacio preciso para el clima que iba creciendo sin pausa. “La derrotó el invierno, como a Napoleón “, dijo por fin exhalando un suspiro y pegándole con el fémur sobre el hombro al que solamente reprimió un grito. Paris Texas, que justo estaba chupando la bombilla tapada, coronó con un aplauso largo y sonoro. Escabito y yo le atajamos las manos por imprudente y fuera de lugar.
“Usted”, retomó Don Julio hecho carne de su personaje, “internó en un asilo, hace tres años, a la hermana de su madre, ….alegando demencia senil mediante dudosos estudios médicos que este tribunal considera pretextos para usufructuar en libertad la propiedad de la difunta, que en Paz descanse”
Escabito lanzó una puteada que reveló, por si hacía falta, su nula aptitud para el papel de defensor del Contador que se le había asignado. “Blanquita gustaba de jugar a la canasta cada jueves junto a sus amigas tomando cerveza y fumando algún porrito, según nos contara ella misma con entusiasmo… ¿Tal vez haya sido este desorden inopinado para una vieja lo que les molestaba a usted y a su delicada esposa?” Descargó un mandoble de hueso muy cerca de la cabeza del tipo que cerró los ojos y se cagó encima.
A partir de ese momento todo se aceleró. El Contador lloraba como un chico. París Texas manoteó la pistola, Escabito lo abrazó como un pesado árbitro de boxeo intentando separarlo de la silla del acusado. Arancibia y yo, en medio de los forcejeos y empujones nos llevamos al atribulado Contador Velazquez al patio, con asiento y todo, para leerle la sentencia inapelable. La calandria desplumada, en piyama, temblaba de frío y pedía perdón sin voz y sin fuerzas. Decidí anticipar nuestra salida de la casa, antes de que semejante lío alarmara, menos a la esposa del contador que roncaba porque se habría acostado mamada, a algún obrero en bicicleta que seguramente llamaría a la DPU, en caso de existir aún un alma solidaria.
Le señalé un párrafo salteando seis o siete hojas y Arancibia leyó: “…el pago de dicha multa de 30000 dólares norteamericanos en carácter de donación espontánea, deberá transferirse a la cuenta del Hospital Regional Agustín Tosco en este mismo momento y en un único pago... “En ese momento alcancé la tablet al Contador con otro mandoble de fémur a la silla de mármol cercana que le hizo mover los dedos entre las cuentas sin chistar, esas a las que la mayoría aportamos y unos poquitos disfrutan. “Hecho lo cual, no se dará intervención a ningún medio de prensa…o difusión so pena de”… en caso que algún medio investigue sin recibir algo a cuenta, lo que no suele suceder y menos en este caso, volví a pensar en otro rapto de lucidez que me emocionó.
Al retirarnos, sacamos a la calle a Eladio Velázquez amordazado con el pañuelo blanco de Escabito, las manos en la espalda sujetas a la silla de la cocina con un cable provisto por Paris Texas. Quedó hermoso. Escabito dijo algo de la negrura del cielo antes de amanecer y Paris Texas se rajó un pedo que pareció un balazo. Arancibia y un servidor prendimos sendos cigarrillos con el encendedor de oro cedido gentilmente por el Contador Velázquez. Después nos fuimos tiritando, cada cual a su sitio, sin chistar ni darnos vuelta.
Cuando apoyé la cabeza en la almohada, cerca de la pieza todavía tibia de Blanquita, escuché una carcajada de Julio Arancibia pared por medio y, muy a lo lejos, la sirena de un patrullero.
