Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Me imagino la cama llena de billetes y no lo puedo creer. Aún hoy, que pasaron tantos años y ya no vive nadie que pueda repetir los detalles que antes no me interesaban y que ahora, siempre tarde, me parecerían sabrosos. El viejo ganó el Gordo de Navidad, se acuerdan cuando todo el mundo miraba el sorteo por TV y lloraba de emoción cuando se lo llevaba un muerto de hambre. Bueno, justo cuando el viejo estaba harto de la fábrica, el humo, los jefes que no sabían hacer la o con vaso, levantarse treinta años a las cuatro menos cuarto de la mañana, le llovió esa plata como quien se tira al agua fresca después de sudar un infiernito. Y fue esa noche, luego del brindis, rodeado de la familia y los vecinos de toda la vida, lechón para todo el mundo, vino del bueno, pan dulce con mucha fruta y pasas de uva, la mesa de caballete tendida en la vereda, luces de colores y banderines, que el viejo anunció que se iba con una pendeja. Pero hay tantas historias como locuras.

La Colorada Iparraguirre, administrativa de lo que hiciera falta, tuvo la idea, todo sea por matar un poco semejante tedio de hacer lo mismo, de la misma manera, cuatro viernes antes de Nochebuena, y la puso en marcha sin dudar, convencida de que sus compañeros de oficina y el jefe, quien suscribe, estaríamos de acuerdo, tal magnitud tenía nuestro aburrimiento de ocho horas en el área de RRHH de Aceros Peretti, épocas de gloria si las hubo.
Aquella mujer, en apariencia intrascendente, escondida en su personaje fatal, cumplió la ceremonia con deleite perverso: marcar el número de la portería, carraspear tirando el pelo hacia un costado mientras allá lejos suenan los timbrazos entre alfileres de silencio expectante, aguardar que el jujeño Albornoz, al que imaginábamos congelado en el banco alto desde donde controla la barrera por la ventanita de su puesto, levante el tubo y ponga el primer pie en aquella ilusión.
Todos nosotros, arracimados alrededor del escritorio de la voz femenina tan ardorosa en la exacta impostación por años de teatro independiente, gozamos suponiendo lo que pasaba del otro lado de la línea. Si bien sabíamos que aquella mujer de cuerpo tan poco atractivo, falto de gracia, de lechosa piel pecosa era capaz de las peores y más crueles bromas, también conocíamos que nunca atraía miradas deseosas de plena juventud, como Julieta, la telefonista del culo más grande del mundo, Graciela de contaduría, con sus vestidos tan volátiles para llevarnos a dibujar sus muslos en momentos solitarios o Mariela, dueña del escote capaz de matar impunemente entre las cajas del archivo.
El tema es que íbamos adivinando las respuestas cada vez más urgentes de aquel provinciano, halagado por semejante bombonazo anónimo capaz de llamarlo desde la nada. Pensábamos su altura desmesurada doblándose como si quisiera meterse por el cable enroscado, el grandor de los pies nerviosos, la dureza negra de su pelo abundante y peinado para atrás, tenso y brillante, los ojos hundidos y acuosos, su tez amarronada, la sonrisa larga, bonachona, lenta, boba, esos rasgos que tantas cargadas merecían por parte de los obreros y empleados cuando pasábamos de a uno para que sus manos de portafolios nos palpara de cuerpo y bolso después de marcar la tarjeta, antes de salir despavoridos como chicos de la escuela.
A su vez, el susurro de aquella mujer ignota iría dibujándola cada vez más hermosa en la imaginación solitaria de Albornoz. Seguramente era la compañera que iba a cambiar su vida, la señal que tanto le pedía al Licenciado Blescia, el de Una Luz en el Camino por la radio Spica, para creer en Dios de una buena vez, por un motivo como la gente. Antes de cortar la comunicación, urgida por salir de escena sin tentarse, previo a desaparecer en el tubo sobre la oreja transpirada del vigilador, la Colorada deja la promesa de pasarlo a buscar el viernes anterior a Nochebuena por la portería, a las dos de la tarde, en el impala verde de su padre, para continuar conversando cara a cara sobre eso que nos interesa a los dos en un lugar más cómodo. Ojalá no te alcancen las horas para extrañarme como yo a vos, incesantemente, cerró la muy turra mientras un beso húmedo se perdió lejano en el vacío que segundos después inundó aquel espíritu de hombre solo que empezó a recuperar un frescor de lluvia inesperada.
La verdad sea dicha, aplaudimos a la Colorada por aquella actuación. Si hasta un par de vagos estaban calientes como para invitarla a salir el fin de semana, olvidando su imagen desangelada. Ella agradeció con un corte de manga tantos elogios falsos y nos calificó de pajeros consuetudinarios, mientras se reía señalando entrepiernas entusiasmadas de adolescencia.
Después de semejante sismo necesitábamos saber cómo había impactado la escena plantada en nuestra víctima. Mandamos hasta la portería al gordo Ustariz, encargado de liquidar los sueldos, personaje capaz de convencerte de que cualquier cosa, con la excusa de retirar las tarjetas. Tentado, apenas pudo contar que el pobre tipo, confundido en su cuerpazo de orangután, se paseaba de un lado al otro con las manos en los bolsillos en el reducido espacio de aquella construcción bautizada “el mangrullo “por estar a más de dos kilómetros de los galpones de la planta, una avanzada hasta la ruta, unida por el hilito de un camino pavimentado. No pudo terminar el relato, antes, volvimos a estallar en carcajadas
Tres viernes más tarde, vísperas de la Nochebuena, Albornoz imaginó un milagro. Desde la ventana anchísima de nuestra oficina vimos asomar la figura del Jujeño envuelta en el uniforme azul rabioso de los porteros, pequeña en la distancia. Divisábamos el humito del cigarro feliz intuyendo su mirada al campo, convencido de la bondad de la vida.
El rengo Álvarez, analista de compensaciones, le había prestado a la Colorada el coche de su abuelo, un impala verde de colección, orgullo de varias generaciones. Radiante, simulando indiferencia, cada vez más nerviosa a medida que llegaba la hora, una Iparraguirre rara fumó varios rubios mentolados, uno tras otro, se colocó la capelina blanca cedida involuntariamente por su hermana y un pañuelo violeta. Antes de salir lentamente revisó su aspecto en el reflejo del vidrio sucio de la ventana y sacó del armario semivacío que nadie usaba una valija de cartón, equipaje de utilería para el viaje de a dos a la felicidad de los susurros.
Yo, supervisor del divertimento, estaba intrigado en saber cómo iba a resolver el engaño aquella resentida. Todos disfrutamos la desesperación del jujeño en el horizonte del mangrullo, aguja del reloj de su propia ansiedad, yendo y viniendo hasta el borde la ruta, oteando hacia ambos lados como un jinete, haciendo visera con las manos, ilusionado con el cochazo y la mujer prometida por teléfono.
Jamás vi saltar a alguien de ese modo ni bien el manchoncito del auto apareció en la distancia. Lo vimos subir esbelto al impala, irse de sus obligaciones como un rey ofendido, saltar del aburrimiento como un suicida. Lástima que no pudo oír nuestra ovación con papelitos y todo. Gritamos hasta perderlos de vista, nada en la nada de la rutina descolorida que de a poco nos reabsorbió sin esfuerzo. Como si se hubieran encendido las luces al final de una película, volvieron a sonar los teléfonos, tuvimos que responder las urgencias revolviendo archivos y antecedentes. La Colorada no volvió a trabajar el lunes después de Navidad, ni el martes, ni el miércoles, tampoco del jujeño nadie supo nada y al poco tiempo los comentarios de pasillo fueron imparables
Creo que fue el jueves 29 que me llamaron a la reunión y en el camino tomé conciencia de la metida de pata, no me pregunte cómo fue. Confieso que no me sorprendió el relato minucioso que el Jefe de Seguridad leyó en voz alta. Todos dijeron que nadie imaginó que podía suceder, eso dijeron. Tuvimos que declarar en el juzgado esa misma tarde y antes del primero de año nos echaron a todos.
