Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud....

Cuando el hijo mayor del viejo Monsalvo, propietario de la tornería Monsalvo e Hijos, se sentó en la punta de la mesa larga con tablones sobre caballetes que armábamos en el galpón cada vez que nos juntábamos a comer un asado por el motivo que fuera, el finado Inca Ramirez, que tenía la madre peruana pero que el viejo había apodado así porque decía que era incapaz para todo servicio, me guiñó un ojo.

En realidad el Inca era el primero que se daba cuenta de todo, como esos ajedrecistas capaces de calcular tres jugadas de su rival, pero dejaba que las cosas pasaran para no complicarse con las consecuencias. Esa noche no fue la excepción.

El Ciego Peralta, otro que conversa de pesca hasta con Dios, ducho en ese asunto, tenía una mano para la parrilla como pocas veces he visto y probado. Desde tempranito nadie le sacaba el puesto frente a las brasas, la carne salada, los papeles, la leña y hasta sus guantes de mecánico llenos de grasa para no lastimarse. Ni hablar de carbón. Paciencia y la botellita de tinto que iba bajando de a poco.

Todos saboreábamos hasta los piolines de los chorizos porque los sacaba a punto exacto y porque no era cosa de dejar en el plato lo que cada uno pagaba a buen precio en la vaquita que la Rusa Fistassi recolectaba el día anterior, con todas las cabezas poniéndose por igual. Esa noche no faltó nadie. La ensalada llegó a último momento desde la casa de familia pegada al galpón, donde la mujer del patriarca cortaba lechuga, tomate y cebolla de su quinta. Como de costumbre su marido se encargó de resaltar la tarea en voz baja, cuando mejor se le oía.

La mayoría de las bocas no habían terminado con el vacío, aunque masticaba más lentamente, tal vez por aquello del miedo a que se oiga el movimiento de las mandíbulas si de pronto todos se callan de golpe, algo habitual vaya a saber por qué. Fue entonces que Felipe, el otro hijo, el menos parecido al padre de los dos, que nunca se quedaba dos minutos en el mismo lugar, se levantó en su sitio al lado de la Rusa y tartamudeando como era su costumbre cada vez que tenía que darnos una orden dijo que esa no era una reunión cualquiera de las que por hermandad se organizaban en el taller.

Miró al piso buscando lejos de ahí las palabras que necesitaba y finalmente encontró para decir que Don Monsalvo, así dijo, Don Monsalvo, como si fuera su patrón y no su padre, pronto iba a retirarse de la firma.

Esta es una noticia triste y feliz a la vez, subrayó ante la mirada poco asombrada de todos quienes ya dábamos por jubilado al capo y temblábamos por las consecuencias del accionar de sus descendientes, pobres tipos sin ideas propias. Triste para todos los que tanto aprendimos a quererlo en años de trabajo duro y fructífero para todos, quiso apoyarse en la mirada del Inca, que carraspeó inmutable y solamente se estrelló contra la cara imberbe del pibe Garamendy, que largó una carcajada rápidamente caída en el silencio general.

Feliz porque es la culminación de una vida brillante para este hombre que supo hacerse desde abajo hasta llegar a ser quien hoy es.

cuchillo

En ese punto el hijo mayor rompió en aplausos desde la cabecera y todos lo acompañamos para ahogar otra risotada de Garamendy. Al mismo tiempo supe, no me pregunte cómo, que alguna desgracia se venía. Debe ser que después de trabajar cuarenta años con alguien, uno termina conociendo muchas más cosas de las que cree.

Sentado justo enfrente del patrón, porque como siempre soy de llegar temprano termino en el lugar más incómodo, lejos de los muchachos con los que por lo menos me divierto con las boludeces que dicen, vi al viejo Monsalvo, grande como un oso, callado como cura viejo, erguirse en la otra punta de los tablones enmantelados con papel grisáceo. Ni bien empezó a golpear un vaso con el cuchillo para dirigir la palabra, sentí en el estómago la confirmación de que la noche no iba a terminar bien.

Aquel Pater Familia empezó su discurso con una historia rociada de mentiras piadosas, exageraciones moderadas y ligeros toques de melancolía al mencionar apellidos de compañeros que la vida cosechó antes de tiempo, según filosofó entre toses, igual a la mufla del fondo del taller, a consecuencia de los diez habanitos diarios mientras iba y venía entre los tornos vigilanteando pequeñas ausencias, en la disolución de corrillos futboleros o con golpes de puño sobre las costillas de los dormidos por la madrugada.

Muchos piensan cosas que no dicen ni dirán en voz alta y en mi presencia, lo sé. Piensan que me llené de plata y eso es cierto. Piensan que perseguí a los que me caían mal. Y eso también es verdad. Piensan que combatí a los atorrantes, a los remolones, que me serví de los alcahuetes para saber algunas agachadas. Es correcto. Cada tanto no se escuchaba bien lo que decía por ese carraspeo tabacoso.

Llegada una altura de la vida uno tiene que hacerse cargo de todo lo hecho y no arrepentirse, volvió a su perorata con firmeza. Cometí muchos errores que pagué caros, no vayan a creer que no lo sé. Pido disculpas, pero no perdón. Que perdone el Señor cuando le toque, volvió a toser y arrancó a llorisquear como un mocoso al que cada vez se le entendía menos y nosotros cada vez más callados desde adentro como cuando se mira caer un cuerpo desde el cielo.

Mis dos hijos no sirven demasiado para tomar el timón, pero lo harán igual por esa ambición que caracteriza a nuestra sangre. Antes de irme he decido dejar algunas disposiciones firmes para que puedan subirse a los botes antes del naufragio que sobrevendrá tarde o temprano.

Los sueldos de los empleados, comenzó a balbucear mientras golpeaba la mesa con el cuchillo cabo de hueso traído de Autralia en un intento por acallar el griterío de Felipe y su hermano que discutían a garganta suelta primero y a puñetazos después, mientras la vieja les arrojaba una palangana llena de agua jabonosa que había traído de la casa sin que nadie lo notara durante la comida.

Entonces fue que se cortó la luz como si cayera el telón.

El entierro de Don Monsalvo se realizó dos días después en un cementerio privado. Ninguno de los hijos apareció por el velorio. Un abogado y un contador con caras de perros mellizos manejaron el negocio hasta que se cumplieron los compromisos con la Siam. Antes de vender todo nos liquidaron lo pendiente de acuerdo a la ley, ni un peso más. Eso sí, nadie se animó a preguntar, por miedo a no recibir la paga pienso yo, quién fue el que bajó la palanca aquella noche y cómo fue a parar a la garganta del viejo tornero la hoja del cuchillito australiano.