Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Un día, el viejo no habló más. Sentado en la silla de paja donde lo dejaba la hija en la puerta de calle antes de irse a trabajar y desde donde lo llevaba para adentro al mediodía la chica que venía a reemplazar a la mujer en su ausencia hasta las cinco de la tarde, Don Gino, jubilado de la Marina Mercante, decidió no abrir más la boca. Desde entonces, el hombre se negó a expresar sonoramente esa inútil disconformidad con la vida en general y con el país en particular que lo perseguía como una luz permanente desde muy pequeño y lo hacía renegar sin descanso. Daba la impresión de haberse dado cuenta, como quien despierta de un largo sueño, de la insoportable crueldad y mal gusto que conllevan estar vivo con los ojos abiertos durante semejante cantidad de años, sin descanso. Y entonces, con la soberbia ciega de los derrotados, dijo basta, hasta acá llegamos, no hay nada más que valga la pena decir, sigan felices, basta para mí.

No necesito que me cuenten, tan luego a mí, dónde vivían los Miranda. Uno dice toda la vida porque cuando es chico el barrio es un lugar eterno y ancho como el cielo. En esa época todo el mundo se quedaba en la casa cuando volvía de trabajar, la gente ni soñaba como ahora en irse a Europa aprovechando las ofertas por internet.
Cómo no me voy a acordar de esa casa vieja con dos ventanas coloniales y la puerta de madera, alta y seria en su abandono como la de las iglesias, en cuyo escalón de mármol blanco bien gastadito siempre estaba sentado uno de los Miranda, padre e hijo, tan parecidos que había que mirarlos bien para saber si se trataba de Don Mariano o Marianito. Para peor, el pelado era el hijo que, además, tenía más arrugas que el padre, un señor mayor con espesa cabellera y muy pocas canas y ese aspecto juvenil de algunos ancianos que cuando se mantienen delgados son capaces de confundir al más avezado observador de los que abundan sin hacer nada.
El tercer Miranda era la hermana menor de Marianito, Lorenza, una mujer robusta y bajita de rodete canoso que andaba siempre con la bolsa de red apretada bajo el brazo inutilizado por la polio recorriendo verdulerías y despensas, revolviendo mercadería de descarte con paciencia mormona hasta llevarse todo lo que podía cargar por unos pocos pesos regateados.
Los Miranda, cómo no me voy a acordar.
Nunca se los veía a los tres juntos fuera de la casa. Los hombres, cambiando la guardia del asiento en el escalón desde las tres de la tarde hasta la hora de la cena, como con miedo de que se enfríe el asiento. Los dos uniformados en camiseta sin mangas en verano, piyama de frisa en invierno, parados bajo el alero mínimo, cruzados de brazos, si llovía poco. La mujercita siempre adentro, como en la sala de máquinas de aquella nave habitada por tres solitarios bien organizados. A la mañana no se movían ni los gatos en aquel caserón donde ningún vecino había podido cruzar la cancel jamás, llegué a contar cinco felinos merodeando sus tapiales.
Las ventanas se empezaban a abrir a partir de las once cuando recién se oía la radio eléctrica a buen volumen, clavada todo el día en el 630 de Rivadavia. Aquellos personajes parecían fabricados para mirar el mundo desde la proa, como decía mi viejo, que alguna vez soltó en el almuerzo familiar, donde hablábamos todos a la vez, que Los Miranda eran miembros de la Marina Mercante donde por cada mes en altamar se descansan tres hasta el próximo viaje.
Como el viejo tenía la manía de hablar con la boca llena y era difícil saber cuándo no estaba jodiendo, no supe cómo entenderlo aquella vez. Hasta la tarde en que al salir para la fábrica, me gustaba acompañarlo unas cuadras rumbo al bajo, nos quedamos mirando a uno de ellos sentado en el pedestal plebeyo, la mano en la pera, la vista extasiada hacia el sur con esa calma de la gente convencida de la simplicidad del mundo a fuerza de rascarse todo el día.
Ahí terminó de contarme aquel sueño de la cuadra del barrio navegando Paraná al norte, los dos Miranda oteando en la proa, la mujer en la sala de máquinas, en la cocina, silenciosa y ahorrativa y después todos nosotros, habitantes de las otras puertas y tripulantes oscuros: Vittorio el zapatero, Ramón el de la pescadería con su delantal impecable, los hermanos Sebastiani del taller de la Siam, nosotros, cansados de llegar a fin de mes gracias a la vieja.
Cosas de la vida, en aquella época, hay una edad para todo, no se me ocurrió preguntar por qué siempre había un Miranda en la cola de los jubilados del banco Nación, silencioso y paciente, siempre mediador entre quienes cada tanto proponían publicar una carta de queja en el diario por la espera impiadosa. Sería tan fácil encontrar testigos si no hubiera pasado tanto tiempo. Cosas de la vida, mi amigo, venir a preguntarme si yo conocía la existencia de esta denuncia, a traerme este expediente lleno de tierra, grueso de hojas dormidas.
Todo habría comenzado el día en que Don Mariano Miranda, jubilado a los 60 vaya a saber cómo, invicto de laburo, pescó una neumonía y estuvo a punto de perder el cobro mensual en el Banco Provincia. La astucia de Lorenza armó la estrategia precisa, sencilla como los mejores engaños: sustituir padre por hijo con los retoques necesarios.
Nadie reparó en la peluca ni en el maquillaje que rejuvenecieron irónicamente a Marianito, porque a los viejos y a los enfermos nunca se los mira a los ojos. Desde esa vez se sospecha –pueden ser habladurías- que el hijo suplantó a su padre con puntual frecuencia, al principio por la prolongada convalecencia y después por comodidad o aburrimiento de Don Mariano.
Al hijo le fue gustando cada vez más el olorcito a plata ajena, superando el sentimiento de culpa de las primeras veces por quedarse con la mejor parte del sobre, que encima su legítimo dueño recibía cerrado y ni siquiera abría para verificar la suma que le entregaba su homónimo, sentado en el famoso escalón de las miradas perdidas.
Marianito también cumplió la edad jubilatoria y llegó por fin la confirmación de su propio estipendio, aunque nunca se los vio desde entonces juntos a padre e hijo haciendo la cola para cobrar. El hijo tramitó un poder para cobrar, ahora impecablemente legal, en nombre del progenitor y todos pudieron hablar maravillas de aquella familia siempre reunida por los ricos platos de Lorenza.
El doctor Benardi extendió certificados de supervivencia cuando lo requirieron, no fuera cosa que la muerte del viejo disminuyera los ingresos. Era sabida su relación amorosa del abogado con Lorenza, clandestina porque el facultativo era casado, y famosa por los gloriosos alaridos de apareamiento que emitían ambos en las habitaciones del Hotel Belgrano, aunque eso es otra historia.
Cuando el minucioso contador Husaressi fue designado auditor de la Caja de Jubilaciones, una desaburrida tarde de invierno se puso a revisar la edad de los jubilados con el único motivo de saber cuántos años lograba disfrutar aquel ejército de señoras y señores, en promedio, después del trámite que los liberaba de empleo fijo hasta la muerte. Su asombro fue mayor cuando descubrió al centenario Don Mariano en el listado, al parecer rozagante a la hora de cobrar la mínima y decidió investigar.
Aquí comienza la mejor parte de la historia que ni la Suprema Corte podrá dilucidar. El contador Husaressi falleció misteriosamente veinticuatro horas después de su primer visita, en su auto, a los Miranda. Algunos afirman que llegó a cenar con ellos y después cayó redondo por efecto del veneno para ratas de barcos cisterna que los Miranda manejaban como expertos. Sin embargo, la autopsia del doctor Benardi no confirmó aquella sospecha que corrió como mecha encendida.
Hace un tiempo, hay que decirlo, circula otra leyenda. Marianito habría muerto a los 61 y fue el padre en realidad quien reemplazó al hijo en la cola del Provincia para cobrar la jubilación del hijo muerto, camuflado por Lorenza, por muchos años.
