Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Especial para ir al cine, decía ella melancólicamente mirando el patio borroneado en gris por el vidrio de la puerta de la cocina, cuando eran las once de la mañana y hacía rato el vapor de la cacerola perfumaba el ambiente con salsa de tomate. Aquel niño sentía que estábamos a salvo como los enanitos en sus casas llenas de ventanas. Porque en esos días yo creía, con esa fe única de los diez años, que a la gente buena y bajita no le ocurrirían cosas terribles. Especialmente nada irreversible. Temprana carne de diván se insinuaba en ese pequeño cuando en los cuentos, y en la vida, ocurría lo contrario. Organizado el programa para el sábado a la tarde, ese era el día en que debía llover, había que bañarse rápido, lustrar los zapatos cuidadosamente, estar listo para salir con tiempo, hacer caso sin chistar para cruzar las calles. Por la bajadita con olor a cuero hacia las butacas sobadas, la lluvia impregnada en las espaldas con sobretodos, la colonia lavanda de madres y abuelas que tardé tanto en descubrir que no era parte de sus pieles, íbamos acomodándonos de a poco en el silencio creciente frente a la pantalla. Y afuera el aguacero, cuidando la paz de mentira.

Mi madre le echaba la culpa de todo a la lluvia. En realidad de las cosas malas: las desgracias, grandes o chicas, las peleas familiares sin conciliación por años, las decisiones equivocadas. Ella era fanática de la Academia de Avellaneda y el viejo y yo de San Lorenzo, y hasta las derrotas de Racing terminaban siendo responsabilidad de algún chaparrón, llovizna, temporal con agua y viento, chubasco helado, cualquier mínima traza de agua caída del cielo por efecto de esas putas nubes negras, según su manera de expresarse.
A las cosas buenas las pasaba por alto con displicencia escudándose en una sonrisa breve, no irónica, que quede claro. Todos los éxitos, personales o familiares, los adjudicaba a días soleados, a lo sumo parcialmente nublados con baja probabilidad de precipitaciones aisladas. Jamás al esfuerzo de nadie, se entiende. Y remarcaba las palabras colocando los labios como los que ganadores de partidas a puro talento, ese regalo del destino. Para ella la mala suerte era excusa de cagones, y me lo repetía desde
el Jardín de Infantes: Julieta, la señorita tiene razón, tu trabajo es un desastre. Julieta, la maestra de quinto te desaprobó porque siempre estás desatenta. Julieta, el profesor de Química te aplazó porque no sabías nada. Julieta, basta de pretextos. Convencida de que me convertiría en un culo con cara, de esos que abren puertas, consiguen maridos, facilitan la existencia, dejó rápidamente de preocuparse por mí.
Su invariable obsesión era el castigo pluvial, algo que la superaba, ese dedo húmedo e implacable de Dios señalándola sin descanso. Claro que si se cree que mamá era una mujer dogmática, incapaz de observar la realidad con ojos críticos, se comete un error. Relataba los hechos con destreza de cuentista oral, racional para hilar las ideas, objetiva al considerar los factores, principales y secundarios, que influyen en los hechos. El perfil psicológico de los protagonistas era descripto con ese tono neutral de los analistas capaces de explicar por qué Hitler masacraba millones de inocentes debido a maltratos y humillaciones infantiles. Pero al final, cuando todo parecía estar claro y bien expuesto, la vieja extraía la última carta frente al auditorio expectante: la lluvia, esa peste descargando su ira para cambiar la Historia o confirmarla. La batalla de Waterloo debió suceder un día lluvioso, igual que Trafalgar o Cancha Rayada. Seguro que cayó un diluvio sobre las tropas de Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma. Millones de gotas fueron la causa de la derrota del Tercer Reich y no el crudísimo invierno ruso. De nada servían retruécanos audaces de lectores informados que la desmintieran: ya se sabe quiénes escriben esos libros, decía con calma vengativa, sirvientes de tramas secretas, alcahuetes diplomados, amantes de la lluvia mugrienta.
Un ejemplo valdrá más que mil explicaciones. Tal vez el más recurrente de su anecdotario en cumpleaños y casorios. Fue el día que abuela Enriqueta se rompió la cadera en el patio, al fondo de la casa en la que vivíamos. Aquella mujerota inmensa patinó varios metros por pisar las uvas de la parra desparramadas sobre el mosaico rojo antes de caer, tremenda tanta mala suerte, sobre el macetón de los malvones y hacerse pedazos la cabeza del fémur. ¡Cómo puteaba en italiano la elefantiásica madre de mi madre, desparramado su cuerpazo herido entre hojas, flores y tierra negra, al inútil de su marido, abuelo Esteban, haragán e incapaz de barrer el patio en vez de dormir la siesta! Obviamente, mi progenitora eclipsaba aquella responsabilidad tácita de su padre, efectivamente un holgazán, borracho además, pero subrayaba como principal causa de tantos meses de yeso y postración que siguieron, a la sucia llovizna que enjabonó la pista de abuela Enriqueta.
Así podría contar miles de situaciones similares, muchas referidas a mi persona, arrancando por el famoso 10 de septiembre cuando nací de culo, como no podía ser de otra manera, decía mirándome las ancas con desprecio envidioso. La partera, una puta fanática de la lluvia según su idea fija, fue la responsable de sus terribles dolores en mi parto. Encima la dejaron internada una semana escuchando por radio aquella histórica inundación del Paraná que casi llega a la plaza Italia. Todo ese martirio para semejante zopenca, reía y hacía reír a mis hermanas, tíos y tías alrededor de las mesas navideñas, frotándome las nalgas mientras los degenerados asentían a carcajadas.
Cuento todo esto porque heredé su maliciosa locuacidad, debe ser por eso que trabajo desde hace años como telefonista en Aceros Peretti. El puesto exacto: hablar al pedo y echar culo en una silla ocho horas, fue su comentario el primer día, un lunes de lluvia torrencial.
Todavía sufro pesadillas en las que regreso, una y otra vez, a esa tarde en que el viento se desata como si le hubieran cortado las cadenas y el agua cae a baldazos, copiosa, imparable, desbordando las canaletas de la cocina que el inútil de mi cuñado aseguró haber arreglado, inútil y curda por herencia familiar. Allí me encuentro al borde de la muerte, el revolver listo y cargado sobre la mesa, la decisión convenientemente sopesada. Miro por la ventana y las putas nubes negras avanzan para provocar a mi madre que llegará enseguida, empapada, desde el patio, a enterarse de mi embarazo con semejante pelotudo, cómo puede ser querida, ya me parecía que este tiempo no traía nada bueno. Entonces el agua se mete de golpe por arriba, por abajo, como un grito largo de hartazgo que empuja la mesa, las sillas, avanza hacia el interior de la casa desde el patio donde la veo caer fatalmente antes de llegar a la puerta. Cierro los ojos y empiezo a llorar, feliz, lluvia también.
