La vida es realista

Carlos Riedel10 junio, 2017

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

El trompo azul

Cátulo Castillo

Mas la tierra girando alucinada,

como un trompo gigante de la nada,

nos traicionó, llevándose al confín,

la esquina y el jazmín,

la luna y su mirada.

Mi soledad

manchada de verdín,

regresa sin edad

a la ciudad

de barro y adoquín

Arrastrando las zapatillas Pampero compradas en oferta en el Supermercado del calzado, el hombrecito de guardapolvo azul horrible dio vueltas, esperó que lo invitara a la mesa, se instaló en el incómodo asiento donde apenas podía acomodar el trasero completo y empezó a hablar. Y al hablar ya no estaba en ese lugar buscando la hora de salida, no. Era una confesión de quien le que queda poco tiempo, necesita que lo escuchen no importa cómo. La voz de segunda selección se formaba en las anécdotas en blanco y negro, firme y pausada. Semejante garganta producía el sonido que se tiene cuando se está ciegamente seguro de que habrá futuro y en ese futuro podremos ser lo que debemos ser, o para lo que hemos nacido. Impregnado de olor a animales mojados, cazador en la selva, descansó su hastío cerca del fuego con tragos de mi vino. Dibujó espacios extraños, nombres en inglés, nostálgica sonrisa, especialmente cuando una mujer cruzó por esos recuerdos.

Aquella tarde de comienzos del otoño que empezaba a oscurecer, la mesa de chapa y las dos sillas estaban en el medio del patio de baldosas del edificio viejísimo. Con sentencia de demolición a la brevedad, habría sido un convento, un hospital, la casa de algún terrateniente de la época de Roca. Vaya a saber. En definitiva un estorbo para el avance de la furia de construcciones a estrenar que día a día arrasa la historia de cualquier lugar, porque este tiempo inaugural supone un Génesis de espantosos diseños verticales. Una reja artística apenas si abrazaba ese refugio en medio de terrenos baldíos recién vaciados de escombros. En realidad, eran dos mesas y una silla más perdidas en el espacio, bajo un cielo plomizo, impedimento para gente instantánea que desea vivir en el centro a toda costa, aunque haya lugar de sobra para poblarse sin destrucción de ayeres.

El hombre de guardapolvo azul miró el trapo del cielo, imaginó nubes de juguete, apiló palabras seguras y altaneras, descripciones plenas de detalles. Enfrente, la indiferencia pétrea de un oso con traje, echado a orillas de una milanesa, mirándolo como una piel hecha trofeo para su intrepidez colección Robin Hood. En una pausa mangó un cigarro al mozo que llegó, levantó la botella de tinto y se fue, harto de esperar que alguno de los dos le pidiera algo más. Aquel personaje de baja estatura peinado hacia atrás, pitó el mangado rubio sin filtro y se remontó con el humo hacia las alturas, volvió a regular con entrecerrados ojos negros, los altímetros de agujas temblorosas, escuchó nuevamente los motores del avión, una cabeza de indio pintada en el centro del fuselaje tela y alambre. La altitud alcanzó números tan altos como la ansiedad de sus palabras.  Ya no sintió los pies dentro de las zapatillas ni vio las baldosas rojas y amarillas de lo que ahora era el improvisado patio de una escuela sin presupuesto. Contó con la maestría de quien le cuenta a un chico una historia maravillosa de boas y cielos rojos alrededor del fuego, tan lejos de casa.

En la otra estaba sentado yo. Profesor de Geografía, aburrido de alumnos, burocracia, dirigentes, programas en los que jamás creí, bastante lejos para oír con claridad la conversación, seguí el monólogo más por los modos del hombre que tenía enfrente, al que enseguida bauticé “aviador“, que por las palabras precisas. El sabor aceitoso de la milanga que fritaba el turco en su buffet de cuarta, hacía juego con los aromas que el tipo me describió durante casi toda mi hora libre. Era rehén de su relato aunque por dentro ya le daba la espalda. El tramo final de sus peripecias aéreas me pasó por encima, apoyado en la mesa, a punto de derrumbarme en la borrachera del sueño. Sin embargo el orador no se detuvo ni movió el cuerpo dentro del guardapolvo un milímetro en todo el tiempo que duró la escena.

Aquella voz de mujer rompió la historia, piedra contra el vidrio, pasos que huyen por el eco de una corrida. Llamó al hombre de guardapolvo azul con el tono de su dueña. Dale Gutiérrez, dejá de hablar al pedo y vení a terminar de lavar los baños, barrer los salones que ya están por salir al recreo, embolsar las hojas, no puede ser que siempre estés perdiendo el tiempo, Ruperto. Si te pesca el director, vas a la calle, pajarón.

Me levanté sacudido de vergüenza ajena. El aviador levantó una mano sin cigarrillo, pitó una vez más, espantó el llamado. Miró al profe de matemáticas que llegaba con su embole a cuestas de saco de solapas anchas y botones dorados. Esperó que se sentara, pidiese un especial de salame y queso, y empezó a rondar la mesa aguardando la piadosa invitación para acercarse, las manos en la espalda, el guardapolvo azul con todos los botones prendidos, la panza redondita de  embarazada, la cabeza erguida, los bigotes canosos y esa cara imposible de  diferenciar en el montón que caminaba por la calle, rapidito hacia sus casas antes de que hiciera más frío. El docente lo invitó por fin, con un movimiento de mano suspendida en el aire como si despidiera a alguien a lo lejos. El aviador, acomodado otra vez en la cabina de su máquina fiel,  recomenzó el relato entre hojas que volaban y los pibes sueltos en el recreo largo que iban quedando chiquitos en el gris de la tarde, lejos, allá abajo

Me fui caminando con mi desengaño. Los dos protagonistas enfrentados en el pequeño círculo de la mesa, uno mordisqueando el sánguche, el otro inmóvil en las alturas, quedaron al borde de la mujer de la voz imperiosa y peinado con spray que barría el patio resignada. Me saludó con un rezongo.

La vida es realista, una lástima darse cuenta tan tarde.