Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud....
Cada vez que ponía los pies en la palangana con el agua a la temperatura justa, Fernández sentía la necesidad de esa mujer.
La palangana enlozada, la fragancia de los aromas disueltos por Doña Inés mientras cantaba un fado de Amalia Rodrígues, vaya a saber cuál era el detonante del deseo, porque Fernandez había intentado mil veces sin éxito conseguir esa pasional llamarada cuando lo hacía en su casa, sin más resultado que los pies chorreando sobre las baldosas un rato más tarde.
Los rituales no son para todos, se repetía este hombre al que nadie reconocería entre los que pasan por las veredas acelerados hacia su muerte. Conclusión, cerrar los ojos acomodándose en cualquier silla y concentrarse en los pasos, remontar el deseo hacia el origen, aquella vez que la tuvo en brazos por primera vez, recién nacida. La foto estaba con las demás sobre el mueble de Doña Inés, cae en la cuenta ese hombre con un parecido lejano a este Fernández mirándose dentro del ensueño en el rectángulo blanco y negro.
Es que Fernández ha empezado a odiar a su propio doble fotográfico, como a un traidor. Como si no fuera él mismo a los cuarenta y pico, burlándose con sonrisa indescifrable de los achaques actuales, casi setenta, principalmente en los pies.
Mentiras, dice el presente demasiado lleno de colores al pasado rebosante de juventud. Siempre me dolieron los pies porque la yugué como peón de albañil desde muy pibe. Por eso iba a la casa de Doña Inés una vez por semana a hacerse atender. Los años no cuentan en este asunto. Si el deseo por la mujer cuando mete los pies en la palangana es idéntico, atraviesa el tiempo.
Y ahí se queda, hecho figura de cera, este Fernandez setentón, dándole vida al otro que sigue mozalbete y no falta nunca a las citas con Doña Inés los miércoles a la tarde, a las cinco y media en punto, tanto que al salir de la sesión ya no necesitaba sacar turno para la semana próxima porque Juana, la recepcionista de guardapolvo azul sentada en el escritorito frente al pasillo de la cancel, ya lo había anotado con su letra perfecta.
Era siempre de la misma manera, sin que Fernández ni siquiera tuviera ganas de pensarlo: prepararse para salir, frente al espejo del ropero repasando el pañuelo salido lo preciso del bolsillo del saco de solapas anchas, el toque de perfume en el cuello, el roce de los dedos por el ala del sombrero para conseguir la inclinación perfecta, la llegada de a pie a la vieja esquina, la entrada a la habitación altísima con perfume a alcanfor.
Desde que lo recuerda, Fernández joven o Fernández en la puerta de la vejez, ve la sonrisa mal pintada con rouge de Doña Inés, su figura gruesa siempre vestida de seda recibiéndolo cariñosamente y siente un ramalazo de frío en la espalda.
Todo eso, como quedó dicho, sin que se le hubiera ocurrido imaginarlo, era la preparación indispensable para el encuentro con el deseo de la muchacha de las fotos que Fernández, y también Doña Inés, como es obvio, sabían que se producía desde que Fernández sumergía los pies en el agua perfecta de la palangana.
Ella, antes de comenzar con los masajes, las cremas y las tijeras, cantaba muy bajito el fado de la Rodrígues con la misma voz portuguesa y le acercaba las retratos de su hija desde el pequeño trinchante, único mueble en semejante espacio con ventanas a la calle.
Fernández las apoyada sobre los muslos como si fuese la mujer en persona quien sonreía y las miraba de a una, saboreando el caramelo interminable de lo prohibido como si se apagaran las luces en el cine.

La voz de Doña Inés, música del encantador, susurro jugoso, era vientito sobre el río de amor por el que Fernández se lanzaba a viajar comiéndose a la hija de la doña con los ojos, viéndola cercer desde que él mismo la tenía a upa hasta una tarde en Mendoza antes de subir al Cristo, otra en Río, de biquini negra saliendo del mar tibio al atardecer, la siguiente, su preferida, brindando con la cámara que la retrató, atrás el Arco de Triunfo color pastel.
Fernández la mira como quien abre una puerta de par en par para que entre lo que más necesita, ve cómo guiña un ojo antes de beber, y se llena de esperanzas por más que sepa tan bien que las mujeres son lo que son no lo que imaginamos.
Claro que no importaba lo que Doña Inés dijera con esa voz sobre la perfecta felicidad de su hija casada con un marido ideal que no le hacía faltar nada y con el que se la pasaba viajando por todos lados, el hombre era gerente de la Phillip y en cualquier momento, seguro, llegaba la noticia del embarazo.
Qué podía importarle a Fernández de cualquier edad tanta perfecta falsedad color torta de chocolate sobre la vida perfecta de la muchacha si se notaba a la legua. El primero que debe creer la mentira es el que la cuenta, se dijo Fernández desde el primer día.
Y como la verdad luce poco, lo que pasó fue breve y claro.
Un Fernández intermedio, digamos de cuarenta y pico, calculó el golpe para no errar. Cuando vio la desesperación de Doña Inés filtrándose por la pared donde proyectaba las fabulaciones de su hija y el marido ideal, sacó la carta de su propia deseperanza.
A la mujer le hacía falta plata, las deudas eran muchas, la gente golpeaba con martillos las puertas de los bancos, la relidad hacía ruido por todas partes y caería sobre ella aplastándola.
Entonces el hombre hizo la oferta: los dólares ahorrados, prácticamente el valor de un mono ambiente en Palermo. Desde luego Doña Inés fue mutando desde una tibia negativa hasta el sentido común de la plata, que sabemos es demoledor.
A los quince días la muchacha que le erizaba la piel en cuanto sus pies tocaban el agua de ese mar en miniatura dentro de la palangana, ya despojada de su marido Philips y de sus viajes fastuosos atravesó la puerta de su casita en el Barrio Obrero, sonriente y dispuesta a vivir con él. Y ahí la escucha, en la otra habitación, mientras le gana la apuesta al Fernández joven que nunca deja la inmovilidad con la nena en brazos.
Eso si, desde entonces las sesiones de los miércoles no fueron lo mismo, quien puede dudarlo.
