La Navidad trae suerte

Carlos Riedel17 diciembre, 2017

Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud ... Cuando al gordo Gargallo, que andaba sin laburo hacía meses, le dijeron que los del supermercado Mayo andaban buscando un Papá Noel para repartir regalitos falsos en la puerta del local del centro, agarró viaje enseguida. Después de todo, disfrazado y con barba de algodón evitaría las cargadas, se divertiría un rato con los pibes, y al fin se encontraría  con algunos pesos. La idea que por mucho tiempo le sirvió para levantar su autoestima se le ocurrió el 22 de diciembre a las tres de la tarde, con treinta y ocho grados a la sombra, bajo un cielo más blanco que celeste, cuando un señor mayor embobado por la alegría de su nieto frente al gordo Gargallo vestido de rojo y blanco, se agacho  dándole la espalda, desprevenidamente, dejando sobresalir de su bolsillo trasero del pantalón, la  billetera gruesa de tarjetas y bastantes billetes. Apenas una leve inclinación del disfrazado, sin dejar de reír exageradamente a la manera del personaje panzón, le sirvió a nuestro amigo conseguir la primer conquista de las veinte que pudo cosechar de manera  similar hasta el mismísimo 24 hasta las tres de la tarde, después de aquel día. Es cierto que las víctimas,  hombres y también algunas mujeres, ya que Gargallo se animó enseguida con las carteras de las damas a las que abrió con maestría de punga, volvían al rato a merodear el lugar por donde habían caminado con sus chicos, mirando el suelo o desconfiando de los matones que vigilaban la  entrada del super. Pero nadie, hay que reconocerlo, dudó ni un segundo del pobre Papá Noel, sudoroso y cada vez más alegre, que hacía sonar su campanita pedorra con entusiasmo creciente. Eso sí, nobleza obliga, cuando el gerente del mercado le quiso pagar por sus servicios, el Gordo, ya sin disfraz, rechazó los trescientos pesos con altanería de cantante de ópera.

canitas-voladoras

Cada Nochebuena José busca un momento de soledad al costado de las risas exageradas del mundo entero, sumergido en la mezcla de tanta bebida empinada con venganza y hartazgo a la que llaman felicidad, que observa con el rabillo de su rabia y esa maldita vigilia de lucidez a cualquier hora de la vida.

Todos los 24 de diciembre a esa hora en que llega la piel de Navidad, José encuentra cerca del tapial del fondo, pegado al gallinero abandonado, el espacio y el tiempo para colocar en el piso, a oscuras nomás, la botella de sidra vacía. Lo alumbran reflejos colorinche de los fuegos de todo tipo que cruzan el cielo después de las doce, cuando los boludos consabidos hacen cuenta regresiva y brindan con quienes desprecian. En ese instante, al calor de los ladrillos sin revoque, saca la cañita voladora que trajo escondida bajo la remera para no alertar a los pibes. La mete por el cuello de la botella hasta tocar el fondo con la maderita larga y torcida. Doblado en cuclillas, José se queda pensando un rato en su mala suerte.

Esa es la mejor parte de su ceremonia privada.

Cara a cara su bronca convencida con el silencio de Dios o lo que fuere que continúa empeñado en cagarle los días. Si, José percibe lenta pero inexorablemente, como le gusta repetirse a sí mismo desde que lo leyó en algún libro, saboreando la longitud de la segunda palabra con placer masoquista, que un chorro de caca caliente gotea sobre su existencia y se ríe cuando porque no aguanta más, se ríe para seguir aguantando.

Entonces, antes de prender la mecha con la brasa del pucho que le cuelga de la boca y no le deja abrir bien los ojos, echa una puteada gruesa al aire, un grito primario para hacerle saber a Quién sea su desprecio. En un solo ademán corto enciende el petardo silencioso, siente vibrar la verde vaina de vidrio, se eleva junto al brinco de la cañita que agujerea el cielo negro en su escalada, dibuja su maldición con la letra que tiene desde los pizarrones de la primaria.

José siente que esa estela que huye echa claridad sobre su oído como una mano solidaria alivia la soledad de un enfermo. Siente que ese disparo anual hacia la nada y en soledad es un grito desesperado lleno de Justicia en busca de una esperanza perdida.

El albañil de cincuenta años, hombros fuertes y camiseta blanca, pantalón oscuro, alpargatas, no puede dejar de mirar con curiosidad esa parábola que justo hoy, cosas de la naturaleza, describe el fósforo gigante en sentido inverso a todos los años. Repasa cada uno de los motivos que fueron borrando su sonrisa de antaño al despertar allá en Corrientes, cerca del río, donde se crió entre padre y tíos pescadores, cuando pensaba que la felicidad en serio estaba por venir.

Bajo la breve luz que deshace en un santiamén su fantasía de paraguas multicolor aquel hombre solo en el fondo del patio ha atisbado como en un tren fantasma descontrolado los rostros de su nietos sin padre viviendo en la casa para siempre, el perfil de Juancho, preso por chorro, las manos en la cara de Martita, la menor que se ha ido hace ya dos años y no saben nada, y la risa provocadora, infiel, de Gimena, su mujer joven, que le duele como un brazo amputado.

Cuando el sol le pica en la cara, cosa inusual porque siempre es  el primero en levantarse, José cree que sueña, se refriega la cara con las manos ásperas. Atrás de las ventanas escucha el bochinche, algunas risas, algunos llantos contenidos como de vergüenza. Se incorpora despacio en su piecita, donde duerme solo desde que Gimena lo echó por los ronquidos según dijo, aunque sabe bien que lo hizo porque visita otra cama donde florece, junagranputa. Mira por entre las maderitas de la persiana: ahí están los pibitos desnudos y contentos por el alboroto alrededor del policía de la local que no para de reírse medio pudoroso con la gorra en la mano.

Gimena llora junto al cana, el oficial Ibáñez, siempre con cara de orto y dispuesto a sacudir palos porque es el único idioma que entienden los negros de mierda. Gimena llora, transpirada y en camisón, los pezones marcados, las patas sucias de tierra. Cada tanto se suena con un repasador.

Jose se pone los pantalones, pasa las manos para emprolijar el pelo y sale de la casa. Escucha al de la yuta repetir sin emoción la historia del momento: anoche cayó una cañita voladora, vaya a saber, por la ventana de la prefabricada del dueño de la fábrica de ladrillos, con tan mala fortuna que el hombre que dormía solo no ha podido salir.

El albañil sigue las palabras sin sacarle los ojos de encima a la Gimena que llora y llora y no lo mira. Confirma por aquellos ojos achinados que lo vuelven loco, que era cierto nomás, que Gimena se encamaba con el tipo, que lo cagaba sin remordimientos y que todo el barrio conocía hasta los detalles más escabrosos. Ibáñez sube a la camioneta de la policía, los vidrios llenos de tierra, y se pierde muy despacio, hacia la calle principal. Gimena sigue llorando y se pasa las manos por el cuerpo. José la deja en la calle, entra en la piecita, se echa de nuevo en la catrera y se duerme con una sonrisa. En una de esas, piensa, desde esta Navidad cambie su suerte.