Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
Mambrú se fue a la guerra,
Chiribín, chiribín, chin, chin
Mambrú se fue a la guerra
Y no se cuándo vendrá..
No se cuándo vendrá…

En la penumbra azulada de la madrugada de primavera, primero en asomarse al tapial, entonces cubierto por la enamorada del muro, el sargento Sanchez. No cambiaba jamás la cara de amargado ni al final de cada misión siempre exitosa. Piel verde clara, como gastada, el tipo envuelto en su uniforme, ya pálido de lavarse cruzando ríos infectados de vaya a saber qué alimañas.
El resto del pelotón venía rezagado pero fiel, como siempre en los grupos de las series norteamericanas. Solidarios, atentos a las instrucciones del mandamás, aparecieron sus cabezas encasquetadas, rostros varoniles, más o menos iguales porque la vida no se esforzaba mucho en diseñarles las caras, ojos abiertos por la sorpresa, la tensión y el peligro acechante, boca apretada por el esfuerzo físico y la preocupación.
El mayor York, médico con rasgos de bueno, la cruz roja bien grande marcada en la frente de acero, la mochila más grande que el resto, una camilla plegada sumando peso a su espalda y una especie de cajoncito con botellas prendido del cinturón donde también llevaba cargadores de metralla y una pistola grande que nunca empuñaba, aún a costa de su vida, ya se sabe que el sacrificio es el mejor símbolo de la entrega. Siguiendo la espalda de Sánchez y marcando el rumbo al pelotón, los Morrison, calcados por la fabricación a mansalva: aguerrida figura, brazo derecho extendido al máximo con la granada hecha puño, rodillas dobladas, pantalones arrugados, las pantorrillas bien marcadas en ese segundo previo a lanzar el proyectil si fuera necesario.
Cerrando la fila, humilde, encorvado, llevando la bayoneta como una culpa, la cabeza gacha, el cabo Roncarter. Uno de esos mansos tipos yunque que los turros necesitan como escalones para subir y después quedarse arriba de la estatua en las plazas. Roncarter, cabo toda la vida, viejo ya, pero también leal, el rostro invisible, el cuerpo flaco de los viejos por pérdida de músculos, tanto cruzar bosques, matar alemanes, comer raíces. Roncarter último, ¿qué otra posibilidad?
Le costó poco al pelotón llegar al patio del cedro, rodear el cantero de las violetas, camuflarse por atrás de los malvones preferidos de la vieja, espaldas rozando los ladrillos sin revoque, correr para cubrirse con la sombra del enano de jardín que mi viejo pinta todos los años.
Sánchez sargenteó su orden final con un solitario gesto de mano abierta, los Morrison corrieron sin ruido, el cabo Roncarter, siempre atento, ayudó a levantarse a un rezagado que tropezó con la indiferente caparazón de la tortuga Gregoria. Y de golpe el asalto a la ventana, planificado hasta el último detalle. El grupo comando, uno detrás del otro, se las ingeniaron para levantar la persiana de mi pieza, entrar a los saltos, ocupar la silla donde está mi ropa lista para ir mañana a mi primer día en una fábrica de nombre con sabor amargo.
Dos me toman de los brazos, otros dos de las piernas, antes de poder hablarles. Un Morrison me pide silencio poniéndose su mano sobre la boca, el mayor York me inyecta un sedante y allá vamos. Les cuesta trabajo moverse por el olor a cera y la oscuridad pero, acostumbrados a mil batallas, lo hacen. Una vez llegados a la llanura del piso roble oscuro, abren un poco más la ventana, me llevan patio abajo, ladeamos el enano, el cedro, a Gregoria, nos perdemos por la silueta de la ropa doblemente tendida en el cielo y en el suelo, mi cuerpo dormido, la tropa de los Morrison, el mayor York, el cabo Roncarter, al mando del sargento Sánchez, por el mismo camino por el que llegaron.
Les debo esta felicidad quieta.
Desde entonces soy miembro de la patrulla.
Sánchez me confesó, al rescoldo de unas hojas quemadas en otoño, que se llama así como un guiño por lo de aquel Sanders, el de Combate, una de esas tiras traídas de los EEUU, productos de la misma fábrica de entretenimiento que veíamos en blanco y negro. El sargento habla en castellano portorriqueño de doblaje con que terminamos hablando nosotros también. De andar en su tropa me dí cuenta: su piel escasa de color es en realidad un defecto de fabricación. Los demás integrantes de la patrulla, son de un verde oscuro brillante, impecable.
El mayor York, como todos los médicos de la segunda guerra, se arregla con lo que encuentra para remendar heridas, mutilaciones, consecuencias lógicas de tanto andar por terrenos escabrosos. Habla poco, pero sus actitudes enseñan. Cada tanto empina una de las botellitas del cinturón, pero jamás pregunté qué toma.
Los Morrison, idénticos en el semblante, no llevan en sus rostros lo que siempre creí se trataba de una carcajada ancha, sino que el tiempo y muchas manos les ha tallado miedo disfrazado de alegría.
Del sargento Roncarter solamente puedo decir que es quien más se me parece: acostumbrado a derrotas, a ser el que cierra la fila, a recibir heridas que tardan en cicatrizar, hace unos extraordinarios conejos a las brasas de ramas secas que nunca faltan en el jardín. Toca la armónica y silba lindo.
En resumen, ahí andamos, comando rebelde y perdido, salvando a gente del laburo. Alternamos éxitos y fracasos. No crean que es tan fácil ser soldado de plástico. Al futuro, por su esencia misma, lo desconozco.
