Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
“Seremos como dioses. Donaremos a los hombres milagros estupendos, deliciosas bellezas, divinas mentiras, les regalaremos la convicción de un futuro tan extraordinario, que todas las promesas de los sacerdotes serán pálidas frente a la realidad del prodigio apócrifo. Y entonces, ellos serán felices... ¿Comprenden, imbéciles?”
Roberto Arlt

De dónde pudo haber sacado Paris Texas ese jeep que va a toda velocidad atravesando monte cerrado de verde y eco de monos, reflejos de tucanes tornasolados en el aire que el vehículo lanzado corta como una navaja arrojada con furia.
De dónde Paris Texas, que apenas puede caminar todos los días desde la puerta de su casa hasta la fiambrería que está puerta por medio de la suya a recoger la vianda para el viaje a Lima donde trabaja doce horas de sereno, puede aguantar semejante traqueteo sobre raíces de árboles gigantes que cierran el cielo como una carpa, sin que su cintura se haga pedazos y no pueda levantarse nunca más.
De dónde.
Paris Texas me mira entre el humo del cigarrillo que no pita, sin parar de hablar con voz de agua que fluye entre las piedras, y no deja de mirarme vigilante, no vaya a decaer mi atención en cabeceos esporádicos, típicos de quien da la razón como los locos y ya no cree en lo que oye.
Ahora dice Don Gervasio, y las arrugas resaltan en una sonrisa sobradora. Toma aire, repite Don Gervasio, golpea las manos sobre el volante demasiado grande, demasiado viejo, y se dispone a continuar el relato que, por lo inesperado, me paraliza como el silbido de una víbora mortal.
Yo, iluminada la cara por el círculo del velador sobre la mesa de la cocina para controlar bien las planillas de gastos de la estación de servicio para la que hago changas desde que me jubilé, y él, en la oscuridad del escenario de la cocina, ese sombrero ridículo de alas anchas mojado de lluvia tropical, golpea las manos sobre la mesa, también demasiado grande.
Don Gervasio, dijo Paris Texas cuando le abrí la puerta hace ya no me acuerdo cuánto, y se mandó, igual a tantas otras veces, sin pedir permiso. La botella de vino chardonnay bien apretada en la mano derecha le abrió paso y afuera quedó una cortina de agua descolgada del cielo de acá, no de la selva. Y las botas de goma embarradas de una tierra de pantano, igual que el faldón de la campera gruesa con el logo en inglés US Army, de algún marinero borracho a quien se la ganó jugando póker con cartas muy marcadas mientras le hablaba de una improbable Daisy en Liverpool, de donde decía venir esa réplica británica de París Texas que ahora sirve el blanco frío sacado de la heladera, donde lo dejó un rato diciendo, Don Gervasio, este vino es un beso de la muerte.
Dé dónde sacó esa frase como un diamante este estropajo.
De dónde.
De dónde Paris Texas con esa figura anémica pudo advertir en el silencio neblinoso de musgos chorreantes, que la muerte se anuncia en el oído atento que asiste a los ojos clavados en el peligro, más allá del parabrisas que no alcanza a limpiar la lluvia, que lo ha despertado en carne viva. Pienso que hace un rato estaría medio dormido en la casilla junto a la barrera de ingreso a la terminal donde le dicen “milico de estatua “porque no para a nadie. Sonrío.
Don Gervasio, me alerta para que no pierda detalle, cúbrame, me hace el favor, y me alcanza un revolver igualito al cucharon de aluminio, aboyado y todo, con el que acabo de servir la sobra del mediodía, un poco en cada plato. Baja de la camioneta. Lo veo agazaparse, el máuser calzado en el hombro, el ojo cerrado para enfocar la mira, el dedo tenso en el gatillo que va clavándose en la falange desacostumbrada. Aguardo oír el eco de un disparo acañonado.
Nada.
De dónde
Descansamos uno al lado del otro. Paris Texas vuelve a echar el líquido transparente, amarilloso, raspón, en los vasos de plástico que trajo en el bolso mugriento que acomodó a su lado en la silla de la cocina. Come el guiso en el deleite de quien escucha la música de su vida como fondo de una película norteamericana, donde llega la calma cuando la batalla amengua, es de noche y los protagonistas aprovechan para hablar de mujeres, del pasado, de cuando ambos podamos vencer esta angustia y el tiempo se estire como en la infancia.
Brindamos en el aire ametrallado de lluvia y aprovecho para cortar un salamín con el cuchillo de campo que extraigo de un cinto grueso, idéntico al que sueño tener desde pibe, cuando los dos jugábamos en la vereda. Me lo quedo mirando como cuando se alcanza un sueño y los ojos no dan abasto. Y el pasado va borrando al presente entre la masticación silenciosa, los sorbos sedientos y la resignación que traen los años como un obsequio inesperado. Me estiro en la silla, una calidez soñolienta empieza a subir por las piernas en esa dicha sin culpas.
Paris Texas me despierta con un golpecito suave en el hombro. Tiene su dedo índice sobre los labios y con la cabeza me marca la ventana iluminada, amarillo rojizo de un libro de la colección Robin Hood. Me alcanza el larga vista que se descuelga del cuello con increíble rapidez. Sin los anteojos apenas vislumbro borrosamente una cabaña de troncos en un claro de la foresta. Su gesto indagatorio me indica que desea una confirmación de lo que ha estado escudriñando. Su cara tensa ha perdido la sonrisa perdedora del Paris Texas que bien conozco, ese que todos los días, cuando nos cruzamos mientras barro la vereda, llega en la espantosa camioneta con el tiempo justo para tirarse un rato y volver a salir. Asiento no sé a qué, insiste para que mire. Es inútil, sin anteojos apenas distingo sombras, una forma que pareciera el Bora del gerente del Banco Provincia de Capilla, nuestro vecino, orondo y despreciativo, estacionado bajo plátanos arracimados, blanco de cagadas por pajarracos justicieros sin intención.
Don Gervasio, con esa miopía es la última vez que lo traigo, no me diga que no le alcanzan las changas para la operación, mastica Paris Texas hablando corrido y con la boca cerrada, a lo John Wayne, al tiempo que me arrebata el larga vista devolviéndolo a su cuello. Antes de que alcance a pensar nada, vamos lanzados en el bólido a cielo abierto hacia la cabaña que se agranda a cada segundo, entre el bochinche del motor rugiente y el viento que parece venir del mar pegándole en las caras.
De dónde.
Oímos llorar a Laurita, la del quiosco de Justa Lima, rodeada de sombras que se multiplican por un sol de noche colgado en el bamboleo del viento, sobre tirantes del techo de paja. Por un momento, la indignación colorea nuestros rostros, exhaustos con un deseo de redención que hincha nuestras almas. Esas mismas ahora recuperadas de la adolescencia en un reflejo. La que nos hace jurar que dejaremos la vida en la cruzada. Sabemos bien que puede ser el final, miramos el cielo que atardece, fuego lejano, respiramos hondo, callados. El juego de trazos en blanco y negro nos devuelve a la cuerda de una horca meneándose antes de engullir a la muchacha, delicioso bocado humano.
Bajamos del jeep, Paris Texas adelante. Sus tan distintos ojos me indican que espere, se pierde con su chuequera intacta entre árboles del tamaño de montañas. El silencio salvaje, agujereado de oscuridad, es la respiración del miedo en la soledad.
De dónde.
Termino de juntar los platos, los llevo a la pileta, de pasada enciendo la radio justo en el instante en que el top indica la hora exacta con sus agujazos. Paso un trapo húmedo en el espacio donde comimos, vuelan migas, gotas aisladas. La botella de vino, vacío testigo mudo, observa con crueldad. Paris Texas arroja, con asombrosa puntería, los vasos descartables al recipiente de basura. Ríe ancho desde su silla, bosteza largo.
Se incorpora de golpe, mira el reloj que baila en su muñeca. Bueno, dice, me voy yendo porque mañana arranco a las cuatro. Me adelanto, llave en mano. Cuando llegamos al pasillo le cedo el paso hacia la puerta de calle. Por un segundo apoyo mi mano en su hombro, me quedo mirando la joroba de la espalda. Ya está en la vereda y antes de cruzar la calle, me mira por primera vez en largo rato y dice provocador: ¿estará abierto el quiosco de Laurita a esta hora, Don Gervasio? No me quedan cigarros. Sonrío, respondo como un rayo: seguro que sí, ¿de dónde saca usted que Laurita vaya a cerrar tan temprano? lo acompaño, para que no se pierda. Las carcajadas resuenan sobre el Bora que se aburre cerca del cordón de enfrente.
Y allá vamos, porque un juramento es sagrado y para siempre.
