Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Narciso Bienaventura mira la vida por la ventana de su quiosco hace treinta años, de lunes a lunes, sin franco porque es la única forma que rinda. El hombre es pelado, cara de boxeador, y siempre tiene calor, aún en pleno invierno. Dice que aprendió a conocer a la gente de un vistazo al verla pasar por la vereda de enfrente: bajar del auto como si fueran a asaltar un banco, sonámbulos pedir una caja de chicles, rogar fiado en voz baja de saco y corbata, sacar conversación para olvidar una catástrofe, preguntar si la mujer pasó ese martes a las tres de la tarde… Esto es peor que una escribanía, los pecados capitales se recargan como la SUBE y no necesito leer ninguna novela para saber que todo es mentira, ríe sin varios dientes metido en su cabina tras las rejas, el ventilador al mango girando sin descanso. Cuando llega un cliente corta la conversación y dice la seguimos otro día, como si el que habló hasta ahora fuera su hermano mayor, de vuelta de todo, incapaz de ganar plata, siempre dispuesto para contar historias con finales falsos pero muy probables.

Tal vez
El chico de la Isaura medio abandonada dijo que llegaron en una nube de polvo, a la hora del sol más alto. Eran ellos, quiénes sino, el impala verde descapotado con ínfulas de avioneta aterrizando de emergencia, ella manejaba con una mano y con la otra sostenía la capelina blanca, en realidad marrón claro por los remolinos de tierra, el pañuelo violeta atado al espejo retrovisor como una bandera de la huida torpe y veloz desde que salieron de la portería de Aceros Peretti la víspera de Navidad.
Dieron vueltas en círculo por la playa pisando el freno como hacen los que llegan medio en pedo, aunque bastante raro a esa hora, antes de quedar con la trompa apuntando a los surtidores, la música de Papo a todo volumen, las cabecitas quietas paralizadas de sorpresa igual que los chicos cuando se mandan una cagada. Hasta que se abrió la puerta del acompañante y el tipo grandote con acento paraguayo, disfrazado con ese ridículo mameluco azul eléctrico, se bajó mareado, pero a paso firme, y fue derecho hacia el teléfono de la oficinita semivacía con más aire de confesión que de denuncia, y eso que tenía el celular perdido en el bolsillón del pecho, parecido a la bolsa de los canguros.
El chico escuchaba encerrado en el baño por si eran chorros el llanto agudo de la mujer allá en el auto. No era de dolor por una piña o un revés bien puesto por esos desastrosos malentendidos de las mujeres, o algo así, la mina alargaba el quejido como si necesitara escupir esa peste de destino empiojado que por tanto tiempo vino escondiendo detrás de la mala leche con todo el mundo.
De soledad lloraba la Colorada, no hacía falta saber mucho de la vida para darse cuenta. Mientras el hombretón hablaba al aparato como a un juez, a punto de arrancar el cable del tubo cada vez que le pedían repetir alguna frase, el auto arrancó con furia vengativa levantando más tierra que cuando llegaron. Vuelto el silencio como una hoja que nada en el aire caliente hasta el suelo, el chico de la Isaura se animó a salir del baño y consolar al grandote que lloraba sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas zancudas. De soledad lloraba el paraguayo, no hacía falta saber mucho de la vida para darse cuenta.
Quizás
El impala verde llegó al Atalaya recién inaugurado con la indefensa mansedumbre de la felicidad, la mujer de capelina blanca y pañuelo violeta al cuello y el hombre de azul eléctrico en semejante pieza de museo, parecían extras escapados de una filmación suspendida. El mozo adolescente disfrazado con moñito y saco dos números más grande esperaba al imaginario director la orden de acción para salir a escena bandeja en mano y ofrecer el desayuno completo con las reconocidas medialunas camino a Mar del Plata, pero ahora entre Zárate y Campana. Los tres o cuatro sentados uno en cada mesa, choferes de camiones tanque, parpadeaban, gordos y abrumados, frente aquella pareja extrapolada de la noche. Hasta que el chico volvió con el pedido confirmado hacia el mostrador todavía húmedo de la primer trapeada de la tarde y apareció la valija de cartón que la mujer subió a la mesa como quien extiende la última carta de naipes, la abrió despaciosamente, sacó el revolver pequeño y dorado, ante la mirada congelada del paraguayo de azul, los ojos clavados en el caño corto y brillante, extrañamente firme en la mano de la Colorada que antes de disparar dos veces se paró, tal vez para apuntar mejor a esa mole enmudecida que fue cayendo sin gracia, como derretida.
No hubo tiempo para el asombro hasta que la mujercita de piel lechosa y figura sin gracia completó la escena llevando la pistolita hasta su sien bajo el sombrero. Apretó dos veces, tres, cuatro, sin éxito. Después, con el revolver con un hilito de humo blanco, fue derecho al teléfono colgado en la pared como una antigüedad, como una autómata. Lo único que se oyó hasta que llegó la policía fue el llanto del mozo de saco grande.
A lo mejor
El chico de la Isaura medio abandonada no se animó a decir que el impala verde descapotado con ínfulas de avioneta aterrizando de emergencia, llegó entre el polvo del camino y ella bajó casi como un ángel. Que se acercó mirándolo como sólo saben hacerlo las grandes minas en la vida de un hombre y que se sacó la capelina cuando estuvo al lado. Que le susurró igualito a esas locutoras de FM dónde podía lavarse un poco y dejó que la guiara hasta el baño reservado para el gerente, porque era el único donde había espejo, papel higiénico y podía respirarse olor a lavandina. Que se desprendió el vestido y se refrescó los pechos pasándose el pañuelo violeta mojado mientras le guiñaba un ojo. Que después levantó la falda hasta que los muslos quedaron al descubierto pidiéndole si le pasaba el pañuelo por unas manchas de barro y que casi se desmaya cuando estaba terminando y recibió un beso de lengua tremendo. No se animó a decir que mientras tanto el grandote de mameluco azul llenó el tanque y le vació la registradora, para recibir a la que manejaba con una sonrisa de Gardel. Pobre pibe, qué iba a contar de semejante derrota o triunfo, según se mire. De todos modos el patrón le metería un boleo en el orto.
Tampoco el mozo adolescente disfrazado con moñito y saco dos números más grande del recién inaugurado Atalaya contó la verdad del encuentro con la pareja que llegó en el impala verde. Ocultó que el hombre de azul eléctrico bajó llevándola de la cintura a su compañera y que pasó a su lado sin mirarlo para sentarse en la mesa más alejada de los camioneros y enseguida le pidieron supremas Maryland completa y una botella de champán rosado. Que ella levantó la valija destartalada que nadie había visto y la abrió sin pudor para que todos pudieran ver los billetes verdes, esos que según el comisario Pandolfi, retirado por coimero y estafador, habían transferido desde las diversas cuentas de la compañía Aceros Peretti hasta una cuenta de donde el vigilador fue extrayendo sin que nadie lo supiese, creyéndolo un gil. Parte de los dólares arreglaron lo judicial, y el resto quedó en poder de la pareja que ni bien terminó de comer se levantó, dejó una propina generosa de pesos nacionales y se llevó la guita de todos los presentes más la de la caja gracias a un revolver muy convincente que la mujer supo colocar en la sien del mozuelo. Se fueron después de balear sin piedad a un cliente al que vistieron con el mamarracho azul eléctrico y a una mujer de la limpieza, a la que disfrazaron con la capelina, el pañuelo y el vestido de la mujer. Cuando el adolescente pudo volver a hablar, los camioneros habían dejado el lugar vacío, el patrón repetía tengo seguro como quien esconde algo y no quiere quedar en ridículo.
De la pareja ninguno supo más nada. Seguro que se separaron. Ella se fue a Uruguay, de ahí a Brasil, vendió el impala a un coleccionista por una pila de dólares y dos noches de locura total, y posiblemente ande por cualquier playa, muy tostada, trabajando como recepcionista en hoteles caros de los lavadores de guita donde nadie pregunta. El vigilador por su parte estaría en Paraguay, ganándose la vida imitando a Elvis Presley dentro de un traje blanco con enormes solapas y purpurina en una parrilla perdida y gastando los intereses que los dólares de su parte le dan, desde una cuenta en cierto banco que garantiza silencio por una excelente comisión. Cada tanto disfruta de mujeres, pero las larga en cuanto se ponen preguntonas y en algunas noches comentan, sin que haya pruebas, que llama a la casilla de guardia de Aceros Peretti. Cuando atiende alguno de sus ex colegas, lanza una interminable pedorreta interrumpida por esa risa inconfundible y cuelga. Y así todas las veces.
Es decir, lo más parecido a un final feliz que pueden pedir un hombre y una mujer atrapados en vidas sudamericanas, destinos de mierda.
