Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.
El expreso sacude su estructura de chapas pintadas, acomoda el físico a la balsa que espera, se detiene luego de temblar un instante. Ella es la tercera o cuarta en bajar.
Fuma el hombre. La espalda contra las chapas recibe el ruido de una marejada marrón y mira hacia la oscuridad. Detrás del traje oscuro, sombrero de alas cortas, anteojos de marco negro, la tarde hace su parte. Ella se detuvo a su frente, con la valija de cartón en una mano y la otra palma recogiendo la melena de pelo rubio. Un marinero que bufa arrastra sogas gruesas, le pasa cerca y ella da un paso hacia delante, hacia el hombre que solamente la mira.
Bajo el sol marrón el agua es de celofán. Las dos siluetas esperan la primera palabra. Alguien dice algo a los pasajeros. El hombre tira el cigarrillo al río, ella está en un costado de sus ojos miopes. Desde el Bajo llega una alegría de boliche con metegol, pibes con guardapolvos andamos de acá para allá y enfilamos hacia la balsa porque Carlitos dice que vamos al recreo la Martita, a nadar y a fumar y a mirar mujeres que se bañan.
Subo, me tropiezo con el desnivel de la planchada que ya se levanta. Desde la Escuela Industrial nos envidian quienes se quedaron a la clase de Física para levantar la nota del trimestre. Recupero la vertical a escasa distancia de la mujer que tiende las manos hasta alcanzar las del hombre. Habla muy bajo, el varón. Se abrazan. El sombrero cae al piso de chapa, todo comienza a moverse. Los dos lloran en silencio, las manos de ella sobre su saco lleno de arrugas, la boca del hombre besándole la cara muy despacio. Así pasan la mayor parte del trayecto, abrazados con la fuerza de los náufragos sobre el desierto de haber perdido todo.
Mis compañeros juegan al truco, la balsa avanza a ritmo de cepillo por un Paraná percudido. Hay guitarras y chamamés desde un grupo de choferes entrerrianos o misioneros.
Cerca del primer amarre, las manos del hombre enredan su pelo en penumbras, los ojos de ella quedan en los suyos, tras esos anteojos. Llegamos al horizonte de entrecasa y otra vez el marinero con la soga gruesa. Amarran la cáscara de hierro. Suben y bajan mujeres de vestido floreado, obreros con sudor encima, algunos zapatos acordonados, pantalones con manchas de grasa.
Veo la valija chica sobre la cubierta, la levanto, voy a llevarla hacia el colectivo pero está vacío. La figura del hombre sube el sombrero desde el piso, lo coloca con cuidado en la cabeza despeinada, camina por la planchada. Miro entre el relumbrón solar. La mujer, detenida en un poco de sombra cerca de los que se acomodan, mira hacia el río. El hombre es un recuerdo.
Sin animarme a nada, camino hacia una escalera que va a la cabina de mando. Extiendo la valija a otro marinero que la acomoda con los equipajes. El capitán ríe allá arriba. Mis compañeros me rescatan con un cigarrillo clandestino.
Hoy, a tantos espejos desde entonces, todavía necesito aquel abrazo.

Fue como un hilito de nube largo y continuo, de los que nacen en algún lugar del cielo y se pierden allá lejos, por arriba del verde murallón de la isla, un peligroso alfiler guiando la estela, buscando matar o morir, como las flechas. Vino de la barranca hacia el río, raspando el aire entre las hojas bien verdes de los plátanos florecidos a cada lado de la Mazzini.
La calle ancha y tranquila de la tarde a esa hora de sol amarillo, no esperaba ese lamento convencido que fue creciendo hasta el final, cuando dejó, después de pasar junto a nosotros, su último aliento desesperado y oloroso a nafta quemada y goma caliente contra el pavimento. Y no porque haya querido frenar, todo lo contrario, eso es lo terrible, sino porque desde que pataleó la moto, seguro desde la puerta de la pescadería, yo supe algunos detalles muchos años después, qué iba a saber en ese momento con mis cinco años recién cumplidos, no hizo más que acelerar sin pausa sobre el macadán caliente. Acelerar con decisión de quién mira fijo algo y no dejará de hacerlo por más que le peguen. Como los perros cuando muerden un palo y uno sabe que no abrirán la boca ni después de muertos.
Esa tarde entendí, como se entienden las cosas, con el estómago y la primera vez, que para vivir en serio, con angurria, hay que ser un egoísta de mierda. Porque no había otra forma de disfrutar una tarde como aquella, los cuatro en el Gordini recién salido de Magula y Piris, sanos, alegres, papá y mamá jóvenes, Julieta y yo sin pelearnos, antes de cruzar en la Balsa por primera vez, haciendo cola entre los camiones recostados en el cordón desde la plaza Italia, mientras aquel rabioso gritito de motor, agudo, ciego, amenazante únicamente para sí mismo porque es contra uno mismo la violencia.
Todo eso lo entendí después, uno siempre entiende cuando ya no importa. Aquella tarde fue la angustia en carne viva de ojos abiertos la que sintió el rugido hacia el río de la siambretta color caqui de la pescadería, la que yo deseaba a través de la cortina de tiritas metálicas acompañando a mamá dos veces por semana.
Desde el asiento trasero del Gordini flamante no podía saber que estuviera bajando por la Mazzini con la rabia en ascenso con que suben los gritos, las ruedas de las máquinas después de romper la inercia, la desatada angustia del que desea estrellarse de una vez contra la balsa amarrada a la que iba ingresando la paciente fila de autos, camiones y colectivos para cruzar el río. Tampoco pude ver volar la moto, su jinete despedido como un muñeco por el aire limpio del cielo azul, una vez acallado el zumbido insoportable trepando al punto más alto de su agudo.
Hubo mucha gente asomada a la costa mientras se detuvo la caravana. Apenas llegó la ambulancia y cuando la voz metálica gritó que continuaba el ingreso, todo volvió a la normalidad con olor a río, los pájaros en los árboles con sus gritos amontonados, el murmullo de la gente cuando viaja.

2 comments
Hector Peirano
4 octubre, 2013 at 3:04 pm
Estimado Pablo, realmente lei 5 veces tu comentario y no puedo creer que no hayas encontrado motivos para criticar a Caffaro. Abrazo Hector
pablo castelli
30 septiembre, 2013 at 1:15 am
!!! Que lindo !!, cuantos recuerdos de mi infancia y de los años en la secundaria, de la Plaza Italia, de mi colegio Industrial, de los viajes en la Balsa, de las interminables filas de camiones, del ruido de los motores subiendo la Mazzini, del olor de los camiones jaulas, de la venta de protectores de parabrisas, de la pesca de mojarritas debajo del muelle del Puerto o en la salida del agua caliente de Witcel ( Rata al cole ), etc., etc.. Gracias por este escrito que me remonta a aquel Zarate, que con su vida y su cultura nos forjó, en gran parte como personas.
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