Historias a mano alzada

Carlos Riedel6 junio, 2015

Por Armando Borgeaud.....  

1. Una puerta lateral...

Simples sueños que van quedando en el camino, dice el viejo mientras mira la ruta por mirarla nomás. Dejate de embromar, Nicolás, como si tuvieras mil años. La voz de la mujer es mansa. Sus manos manejan el volante con naturalidad, evidencian conocer perfectamente el trazado entre las dos ciudades que no existen bajo este cielo estrellado. El viejo no lo es, tendrá unos treinta y pico, pero su cráneo pelado, pulóver hasta el cuello, la extrema delgadez de su cara, los dientes que le faltan, hacen que todos lo conozcan como el viejo.

La mujer, que debería llamarse Ana pero no, sonríe lindo, saca un cigarrillo, lo enciende con maestría utilizando una sola mano, se lo extiende al que sigue con la vista en el pavimento. Cuando el hombre tiene la brasa cerca del rostro, sopla para avivarla y fuma. Ana ya encendió otro que la esmerila en humo. Vos tenés cara de película de los sesenta, en blanco y negro, de esas con Argibay, Lautaro Murúa, Salcedo. De esas que pasarías en tu cine, ríe la mujer en el silencio donde se hunde la garganta del viejo. Claro, claro, esas que ya no vería nadie, culmina Nicolás, nombre seleccionado por el tipo para olvidar el de la cédula.

La chatita tartamudea optimista por el óvalo incompleto de los focos amarillos y una curva parece que los va a devolver al lugar desde donde salieron hace veinte minutos. Los dedos llenos de cortes por manipular verduras, frutas, consiguen resistir a semejante mandíbula de asfalto y enderezan a Lucila, como bautizaron a esa Ford F 100 los puesteros de la feria municipal. Iujuuuu!!!!! Grita el viejo lleno de risa. En esas argentinas que decís, nos perseguiría Salcedo y nos llenarías de tiros, comenta la madrugadora. Callate dice el viejo, a ver si aparece algún tira…. A Jorge le salía bárbaro el papel de cana, con la boca torcida, la frente ancha, peinado para atrás y esa mirada ladina de tipo recién levantado de la siesta. Ana sonríe, y su boca es la puerta de la felicidad. Bah, seguro que tenía mal aliento, sella su acompañante y vuelve a disolverse en los azules del paisaje.

Ruta

Ronronea el motor que ella acelera cuando se lo permite la recta. Despacio crece desde el estómago, al principio sin mucha convicción, esa dulce alegría de los que zafan por la puerta lateral. Los envuelve a los tres: Ana, el viejo y la Lucila, más los fajos de billetes como pizza crocante dentro del bolso que dice Pan American, en la caja entre los cajones de choclos.

Argibay andaba siempre con el susto de los entregadores, esos que frente a un caño venden hasta a la madre y vaya a saber por qué son los preferidos de las rubias, tose el viejo y toca el muslo frío y firme de su acompañante que saca la cabeza fuera de la ventanilla y no escucha nada más que el monólogo del viento. Y de Murúa qué tenés que decir, ¿a ver? rezonga ella vuelta la voz mansa a la cabina con olor a ajo. Murúa era chileno y los chilenos a mí nunca me gustaron, esperan el momento pero al final te cagan con una sonrisa, sentencia su compañero.

Hace unas horas, ni bien anocheció sobre el mercado, hubo despedidas de cabotaje, hasta mañana y chau. La mujer soltó el pelo negro, se puso la campera de jean sobre los hombros, alisó la pollera, miró a los dos hijos irse hacia sus problemas, miró a su ex marido desde lejos, meta cargar bolsas de cebolla, zanahoria, papa, y subió a la camioneta donde ya estaba el bolso en la caja. Pocos metros adelante frenó, le dijo al viejo ¿vamos Nicolás?, se abrió la puerta a las pupilas brillosas del personaje, empezó el camino que todavía los lleva.

Las estrellas siempre me gustaron, dice ella por oírse nueva. Me dan tranquilidad, buena suerte. Al primer pibe lo hicimos con el Félix en el baldío de los Rossi, una noche llena de estrellas. Y ahora lo cagás como Murúa, carcajea Nicolás. No digas pelotudeces, querés, esto es otra cosa. Ah, si, no me digas. Ana desacelera de golpe, empieza a reírse, suelta el volante, lo abraza sin dejar de jajajajaja, frena.

El marginal mueve la cabeza percudida de mugre. La pareja en la chatita verde, pegada a un panorama que conocen como el patio de atrás, se inmoviliza de golpe. Ana, que no lo es, mira a Nicolás, que tampoco, a la distancia en que el deseo podría incendiarlos. Viejo, le susurra, la etapa de coger ya terminó. Y si no entendés, me importa tres carajos. Lucila revive su marcha, recupera kilómetros al ritmo de un asmático al borde del ahogo. El hombre delgado recorta la silueta sobre su ventanilla. Yo, un fierro o dos te echaría, murmura antes de dormirse, enroscado por la risa de ella que ya tiene veinte años menos.