Por Armando Borgeaud...
2. Madrugada vinosa
El camino sigue derecho ahora, manso y dormido bajo las ruedas gastadas de la Lucila, resignada a su confiable temblequeo de chapas si el pie del Viejo no amenaza con querer llevarla más rápido de los 75 kms que marca el velocímetro, redondo como despertador, la aguja temblando también, volviendo a cero y al tope en cada imperfección de la ruta a San Pedro.
En la noche bien negra, la cinta de asfalto bajo las dos linternas torcidas de la chatita, es una lengua de pintura gris entre los álamos altos agrupados como defensa a los vientos por los chacareros suizos y alemanes. El de pulóver alto va con las dos manos prendidas al volante, apretadas con esa ansiedad de los hombres que suponen tienen una mujer que cuidar.
Bien sabe este ficticio Nicolás que campo adentro andan pedazos de lo que alguna vez quiso ser su familia gringa, ranchos pintados de cal rosa, paredes viejas, el molino, los perros, la fría mesa pelada, ventanas chicas a los horizontes incendiados, el fueguito, y aquella gente de una infancia que tal vez nunca existió.
La supuesta Ana duerme confiada, una rodilla en el pecho, la blusa blanca mostrando los pechos aún firmes brotando sigilosos del corpiño negro, un reflejo de muslo blanco, los brazos de guardia baja, todo bañado de luz blanca por los faros de camiones y colectivos cubriéndola y descubriéndola como el paño de un mago sin gracia.
El Viejo tose a lo perro, escupe por la ventanilla el catarro sucio de pitar sin medida por tantos años, se toca la barba de tres días, vuelve a tironear del cuello alto para sentir algo suave cada tanto.
Los ojos se le entrecierran de sueño y ese calorcito le deshace el miedo, lo convence como a un chico que es por ahí que vive el tío Hahn al que tanto quería a pesar de su segunda mujer, tan putona. Los dedos sucios le niegan pensar en ella, pero Lucila gana la banquina, toma el camino de tierra como un perro que vuelve a su casa.
Cuando está por bajar los párpados, Alberto Argibay se asoma a su cara con el cuerpo estirado desde el asiento de atrás, las dos palmas apoyadas en el respaldo donde duerme la dueña del vehículo.
El actor está vestido de boyero, la gorra chata, el pañuelo al cuello, el pucho en la oreja, murmura con labios torcidos sin sacar los ojos del camino chispeante de luciérnagas, que él sabe bien dónde viven Erna y Hahn, y cuando nombra a la mujer le pega en el hombro al Viejo con la gorra y larga un grito, después se frota las manos, roza el pelo de la probable Ana y dice no te la podés perder, apurando las palabras cómo quien reza feliz.
El Viejo se despierta con dolor en el puño contra el vidrio transpirado del amanecer donde hace un segundo estaba la cara burlona de Argibay y ve que la Lucila frenó justo frente a una tranquera. Ella, Ana pero no, susurra quejidos de cachorro, ni siquiera recuerda que está con él, noche mediante mientras pone distancia de la vida tibia y un pasado largo.
Y allí, en el medio de la nada terrosa, montado en un zaino al que hace morder el freno, el pañuelo revoleando en el cuello por el entusiasmo de reconocer a quien no ve hace una punta de años, está Hahn, la cara colorada empapada de lágrimas, llena de venitas, los labios de vino y madrugadas abiertos sin soltar palabra.
Apenas le dan las manos a Nicolás, con la manija de la ventanilla que apenas baja el vidrio unos centímetros de tantas vueltas al pedo, que ya escucha el alemán criollo del gaucho saludándolo.
El tío se baja del caballo, el Viejo abre la puerta de Lucila. Se abrazan. Gato Chico, Gato Chico, vocifera el paisano con semejante olor a alcohol que le abofetea la cara. Esos músculos lo levantan del suelo. Tío Jan, la puta que te parió, soltame, se contorsiona el que alguna vez fue un pibe.
Los gritos despiertan a la que puede ser Ana, que se asoma al afecto en estado puro. Siempre tiene que pasar una noche, después de una desgracia o de un golpe de felicidad, para confirmar algo, piensa.
Y cuando baja de la chatita verde para recibir el saludo del grandote con bombachas, la campera de jean cortona en los hombros para semejante rocío, confirma que su vida cambió del todo, dio una vuelta fuerte, se fue a la mierda, ríe mientras prende un cigarrillo y contempla a esos dos que se palmean otra vez como pendejos que nunca dejaron de serlo.

