Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Algunas veces lo recuerda con nitidez. Apenas cruzaba la puerta del negocio, agachándose porque dejaba la persiana un poco baja, lo descubría detrás del mostrador revisando facturas o subido a la escalera acomodando mercadería en los estantes más altos como si no pesara noventa y cinco kilos.

Tardaría en descubrir el motivo de aquella peligrosa recurrencia del dueño de la inmensa ferretería con tres mil artículos, como le gustaba repetir a los viajantes marcando las palabras, cuando la llamaban ”boliche de campo “ para hacerlo enojar de lo lindo. Los anteojos apoyados en la punta de la nariz, mangas cortas en cualquier época del año, la cara colorada de presión alta, el cuernito del lunar en medio de la frente que tanto impresionaba la primera vez. Y la voz ronca y húmeda con que brotaban las palabras de mala gana, arrepentidas, con miedo de que se le volvieran en contra, acompañadas por la mirada inocente y desconfiada de la gente frágil a pesar de todo.

Algunas veces recuerda con nitidez el pueblo de casas salpicadas, la calle principal de tierra, de un lado la plaza, del otro la estación y la salida a la ruta, apenas los sonidos necesarios para sobrevivir.

Vestido de paisano, llegaba erguido sobre el sulky una vez cada quince días bien temprano, a comprar lo imprescindible para alambrados y corrales, enseres de la casa, repuestos y herramientas. Por entonces tenía solamente las hectáreas de su padre, un puñado de peones para mantenerlas como corresponde y su madre postrada en una silla de ruedas con el viejo atrás para siempre.

Bajaba de la sonrisa que tantas satisfacciones le sigue dando aún en estos días. Esperaba en la vereda de ladrillos, cerca de la puerta del negocio hasta que aparecía el ferretero, grandote despeinado y a medio vestir, como un sonámbulo. Vivía a dos casas pero como le gustaba dormir, la obligación lo encontraba con la ropa a medio vestir: un bicho que cambia de agujero. Invariablemente saludaba con un “buenas, buenas”, al tiempo que sacaba un llavero con sonido a cadenas, seleccionaba las que abrían los tres candados y la cerradura, anunciaba con el brazo en alto que en un momento podría recibirlo.

Ferretería

Ocurría que de a poco el coloso se había ido quedando solo para todo. No solamente para las tareas del negocio en el que trabajaba desde la mañana a la noche de lunes a sábados, sino también en la casa, viudo hace añares. Los dos hijos mellizos, Cosme y Damián, nada habían heredado de su férrea voluntad para el trabajo y el ahorro. Le decían viejo miserable y eran el verdadero problema de aquel que había agotado todas las maneras para intentar rescatarlos. Por la persuasión, diciéndoles lo difícil que sería el futuro si seguían perdiendo el tiempo todo el día en la calle, con mujeres, jugando al truco o al metegol con el pucho colgado de los labios como marmotas. No obtuvo nada.

Por las malas, cuando una vez terminada la secundaria en el Nacional, únicamente les daba plata a cambio de la colaboración para administrar los famosos tres mil artículos. Tampoco le fue bien y encima le iluminó una terrible realidad: los muchachos le robaban, mercaderías o plata que rapiñaban de la caja. De ahí su obsesión por el control, por la revisión constante de entradas y salidas que consumían su cintura, su vista, su corazón emprendedor.

Algunas veces recuerda con nitidez aquel exacto día miércoles en que fueron los hermanos, tan distintos al padre también en el aspecto físico, los que esperaban detrás del mostrador cuando bajó del sulky. Ante su extrañeza por no hallar al hombrón como de costumbre, le respondieron casi a dúo que el viejo estaba de viaje por la muerte de un pariente de Zárate y que recién volvería esa noche muy tarde.

Casi al final de completar el listado de compras que siempre traía preparadito desde el campo, seguía sorprendido por la solicitud con que los muchachos lo atendían, y supuso que estaban interesados en recibir una buena propina por la eficiencia a cuatro manos. Amplió aún más la sonrisa, se pasó la mano por los bigotazos y sintió que la idea se abría paso en su ánimo con la claridad de un deseo.

Por una extraña intuición que había ido creciendo sin saberlo, cada vez que elevaba la mirada hacia lo alto de los estantes atiborrados de cachivaches hasta la bóveda del cielo raso, se detenía en aquella olla de hierro fundido, desmesurada e inútil para él o para cualquiera en estos tiempos. Imaginaba la alegría de la peonada cuando la recibieran, la rueda de espaldas como planetas alrededor de un sol humeante de puchero. Esa imagen lo reconciliaba con su padre, al que preveía aprobando mientras empujaba la silla con su madre consumiéndose.

La pidió tratando de ser natural. Vio a Cosme bajarla trabajosamente un par de escalones, escuchó como crujía la escalera, comprobó que Damián era más fuerte que lo prometido por su imagen al levantarla en sus manos para depositarla en el suelo. Se rió con ganas junto a los mellizos que aprovecharon el esfuerzo para bromear y empujarse. Allí, atada la tapa con hilo sisal exagerado, la olla invitaba a imaginar comidas ni bien la elevaran de las tablas de machimbre rumbo al campo.

Los jóvenes la subieron al sulky con la misma alegría, regresaron y recibieron los billetes de la cuenta -sin propina ni nada- todavía riéndose por tanto trabajo. Su caballo resopló sorprendido por el peso desacostumbrado. Se fue más rápido de lo habitual, cortando campo con ansiedad de enamorado por llegar de una vez por todas para disfrutar del mastodonte envuelto en arpillera, rumbo al rancho rodeado de yuyos, cinco vacas aburridas, un grupito de trigo, otro de maíz.

Siempre recordará con nitidez la llegada, los quejidos de sus peones al bajar la olla después de la compra cotidiana. Aparece la media hora de mate amargo que tardaron en llamarlo, entre cortar el sisal, abrir la olla, frotarla con grasa amarilla para curarla. Ve clarito su asombro y el de los hombres transpirados al descubrir en el fondo la fortuna en billetes bien atados, ahorros secretos del ferretero al resguardo de la voracidad de sus hijos.

Su único recuerdo en colores fuertes es el momento en que firmó la escritura del campo vecino, el cheque en el mercado por las vacas, los primeros pasos hacia su presente sin zozobras económicas. Ríe bajo los mostachos blancos, ríe más y más cuando se recuerda felicitando al experto de los tres mil artículos por la dedicación de sus hijos gauchitos, viendo su cara de luto mientras lo abraza fuerte y le susurra la vida es así.

Ríe a carcajadas mientras pide a la enfermera del geriátrico que empuja su silla, una vuelta más por ese parque lleno de sol como aquella mañana inolvidable.

2 comments

  • Laura

    22 febrero, 2014 at 1:25 pm

    Excelente redacción! Saludos!

  • daniel

    22 febrero, 2014 at 1:08 pm

    muy bueno!!!!! sera cierto????? saludos!!

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