Felicidad que suelen dar los hijos

Carlos Riedel13 junio, 2016

Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Como buenos católicos, Laura y Nicolás, su novio paceño,  jurarán ante Dios amarse para toda la vida. Después de recibir la bendición del sacerdote, los dos saldrán al patio de la iglesia donde serán felicitados por amigos y familiares que acompañarán  a los novios. La pareja feliz bailará al ritmo de los mariachis con sus padres, la madre de Nicolás únicamente estará presente por lo que se verá más adelante, y padrinos de la boda. Una tradición arraigada es visitar y caminar por los lugares más conocidos y tradicionales de La Paz, por eso la pareja se dirigirá al puente de las Américas. El novio cargará a la novia por todo el trayecto y al finalizar brindarán con champan. Después, la pareja, la madre de Nicolás,  y los padrinos de bodas arribarán al local donde aguardarán los invitados. Una antigua tradición dice que en la boda no debe faltar la cerveza ya que es símbolo de buen augurio. Mientras se realice el recuento de los regalos la fiesta continuará y si resultara  un número impar los padrinos deberán agregar uno más, ya que el número par es de buen augurio. En caso de resultar un número par serán dos los que se deberán sumar. Una vez que los regalos sean ch'allados con alcohol y cerveza, se prepararán dos atados para ser colocados en la espalda de los novios que deberán cargar durante toda la fiesta. En los atados se colocará azúcar, canela, coca y dinero, todo debidamente callado para asegurar el futuro éxito económico y sentimental de los esposos. Los padrinos de regalos elegidos  deberán ser casados y muy queridos por la pareja ya que serán los encargados de desearle suerte a los flamantes esposos. El brindis se realizará con cerveza en dos bacines nuevos. Al concluir se los colocará en la cabeza de los novios y todo el mundo reirá gozando con la felicidad de los tortolitos.

ekeko

Ya, ya, qué le puedo explicar yo de lo que ha pasado allí, con don Eduardo y su familia, la señora Elizabeth y su hija Laura. Como si no los conociera desde tantos años y ahorita viene a suceder semejante revuelo que desde anoche en todo el edificio no se hace más que hablar de eso, quién podría imaginarse, por Dios. Pero es posible que esa gente estuviera tan pirata, usted ni se imagina la escena.

Yo pensaba que don Eduardo, un capo de los grandes, gerente de Recursos Humanos de Aceros Peretti, gran lector, muy educado, comprendería fácilmente la situación. Lo veía llegar desde la vidriera de mi verdulería, usted sabe, justo al lado de la entrada del edificio ¡Qué elegancia al bajar de semejante auto que no terminaba nunca de estacionar cuando volvía del trabajo!

Qué buena idea ha sido esa de instalarme allí, pensaba y sigo pensando, un barrio tan distinto, tan cordial, donde toda la gente viene hasta mi negocio a comprar sus frutitas y verduritas, que yo atiendo con mi madre pobrecilla. Achacosa como está, me ayuda mucho pesando la mercadería, dando el vuelto, conversando con la clientela que la escucha con atención.

Ya, ya, el hombre venía a conversar un ratito conmigo, se ve que le he caído bien, como se dice, casi todas las tardes. Se sentaba en un rincón a leerme capítulos de Las Venas Abiertas de América Latina del Galeano ese, que tan bien escribe. Y mientras, yo iba y venía acomodando cajones de zapallitos, colocando las paltas en la heladera, pasando el repasador a cada rato porque la gente en este barrio es muy exigente y enseguida lo miran mal a uno y son muy capaces de irse sin comprar, de catalogarlo a uno de sucio. Me lo habían anticipado mis compatriotas de las quintas de Escobar cuando se han enterado dónde pensaba instalar mi negocito, ya, ya, que lo sabía, pero así han sido las cosas, que la vida no tiene tantas sorpresas al fin y al cabo como pareciera.

Don Eduardo se fumaba un cigarrillo entre tema y tema de conversación que íbamos comentando, me daba sus pareceres sobre la Patria Grande, y yo siempre con el dial en radio Provincia, que a la tardecita suele haber un programa de los hermanos de nuestra iglesia y unos paceñitos leen la palabra del señor usted viera con qué concentración. La verdad sea dicha y con todo respeto, faltaba más, que el que llevaba la voz cantante era don Eduardo, hablando sin parar de su trabajo, usted sabe tanta responsabilidad, viajes a distintos lugares del mundo, reuniones en Puerto Madero debieran ser, gente extranjera hablando en inglés, por eso es que anda siempre tan nervioso. Y cada tanto me decía de su aburrimiento cuando le tocaban meses detrás del escritorio. Ya,ya, recién le vi brillar los ojos cuando me contó de la broma que pensaban hacer para Navidad junto a sus compañeros de trabajo. Sentí pena por ese jujeño, un tal Albornoz, vigilador, pero me callé la boca. ¿Quién soy yo, un verdulero con apenas veintitrés añitos, para andar opinando, después de todo?

También, por lo que uno se puede enterar, usted sabe que siempre se comentan cosas, Don Eduardo muy ocupado, la señora Elizabeth siempre de compras… El hombre había de sentirse solo al volver a su casa, por eso venía a hablar conmigo y yo me iba sintiendo muy feliz con esta aproximación, usted verá que siempre hay que ser agradecido.

Lo que más le venía preocupando a Don Eduardo estos días, válgame Dios, era por qué Laura, su hijita hermosa se guardaba el nombre de su prometido con el que pensaba casarse, eso le dijo al padre una noche en la que discutieron mucho y la niña le enrostró que al fin era su decisión contarle a sus padres cuando ella lo considerara conveniente. Mire usted que agallas la niña, decir esto justo cuando el hombre estaba tomando su whisky después de la cena, frente a la pantalla gigante de la televisión, contra la ventana que da hacia el río, porque el departamento es un semipiso, usted verá. Don Eduardo se puso colorado como mis tomatitos porque la niña seguía firme en la suya de no largar prenda sobre el que sería su futuro y único yerno al que él quería invitar a cenar para conocerlo bien. Yo me imaginaba eso desde el principio, un poco de sentido común que se adquiere de tanto tratar personas a diario.

Si estuve a punto de decírselo la semana pasada, una de las tardes en las que vino Don Eduardo a conversarme, muy angustiado el pobre, pero la pura verdad es que no me he atrevido, mire usted, al fin las mujeres siempre terminan haciendo su voluntad.

Llegado el día, la niña Laura decidió que sería el momento de presentar a su prometido, a su modo, sin importarle que las cosas no estuvieran del todo bien. No hubo caso: me importa un carajo, dijo, viera usted cómo se puso.

Zapatos blancos bien lustrados, traje verde y corbata comprada para la ocasión, el hombrecito tocó el timbre del 6to C a la hora indicada con un ramo de flores para agasajar a la madre. Laura abrió la puerta con su sonrisa enamorada y Don Eduardo, atento al pretendiente de su única hija que esa noche conocería al fin, transfigurado, cayó redondo al divisar al compañero de sus charlas de la tarde entrando en su casa. La señora Elizabeth, derribada en un sillón,  no paraba de llorar poseída por el demonio que la hacía temblar de pies a cabeza frente a aquella sonrisa de bigotes bien cortados que se aproximaba a darle un beso de la mano de Laurita.

Ahí estaba el verdulero Nicolás, boliviano, emperifollado, loco de amor por la niña, las rosas pastel que sus compatriotas le consiguieron a buen precio en el mercado central esgrimidas con orgullo. Y Laura repitiendo sin parar  mi novio, papá, mi novio, mamá, abrazándolo de alegría, radiante, disfrutando ese maravilloso momento de felicidad que solamente los hijos suelen dar a sus padres.