Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud...
El primero en volver fue abuelo Efrain. Había fallecido en enero del noventa y cuatro cuando los mellizos eran recién nacidos, así que cuando apareció esa mañana de invierno bien temprano, justo cuando los dos se preparaban para ir al colegio, pasó casi desapercibido.
Marita le abrió la puerta prácticamente sin mirarlo, y lo hizo pasar mientras discutía con la madre que gritaba desde la cocina que se apuraran, su hermano Ezequiel todavía estaba en la cama, a ver si llegaban a horario una vez en el año y hacían llorar a la preceptora.
El viejo se acomodó en el sillón del living sin sacarse el sobretodo con que lo habían enterrado, todavía con restos de pasto en los hombros, y una mochila con calcos de los Rolling Stones, parecía rescatada de la basura, con una muda de medias y calzoncillos, la radio chiquita y un paquete de Particulares sin filtro por la mitad.
El hombre había vivido en esa casa, que ahora le costaba identificar por los cambios que había sufrido, hasta que su hijo Arnoldo lo había internado en un geriátrico, pocos meses después de separarse de Nora, su mujer, precisamente a causa de las conductas de Efraín, nunca aclaradas.
El detonante fue lo que dijo al entrar al baño mientras ella se duchaba: qué hermoso par de gomas, querida. Nora se fue para siempre, con el pelo mojado y sin llevarse nada. Arnoldo llevó a su abuelo al Hogar San Ignacio esa misma tarde.
Las cosas en la vida se superponen y la agudización de la pérdida de memoria del nono viviendo solo hasta su internación llegó como anillo al dedo para programar al poco tiempo la mudanza de Arnoldo y su nueva pareja, Ester, a la casa familiar, aunque no muy espaciosa para el matrimonio en ablande, era más conveniente que pagar un alquiler cada vez más caro para un departamentito de dos ambientes. A los dos o tres meses Ester estaba embarazada y los críos por llegar.
Nadie tuvo tiempo de pensar esa noche, mientras Arnoldo terminó de acomodar un colchón en el quincho del fondo, la mesita de luz improvisada con un cajón de manzanas, la estufa a cuarzo que los mellizos aceptaron prestar a regañadientes. Y en vez de interrogarse sobre cómo era posible el regreso de Efraín, comenzaron a preguntarse cómo iban a hacer para vivir en tan poco lugar y encima con un solo baño.
Don Elías, el padre de Ester, muerto de un infarto cuando él tenía 3 años, el día que San Lorenzo goleó a Boca con cuatro del Bambino Veira en el primer tiempo, reapareció, de algún modo hay que decirlo, la tarde del vengador siete a uno en el nuevo gasómetro del equipo de la ribera conducido por el Coco Basile.

Todos reunidos frente al televisor, incluido el Nono Efrain que desde la vuelta no se perdía una y pensar que en vida no había caso con sacarlo de la cama, más los dos o tres vecinos que rotaban domingo a domingo porque no alcanzaban las sillas, recién oyeron el timbre cuando el aparecido se prendió al botón, típico del mal carácter que muy pocos de sus sobrevivientes ex compañeros del frigorífico recordaban.
Aquel rengo de mameluco azul con manchas secas de sangre de novillo, la voz ronca de toscanos baratos, no solamente se reencontró esa tarde con los goles de su equipo como nunca antes, a la vez pudo abrazar a su hija adulta con rasgos tan parecidos a los suyos, levantó por el aire a sus nietos como si fueran niños, quien iba a dudar de los genes boquenses inoculados en la descendencia, y hasta tomó mates mano a mano con su consuegro ya tarde en la noche, los dos sentados en la silla al revés, vaya a saber las cosas que pueden hablar los muertos.
La madrugada lo descubrió mateando solo en la cocina, recorriendo la interminable cantidad de canales con el control remoto, revisando el microondas como si fuera un plato volador, descubriendo los teléfonos celulares desparramados por todos lados, despidiendo luces de todos colores y músicas extrañas. Después, cansado de perder tiempo y aprovechando la tranquilidad de la fresca, se puso a lavar los platos sucios que como era costumbre quedaban apilados en la mesada hasta que viniera la chica dos veces por semana.
Pasaron las semanas y los resucitados (¿podemos llamarlos así?) comenzaron a desarrollar su nueva existencia. Don Elías no podía estar de brazos cruzados, así que vaya a saber cómo consiguió que un camioncito le trajera medias reses y con plata prestada de Arnoldo abrió una carnicería en el living. Y le fue bien, al cambiar de época su temperamento se había vuelto deliciosamente irónico y jovial. Su hija Ester en el mostrador y los mellizos embutiendo chorizos en la pileta del lavadero, se sumaron a la empresa apenas comprobaron que el pago recompensaba las moscas y la ropa sucia.
El Nono Efraín se inscribió en la carrera de abogacía, su frustrada vocación según contó, y antes de cada examen llenaba los ambientes que quedaban libres de compañeras de estudio, cuarentonas aburridas que el patriarca aprovechaba a pellizcar cada vez que podía, mientras rezaban a coro el Código Civil. Cuando se recibió, hubo marihuana para todos y el viejo bailó desnudo sobre la mesa del comedor junto con una culona de apelativo Piolín.
Esa noche fue cuando Arnoldo, que tardó en dormirse como nunca, le dijo a Ester que los regresos estaban complicando la vida de la familia. La mujer, media dormida, media despierta, contestó que la plata de la carnicería no era poca cosa comparado a su magro sueldo de la municipalidad y que Efraín había traído un poco de alegría a sus rutinarias existencias y hasta los mellizos estaban más dóciles desde la vuelta de Elías, estudiaban más y hasta tenían planeado irse a Brasil en avión con la plata de los chorizos.
La hacemos corta: Arnoldo abandonó la casa con la mochila de los Rolling a la espalda, mientras el carniza Elías le echaba en cara su falta de adaptación a la realidad cambiante de la existencia. Su padre, mientras tanto, de traje y tablet bajo el brazo, subía a un remise rumbo al juzgado civil sin saludarlo.
Dicen que al pobre Arnoldo lo internaron en el Hogar San Ignacio cuando lo encontraron en la iglesia cascoteando con migas de pan a la Virgen de los Milagros. Que el doctor Efraín se encargó de los trámites en el PAMI porque Ester estaba muy ocupada con los preparativos de la inauguración de la segunda carnicería en pleno centro, otro logro de Elías, un digno emprendedor de estos tiempos.
