Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... La solidaridad es un valor por excelencia que se caracteriza por la colaboración mutua entre individuos, lo que permite superar terribles desastres: guerras, pestes, enfermedades, entre otros. Es deseable tenerlo en cuenta además con nuestros familiares, amigos y/o conocidos que se encuentren en situaciones difíciles, quienes con la ayuda recibida podrán salir adelante o por lo menos mejorar, en cierto modo, la situación crítica que les toca vivir. La solidaridad entre los seres vivos permite resistir a las adversidades que se presentan a lo largo de la vida, la mayoría de las veces imprevistamente. La persona solidaria nunca duda en colaborar y apoyar a todos aquellos individuos que se encuentran en situaciones desfavorables. Esto le permite distinguirse de las indiferentes  y egoístas ante sus compañeros de ruta. Es importante fomentar la solidaridad desde la infancia ya que es la base para el desarrollo de otros valores humanos que refuerzan los lazos familiares y las relaciones de confianza, imprescindibles para una vida plena, sana y Feliz.

Definición encontrada en la web, entre tantas similares.

palmas

La historia protagonizada por el Gordo Emilio Ustaris ocurrió en el hall de su casa y duró el tiempo que le llevó al Sordo Carrizo sacar de raíz la palmera en el fondo del patio, tres tardes enteras a la vuelta del trabajo, digamos de dieciocho a veinte y treinta controlándolo porque este no escucha pero tampoco es boludo como para regalarle plata.

Hacía varios años la madre del Gordo venía presagiando que esa absurda planta, último berretín de su ex marido, iba a caerse sobre el techo recién cubierto con membrana por causa de un  tormentín. Entonces vas a ver,  rezongaba la mujer con voz de bisagra sin aceite. Rompió la paciencia de su único hijo meta sonsonete: hay que llamar a un hombre que sepa, hay que llamar a un hombre que sepa, hasta que un lunes el podador cruzó la cancel victorioso con el hacha envuelta en arpillera, sombrero de paja y alpargatas, caminando atrás de un Ustaris resoplante y harto de los rezongos maternos que vivían  haciéndolo responsable único de todo lo que pudiera ocurrir.

Porque para la mujer las cosas negativas eran obligación de aquel  hijo que vivía con ella desde su nacimiento, cincuenta años atrás. Ella únicamente era testigo de las desgracias anticipadas. Como pagaba todas las cuentas de la casa: luz, gas, impuestos, almacén, mantenimiento y vestimenta para ambos,  se consideraba exenta de responsabilidad por cualquier desgracia doméstica que adjudicaba a la dejadez del Gordo. Reconozcamos que Emilio aceptaba el reparto de las responsabilidades porque le salía regalado. Treinta años como  empleado contable de Aceros Peretti para arreglar los desaguisados de cuanto contador prestigioso traía la firma le garantizaban un muy buen sueldo, suficiente para sus costos: cerveza a discreción, bingo con suerte diversa los miércoles por la noche, dos o tres amigas capaces de acompañarlo en cenas y viajar en la cama después de un polvo sin promesas de amor eterno, escuchándolo delirar proyectos fabulosos, más las sagradas dos semanas de vacaciones en Miramar,  invierno y verano, en casa de tía Ursula que desde la adolescencia lo esperaba cada año con todos los gastos pagos, incluyendo los jugueteos con su prima Marilina, que disimulaba algunos kilos demás siendo accesible y querendona all inclusive con hombres generosos, según reía cuando  el Gordo preguntaba, después de fogosas cabalgatas, teniéndola al contado en la cama triple ancho de la tía, convenientemente fuera de la casa hasta la noche.

Mientras el Sordo Carrizo pasaba por el hall con las primeras hojas abanico hacia la calle, Emilio Ustaris pensaba y pensaba cómo recuperar la guita del trabajo encargado. Recién llegado del laburo, los codos en la mesa lustrosa del comedor, el mate, el termo, algunas masitas dulces sobre un plato sopero, revolvió ideas acumuladas hasta que encontró una que latía desde años atrás: cuántas personas de esas que se declaran amigos serían capaces de echar mano al bolsillo y darle billetes a los demás, principalmente a él.

Capaz de convencer al Cristo Redentor de mandarse un clavado al abismo en Río de Janeiro, recordó el juramento solemne de sus compañeros de la secundaria, cierta tarde de invierno: ayudarse como sea cuando llegaran las malas de la vida. Aunque se encontraban dos veces al año en almuerzos aburridos de anécdotas en las que iban borrándose apellidos, detalles,  protagonistas, el Gordo solía recordarles el compromiso resguardado en un cajón de su memoria como un testamento inalterable.

Trajo al comedor el teléfono sobreviviente de ENTEL y se dispuso a su planificada tarea de estudiar la conducta humana para  mangar plata. A un costado, por el corredor demarcado con sillas, Carrizo iba y venía con trozos de palmera cada vez más grandes a medida que pasaban las horas y las llamadas del Gordo Ustaris intentando obtener billetes de sus ex compañeros, en realidad, ofreciéndoles la oportunidad para demostrar que eran hombres y mujeres de palabra.

El Gordo veía pasar al de alpargatas, transpirado en su aislamiento sonriente, la  carga al hombro como en Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril, y sonreía comprensivo.  A cada infructuoso intento, las bolsas de tierra con raíces sobre la espalda del Sordo le parecían paladas sobre las tumbas de los incumplidores.  Al  principio el hombre aferrado al teléfono como un actor exigido en la fibra más íntima de su talento, esbozaba un llanto para reforzar su pedido económico por poco tiempo, vos sabés por lo que se pasa cuando aparecen las desgracias. Las gargantas compungidas fueron tejiendo excusas: estoy en vacaciones en Catamarca, es el único momento que puedo dedicarle a la familia, Gordo querido, pero cuando vuelva vemos. Qué macana, Emilio, me agarrás en plena crisis, invertí en las cocheras y todavía no recupero nada… cómo se extrañan aquellos años del Nacional, llamame en un par de meses y ahí estaré, cómo voy a dejarte en la estacada, che.

Ustaris fue agregando específicos malestares a su demanda: estudios médicos de alta complejidad para determinar qué clase de enfermedad lo aquejaba, internaciones prolongadas y juntas de especialistas, medicamentos importados que costaban un huevo y medio sin cobertura social. La respuesta era invariable: Mirá, ahora estoy embarazada de mellizos, justo de vieja, pero quería tener un pibe y …..  Gordito, Emilio querido, dame unos días y algo consigo, yo te llamo. Estoy con problemas en mi constructora, pero siempre se puede por un amigo. Quedate tranquilo.

Para el contable el mundo se borraba en cada negativa, llegó a dudar inclusive de aquella indoblegable confianza en sus fuerzas. Al fin, sumó un horrible tumor a la descripción inicial como último recurso. Claro que si, Ustaris, contá conmigo, qué mala pata, mirá, guita no me queda nada porque termino de pagar sueldos, pero por lo menos una recomendación en el Hospital Otamendi, o en el Alemán, te puedo dar, todos profesionales de primera. Llamame en dos o tres días, dale. Así, todos calcados: Felisa Martinoli viuda, con su pensión escuálida, Marcos Delsai en la soledad de su despacho esperando el inminente despido por cierre de la empresa, Diana Holmberg que   encima le mangó, llorando, trabajo para su hijo adolescente. Inútil empeorar su estado, agregar la palabra terminal, pocos días de vida. Nada. Emilio Ustaris llegó a arrodillarse en el piso salpicado con hojitas de palmera, suplicante. No hubo caso. Terminada la lista ya no hubo a quien llamar.

Puteaba a la Humanidad entera cuando el podador terminó su tarea. Escuchó con bronca que su madre le pagó ceremoniosa, ella admiraba especialmente a la gente transpirada, y vio pasar a Carrizo rozando respaldos de cuerina, esta vez sin retorno, el hacha nuevamente emponchada en la arpillera, las alpargatas impecables como si nada, el agradecimiento bailoteando en la sonrisa tímida para no molestar.

Esa noche, como todas,  Ustaris  volvió del bar, recalentó la comida a baño María preparada por la vieja que seguía viéndolo jovencito. Pasó por el dormitorio donde la anciana miraba a Sofovich, recostada en la cama. Cuando le daba un beso en la frente, escuchó su voz corroída:

-Emilio, me olvidé de decirte, Carrizo dejó esto para vos.

Un sobre doblado, con restos de tierra, salió del cajón de la mesita de luz como un gorrión moribundo. El contable lo abrió apurado mientras  lanzaba una carcajada de gol agónico al cielorraso despintado. Los billetes con arrugas cayeron sobre la colcha junto a la nota de letra espantosa. El Sordo ofrecía ayudarlo frente a su enfermedad terminal con un modesto haporte, con hache de cartilla caligráfica.

Entre risotadas hiposas, colorado de felicidad, la camisa desabrochada en la panza perfecta, Ustaris gritó a la madre concentrada en el cuchillo de la participante bizca, que sonreía victoriosa por el corte en dos en mitades perfectas, entre aplausos grabados. El gordo aprovechó la ovación brotando del aparato veinticuatro pulgadas para tomar impulso:

-Vieja, yo tenía razón cuando te decía que Carrizo no era sordo …. Me debés las dos lucas que jugamos.