Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud....

La entrada de la frutería era realmente angosta y el lugar más pequeño de lo que nos parecía en el barrio. Lo recuerdo parado en la puerta como quien sale al escenario por el centro de las dos filas de cajones en pendiente hacia el centro de la vereda.

Apenas panzón, morrudo y tirando a bajo, la cara ancha con una cicatriz profunda en la mejilla izquierda, el bigotito como pintado, la tez blanquísma. Infaltable el chaleco violeta con bordados negros sobre la camisa de mangas largas, en cuyos puños percudidos por el manoseo de la mercadería jamás dejó de brillar el par de gemelos.

Para mis ojos asombrados aquellas pequeñas alas cercanas a la mano eran de oro, lo mismo que la cadenita que salía del bolsillo de la prenda exótica para terminar en un redondo reloj con números romanos.

Los dedos colgaban del chaleco en posición de descanso, ambos pulgares perdidos entre el color que hacía juego con la policromía frutal. Dividiéndolo en dos, ecuador de cuero trabajado, el cinturón ancho que me daba miedo, y hasta el suelo un pantalón ajustadísimo planchado como por ángeles, con una perfecta raya en cada pierna.

Curioso ese temor de mi infancia por los jeroglíficos repujados en la cintura, tal vez porque no podía descifrar su significado, tal vez porque me lo imaginaba restallando en la espalda como castigo por cualquier falta. Lo mismo sentía al ver el anillazo macizo del dedo chico de la izquierda que hacía parecer más grande el puño cuando me apoyaba la derecha debajo del mentón cada vez que me veía aparecer de la mano de mi vieja.

En verdad me asustaba el verdulero todo, y más si lo escuchaba decir con suavidad de mafioso: buen día, ¿qué le podemos ofrecer hoy a la estimada señora?.

Sin embargo, después de tantos años, lo que hace inolvidable la memoria de “El Nicoleño “, como todo el mundo llamaba indistintamente al lugar que no tenía nombre y a su “dueño y administrador“, así se definía el hombre susurrando como si hablara para alguien poderoso en algún lugar lejano o como quien putea al destino por retardar la recompensa a una vida inmerecida, era el cuadro con marco labrado con la foto de Frank Sinatra que presidía el lugar sobre la pared del fondo, imposible de ignorar detrás de la balanza.

En blanco y negro, joven y sonriente, el cantante tenía realmente un parecido apenas imperceptible con el frutero que decía ser su primo segundo. Aquel descendiente de italianos miraba con cara de atorrante bajo su ladeado sombrero a los clientes como si fuese el real dueño y administrador, y al igual que su pariente parecía esperar el dulce licor de la felicidad.

El Nicoleño apenas si levantaba polvo del piso de machimbre mientras atendía con el aparente desinterés de quienes dominan realmente su oficio. Ágil, pero sin correr, subía y bajaba a grandes zancadas los escaloncitos que separaban los desniveles del angosto local.

La figura del actor norteamericano, en franca decadencia de popularidad por aquellos años sesenta, se mantenía limpia y brillante detrás del vidrio que la protegía, colgada junto al pequeño reloj cucú traído de Córdoba adonde El Nicoleño iba de vacaciones todos los años con Irene, la paraguaya con la que estaba casado desde siempre, a la que jamás dejó pisar la frutería. Algunos dicen que debido a su singular belleza. Otros, sostienen que por su facilidad para ir a la cama con una sonrisa y dos palabras dulces. La mayoría, como siempre, une los dos motivos.

La calidad de la mercadería era la razón por la que toda la cuadra iba a comprar allí, aunque sospecho que las mujeres sentían una extraña seducción por semejante personaje. Se inclinaban sobre los cajones ante su atenta mirada que les quitaba la ropa y las motivaba para verificar al tacto cada una de las verduras o frutas.

Frank

La mano del mandamás rozaba apenas a cada clienta como al descuido. Mientras controlaba el movimiento de la aguja bailarina, el hombre contaba como sin ganas y para nadie, los sufrimientos sentimentales de su presunto primo Frank por Ava Gardner que lo habían arrimado varias veces al suicidio. Como las señoras, yo esperaba siguiéndolo desde mi estatura perpleja. Al nombrar a la actriz de belleza fatal, el hombre de la cicatriz sacaba una manzana del bolsillo izquierdo del chaleco a la que arrancaba un mordisco perfecto de sus dientes parejitos.

Las doñas, sin mirarlo, suspiraban con melancolía de Radiolandia por el hilito de saliva que rozaba imperceptible las comisuras arrugadas.

Después se daba vuelta, guiñaba un ojo a su pariente en lo alto y ponía su puño cerrado sobre mi mentón o sobre la mejilla de la señora de Salaberry, la viuda Gutiérrez, Carmen Degliossi o cualquier otra vecina absorta. Cuando le pagaban con plata grande se perdía tras las cortinas de tiritas que a modo de telón lo sacaba de escena por un momento. Regresaba para dar el vuelto y regalar la sonrisa calcada del cantor.

Las pocas veces que pescaba algún comentario en casa sobre el personaje, alguna sobremesa de domingo a la hora de pelar las naranjas de ombligo, mi padre lo llamaba payaso y mi vieja, baboso y ladrón.

Cuando Palito Ortega anunció la llegada de Frank a la Argentina, todos los que conocíamos a El Nicoleño supimos que algo debía pasar. Sin embargo, el hombre se mantuvo extrañamente callado envuelto en una sonrisa misteriosa, agrandada.

Un viernes a la tarde, previo a la actuación de Sinatra en Buenos Aires, anunció entre dientes que el lunes temprano viajaría a Las Vegas en primera clase invitado por su primo Frank. Debía hacerse cargo inmediatamente de la administración del nuevo hotel que Sammy David Jr y La Voz, habían adquirido un par de meses atrás en la ciudad del juego limítrofe al desierto. Nadie mejor que alguien de la misma sangre para cuidar los intereses de la familia.

Me acuerdo bien que el lunes, al volver de la escuela, me quedé un rato largo parado frente a la puerta cerrada del local.

Había pegado, con cinta adhesiva sobre el vidrio sucio, aquel cartel con letra prolija acompañada por una foto Polaroid: Frank Sinatra sonreía junto a El Nicoleño y su bella mujer, uno a cada lado, los abrazaba distendido. Las lágrimas de una emoción desbordante, como las que supe mucho después se disfrutan las venganzas, no me dejaron leer las palabras hasta un rato largo después, cuando supe la verdad.