Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Pretendemos dilucidar un libro, una película, una pintura, como si se tratara de una ecuación matemática que exige un único resultado, una indiscutible solución. ¿Por qué abandonamos tan rápido la lectura de un relato apenas los personajes o las situaciones no están prolijamente hilvanadas desde el principio al fin, donde no todas las voces se expresan con obviedad, sin inquietantes finales abiertos? ¿Será porque la vida se parece mucho a esa ficción plena de sobrentendidos y claroscurosque desechamos apenas nos descoloca desde las páginas, en la butaca, sobre las paredes de un museo? ¿Tal vez nos cuesta o nos aterra reconocer que nuestra propia existencia se encuentra repleta de momentos que no podemos componer ni relacionar a menos que nos dejemos guiar por intuiciones, deseos, arrebatos del alma? ¿Quizás temblamos al darnos cuenta de que nunca nada tiene un final feliz que chorrea?.
El ingeniero que no vuelve del ridículo
No lo entiendo al ingeniero, presentar la renuncia de golpe, así como así, cuando íbamos a empezar en el proyecto de Miraflores y era posible su ascenso. Meses planificando las cosas para tomar semejante decisión en una tarde. Ni siquiera vino a decírmelo. Me imagino la reacción del doctor Zulueta. Aunque parece que está de buen humor porque abre la oficina meta reírse con un vigilador y me dice pase, pase, no lo va a poder creer.
Así es el amor
Las mujeres me van a volver loco. Ya es la segunda en menos de un año. Gladys en febrero, porque se calentó con una brasilera en el carnaval de Corrientes y largó la limpieza para irse a Río de Janeiro. Puso una foto en feisbuk, la muy desgraciada: las dos en tetas besándose por la playa. Qué desperdicio. Y ahora, ésta. ¿Cómo van a contratar a semejante hembrón? En cuanto pudo, se arrimó al Mellizo Suárez, contratista del personal de limpieza. Esta mañana llama el susodicho, me dice García arreglate con una menos, porque Mavi se va conmigo de vacaciones y ya no vuelve. Encima murmura Mavi, cuando en estos meses fue la culona, y ponía ojos en blanco al nombrarla. Hay que joderse.
Seguridad ante todo
El guardia de seguridad la conoce porque siempre la ve entrar o salir con las de la limpieza del edificio de oficinas y esas piernas no son comunes por estas pampas. Cuando pasa cerca puede oler el perfume y se calienta, ¿cómo evitarlo? Ni hablar al escucharla decir buenas noches. Pensando en ese orto se le paran hasta las uñas de los pies. Pero uno está en su trabajo, como le recuerda su jefe, el mayor Franzotti, refregándose el ojo de vidrio. Y la tarea hay que cumplirla. Por eso le llama la atención el Taunus azul, solitario en la playa desierta. Nadie le avisó algo especial. Mejor asegurarse, piensa, no vaya a ser cosa. El hombrón llega en seis o siete pasos al lado del auto, veal trajeado antes de que baje el vidrio. ¿Cómo se iba a imaginar encontrarlo así, los pantalones bajos, la mano en el pedazo, sin saber qué decir?
El encargado del motel
El turno se venció y el encargado llama por teléfono para avisar. Hasta ahí todo normal. Lo que no resulta habitual en la sesera de este señor de sesenta y tantos que cubre el turno de noche porque ya lo afanaron dos veces y no le importa demasiado que lo liquiden o morirse solo en su casa, es la voz del cliente, el Mellizo Suárez, dueño de la empresa contratista de limpieza, que pregunta, angustiado, si no vio a una morochita que salió hace rato. El caballero simula desconocerlo, dice que no, cuelga, suelta la risotada.
Trucos de la desgracia
Brillan más las luces cuando la desgracia termina de desplegar sus trucos sin esperar aplausos de nadie. Se sufre en silencio que es sufrir seis veces, sin poder decirle a ella, una mujercita adorable de la limpieza, que es una turra, que eso no se hace, que de dónde apareció tanto odio. Se comprende aquello del cebo en la trampera cuando estallan los hechos en velocidad de flash informativo. ¿Cómo pude ser tan pelotudo? Llegó espléndida, subió al Taunus y me besó como solamente ella puede, mientras se abría la blusa y me llevaba la mano a los pezones erguidos. Después me bajó el cierre, se prendió a la matraca y me puso al mango. Entonces me dice esperá un poco, papi, que voy hasta la farmacia de la esquina a comprar cremita, así jugamos ¿dale? Quedé caliente y lleno de ratones. La miré irse y pensé: no voy a aguantar llegar al departamento.
Andá subiendo
Pero si será guacha… cómo pudo hacer eso conmigo, cómo se le ocurrió semejante idea para cagarme la vida. Negra soreta, en cuanto pueda encarrilar este quilombo, le voy a hacer la vida imposible. Primero nos encontramos, me franelea de arriba abajo en plena oficinita, me pasa la mano por la bragueta, me frota por la cara esas tetas increíbles apenas sujetas en la blusa sin corpiño, salimos por la portería de proveedores abrazados, vamos hasta el hotel planeando las vacaciones en Pinamar. En la puerta me dice andá subiendo que enseguida te veo, voy a comprar forros porque seguro no trajiste y una cremita maravillosa para divertirnos, ¿sabés? Me quedé solo, al palo, esperándola en bolas cerca de la cama, cuando sonó el teléfono. Si será turra, negra de mierda.
Siempre hay que esperar algo.
Las siete de la tarde. Hace una hora que fuma dentro del Taunus azul que hace rato su mujer le viene diciendo que debe cambiar porque no es auto para un ingeniero, vos no te das cuenta pero a esas cosas todo el mundo las ve. Está en el estacionamiento especial para los fuera de convenio en un lugar que eligió esta mañana, para eso llegó bien temprano, desde donde puede ver perfectamente la vereda bien angosta por donde aparecerá ella en los próximos quince minutos, con su cuerpito perfecto que seguro cuando venga viniendo no será tan negrito como cuando llegue al borde del auto y suba, sonriendo y él, cazador cazado,tirará el segundo cigarrillo después del que fuma ahora mientras la imagina, la dibuja en el deseo certero, no hay caso con evitar que el corazón se desboque con tanta anticipación, piensa. Debe ser la falta de costumbre
El aburrimiento es un desierto
Camina hacia su pequeña oficina mientras el atardecer enrojece los tanques más altos de la terminal de despacho a sus espaldas, y debe ser la primera vez en muchos años en que los zapatos de seguridad no le pesan de cansancio como siempre a esa hora, aunque por excepción hoy no se quede más tiempo. Silba un tanguito automáticamente, como siempre que necesita reforzar la autoestima. Va en busca de una mujer muy joven, eso no es lo menos importante para su orgullo, que saca pecho desde que comenzó sus negocios con la fábrica. Una negrita llena de curvas peligrosas que por poco le pide por favor que la llevara al hotel, que se fueran de vacaciones. Si hasta percibe con satisfacción que, en la seguridad con que se mueve desde el vestuario hasta la oficinita donde se guarece, alguno de los olfas que a esa hora van y vienen sigilosos, pueda descubrir que se va a encontrar con una de sus contratadas, la culona, la única que está muy buena del grupo de las niñas de Ayohuma, como le gusta decirles. La verdad, la mina que todos quieren voltear y a nadie le dio calce hasta ahora más que a él, y encima él sabe y todos los que revolotean por su escritorio pidiéndole que la mande a repasar un día más por semana, también, cuánto tuvo que remar la pobrecita. Y bueno, ella debe saber, piensa el que piensa.
Vísperas de la felicidad
Las siete de la mañana del día en que la negrita le dijo mejor esperame esta tarde adentro del auto, en el estacionamiento especial, que en cuanto termino las oficinas nos vamos juntos. Es mejor y así no tomás frío, susurró con esa sonrisa inolvidable, escoba en mano, dándose vuelta para que los de mantenimiento que siempre están arreglando lo que funciona, descubrieran las palabras cuchicheadas al oído del ingeniero, él por supuesto, y después siguiera indiferente por las miradas deseosas de todos los demás. De todos esos pensó otra vez, que no la van a tener como yo esta noche entre las sábanas. Pero hoy es el día y falta mucho para las siete de la tarde. Y mejor ponerse a laburar con todo, que cuando hay una ilusión ahí adelante, la vida se parece a un viaje, a una torta de chocolate, a un día para recordar.

