Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.

 Astor panadero

Los más memoriosos recuerdan que de joven trabajó en la panadería de Lucianti, que era peleador cuando le decían jirafa y que le gustaba una piba rubia que iba al Colegio de Monjas. Vaya a saber.

Siempre lo conocí más alto que los demás, más delgado que el resto y casi un fantasma, vestido de blanco de la cabeza a los pies.

Nuestro primer contacto fue en la cuadra de su panadería de la calle Ameghino y el último, también. Trabajaba desde la tardecita hasta el amanecer, dormía dos horas y ya estaba de vuelta por el salón del negocio, reclinando la cabezota rojiza, rulienta, sobre las facturas, el pan, lo que viniera desde aquella cuadra que le decía. Y viéndolo se comprende que le dijeran jirafa, la verdad le digo.

En su negocio nunca trabajó nadie que no le gustara, que no pasara la prueba de su mal genio, de su perfeccionismo. Tal vez por su altura, tal vez por su mal talante, nunca se le retobó nadie y así estuvo rodeado de especialistas, de fanáticos de la panadería.

Amasaba sus especialidades de nombre extraño: Pantango, Feliponga, galleta camorrera, Pamperitos (en homenaje al Pampero García, grande en la memoria del CADU), y los famosísimos Mascarettis, largos, gruesos, que revelaban su tono dulce después de chuparlos un buen rato.

El maestro repostero que siempre lo acompañó se llamaba Gaspazzo pero le decían Agri por su carácter de mierda. Tal vez por eso al flaco le empezaron a decir Astor.

Aquel Agri era apreciado por sus lenguitas pigaffinas, los merengues con corazón de whisky bautizados Pinochos y unas tortas de chocolate, mojadas en cognac, con dibujos de notas musicales en dulce de leche, a las que llamó Atendeme, haciendo referencia a su amigo Mingo Elorriaga.

El que inventó aquello del desafío de los panaderos fue Mario Montanari, y con los años fueron perfeccionándolo quienes tenían programas de televisión en aquel Teledelta que los pibes ni recuerdan.

Reunían a los que se autotitulaban los mejores maestros del pan y durante veinticuatro horas transmitidas en directo, buscaban a un trío de panaderos famosos que vivían en San Pedro, capital nacional de la ensaimada, para que juzgaran.

Astor no ganaba nunca. Alguna vez por un poco de sal en exceso, otra vez por demasiado crocantes, en ocasiones a causa de un toque inadecuado de vainilla, sus creaciones quedaban segundas o terceras.

Desde luego el gigante decía que era un incomprendido, que el pan de los demás era una bazofia, que el gusto de la sociedad era mediocre, que sus productos de panificación eran lo más grande que se había visto en la zona. Y cada vez que lo derrotaban ofrecía todas sus mercancías gratis en una mesa descomunal tendida sobre la vereda del local. Allí discutía horas sobre texturas, sabores, cocciones, harinas.

Cuando llegó el concurso de 2000 se reunió dos semanas con el maestro Agri para planificar cómo pasar a la historia por ser quien mejores panes hacía en el inicio del siglo 21.

Nunca trascendió que conversaron, qué recetas intercambiaron, qué materias primas decidieron comprar. Salieron contentos, convencidos de ser absolutamente originales.

A los veinte días, Astor, más flaco, alto y ruloso que nunca, se presentó entre una veintena de competidores para cocinar ante las cámaras de la tevé ya globalizada, bajo la atenta mirada de vecinos indiferentes o simples curiosos de aquello que tiene luz brillante.

Ni bien los jurados terminaron su tarea, todos sabían que Astor era el triunfador. Era un deseo colectivo. Y así rompieron en atronadores aplausos cuando le entregaron el trofeo especial de Treffinger, y se abrazó por única vez con Agri, que ni sonreía para la foto.

Lo que pasó más tarde no se lo explica nadie. La panadería no lo vio aparecer al dueño y el repostero debió hacerse cargo. Recién al atardecer se enteraron de que Astor se había fugado con la hija de Agri, de apenas veinte años, luego de vender su propiedad más el terreno a una inmobiliaria del lugar que dada la magnitud de la operación no dijo nada hasta que el periodismo investigó. Las deudas habían quedado pagas.

Desde entonces el mago de las confituras anda de viaje, de panadería en panadería, buscando por todo el país un pan de nombre raro, un indicio de aquel genio incomprendido a quien mataría de buena gana en caso de volverlo a ver.

Astor Piazzolla y Roberto Goyeneche

Polaco vigilador

La primera vez que nos cruzamos en el barrio descubrí el parecido. Y creo que en ese instante él se dio cuenta porque sonrió con un toque de vergüenza, como le debe pasar a los artistas cuando empiezan a ser famosos, porque después ya se sabe, a todo se acostumbra la gente.

Además era tan obvio, yo no se cómo los vecinos, ahora que salió en los diarios, dicen que nunca se les pasó por la cabeza que era igualito al Polaco, al de los últimos tiempos, obviamente. Es cierto que muchos son jóvenes y ni siquiera lo vieron en fotos, pero es una falta de respeto no conocer a un ídolo popular. Cada vez me convenzo más que el problema de esta época es la falta de actitud, mi abuelo me lo decía y yo tampoco lo entendía en esos años.

No hacía mucho que vivía en la casa de la tía, tremendo caserón con un patio de media cuadra. Una tarde llegó desde Entre Ríos a cuidarla cuando se enfermó y los médicos la desahuciaron.

Nadie prestó mucha atención a ese hombre flaco y un poco así nomás que iba de un lado al otro con aquel Fiat 1500 qué vaya a saber de dónde había sacado, que se encargaba de todo. Porque la vieja, que se llenaba la boca con el hijo médico en Buenos Aires, si no hubiera sido por Ataulfo, ese era el nombre verdadero de nuestro Goyeneche, hubiera cerrado los ojos sola como un perro. Después del entierro, parece que la mujer lo arregló con escribano, el hombre se quedó a vivir en la parte de atrás.

Parece que lo veo salir a la calle a la tardecita, la camisa amarilla con rayas negras finitas fuera del pantalón, un poco encorvado, pero como si se hubiera acostumbrado a la pose, no por dolor en la columna, el pucho asomando de los dedos huesudos y largos, amarillos de tanto subir el humo por la costumbre de apoyar las manos en las caderas, como si siempre acabara de salir de la cama y estuviera a punto de desperezarse. Y la infaltable cadenita dorada colgando en la muñeca izquierda, que se puede ver en la foto, a pesar de que el cuerpo aparece tapado con papel de diario.

Doy fe porque cuando el verdadero Polaco cantó en la confitería de CADU y me acerqué a la barra para saludarlo, se notaba a la legua que era de oro puro.

El martes pasado hablamos un rato largo, cosas del destino, lo que nunca. Cuando me vio llegar a casa se cruzó con ganas de charlar. Si hacía falta, ahí pude confirmar el parecido con un frío por la espalda: el bigotito fino pegado al labio, los anteojos descansando en la nariz, la voz carraspeada y lenta de los que tienen sed, buscando las palabras con los ojos en ningún lado, la soledad desnuda que nunca tiene explicación. Habló de corrido, como si fuera lo mismo quién estuviera delante.

Recuerdo una a una las palabras que fue eligiendo y hasta podría escribirlas sin error: “me apareció este trabajito de sereno en la Siam y la verdad es que lo prefiero a andar de remisero de madrugada, como está la calle hoy es preferible un lugar seguro, además, con este autito muy lejos no voy a ir”.

De mirarlo con la boca abierta apenas pude preguntarle por el horario, los francos, esas cosas. “Hago de cinco a cinco y un día libre, aunque yo prefiero trabajarlo “ agregó de espaldas, por subirse al coche que parecía esperarlo como un pingo. Antes de encender el motor y fraseado a la manera de Garúa, nunca voy a olvidar aquellos silencios precisos, susurró sin música posible, : “qué voy a hacer en esta casa solo todo el día “

La noche del 31, dice la crónica, unos mocosos pasados de vueltas fueron hasta la Siam en moto a robar cualquier cosa y le pegaron tres tiros. La guardia lo encontró horas después tirado en un charco de sangre, la radio chiquita a todo volumen. Y la voz del Polaco, esto lo digo yo, despidiendo a su hermano, tango tras tango.

 

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