Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud
Yo estaba atrás de todo en el semicírculo alrededor del zaguán, compartiendo ese silencio raro que se hace en un segundo cuando hay mucha gente ansiosa y una desgracia, porque en la buena solamente aparecen los parientes mangueros. Chismosos, diría mi madre, asomándose por la cancel esperando algo inminente.
Tuve que ponerme en puntas de pie y levantar la cabeza para ver salir de la casa alquilada pocos meses antes al contador González, con la cara roja, mojada de lágrimas, pero sin perder su impecable peinado raya al medio. De un lado lo tomaba del brazo un petiso llamado Arvenz, que era oficial de Justicia o algo así, al que no quería nadie y del otro el Dippy Herrera, recién enganchado en la policía, que parecía tener vergüenza de todo.
Años después contó las cosas que había oído adentro. La cuestión es que la historia se resolvió, como mucho, en media hora. O al menos la primera parte, ya van a ver.
El Petaca Borresi, que en paz descanse, fue el primero en verlos llegar. Dijo que tocaron timbre, que se asomó el contador y Arvenz le mostró una orden o algo así y se mandó sin más, mientras Dippy pasó pidiendo disculpas.
La señora Del Campo, que tenía el quiosco casi enfrente, cerró la puerta como buscando proteger la intimidad. Siempre que pasa algo grave la gente se vuelve medio niña, vaya a saber por qué. Enseguida subieron a González al único destartalado patrullero que por entonces mostraba la comisaría estacionado frente a la puerta por donde nadie quería entrar. Salieron despacio, manejaba el agente Fernández, y la curiosidad del grupo se fue desinflando como un globo, hasta que se resumió en el viejo barrendero -¿cómo se llamaba?- y su escobillón cosiendo la mañana.
Desde mi edad de primer año secundario fui el único que vio la cara de la mujer del contador Gonzalez, asomada a la ventana alta entre la punta de la cortina tejida al crochet. Seguro buscaba mis ojos por esa pequeña grieta. Si yo hubiera estado en su lugar también los hubiera buscado. Seguro.
Pensar que esa fue la última vez que los vi juntos. Al contador lo soltaron a la madrugada, tres día más tarde. Según la usanza de la época, se comió una manga de palos y quedó libre gracias al Ancho Sívori, el famoso contrabandista, agradecido a Gonzalez que atendía alguno de sus negocios y justificaba cada centavo para pasar sin problemas los controles del fisco. El hombre fue trasladado a la sucursal Rafaela y la mujer consiguió un puesto en la Escuela Normal de allá. Después, olvido, como es costumbre.

Pero mejor empezar por el principio, hay gente que lo necesita.
En mi barrio siempre pasaban las cosas cuando volvía de la escuela. Me acuerdo bien del mediodía en que los González llegaron, pleno octubre, a dos días para mi cumpleaños. Se había formado un semicírculo de chismosos alrededor del zaguán. Me acerqué al camión de la mudanza atraído porque bajaban muebles nuevos, de los que mostraba lustrosos la vidriera de Pigafetta .
Tony Chorchillo, un muchacho entonces, custodiaba la descarga para que no se rayara el pulido espejo de su firma a puro orgullo. La novedad era fuerte porque en todas las casas que conocía hasta ese momento, camas, roperos y mesas de comedor, se recibían usados y por herencia. El contador González venía para ser Gerente del Banco Provincia, lo que aseguraba respetuoso prestigio, se sabe cómo la plata hace caminar al cojo. Su esposa sería profesora de Física en el Nacional.
Había un sol parejito y el típico ambiente festivo de cualquier situación inusual a la rutina de la cuadra que esta vez terminó de apagarse recién cuando anunciaron la llegada de la orquesta de Pugliese para la fiesta del pueblo. Yo traía escondido en la carpeta, fresquito como una uva, un dos en matemáticas que aseguraba, una vez más, el casi seguro pasaje a examen de la materia, confirmando la teoría materna según la cual, finalmente, no iba a sacar nada de mí. Todo por no seguir el ejemplo de mis hermanas mayores, Susana y Marta, que se eximían tranquilamente en todas chupándole las medias a los profesores.
Pasaron algunas semanas de calma chicha mientras la primavera iba apretando el puño. Un viernes a la tarde llegó Atlanta para jugar un amistoso con Belgrano. Luisito Artime y el adolescente Hugo Orlando Gatti, firmaron autógrafos a la fila de pibes que nos juntábamos en la puerta de la cancha a cambiar figuritas Starosta. En silencio y sin alzar la cabeza, sentados en dos sillas chuecas del bar, los jugadores sonreían sin ganas garabateando papelitos.
Volví a casa contento. Sentado a la mesa, esperé junto a Susana y Marta que mi viejo cumpliera la ceremonia de servir la comida que mi madre preparaba pero que jamás comía con nosotros, aunque nos acompañara desde su lugar pegado a la ventana de la cocina donde cosía para afuera todo el día, dándonos la espalda. De perfil, adiviné un reproche en los ojos mientras la boca tironeaba un hilo rebelde. Después de tomar agua, habló mi padre que era incapaz de abrir la boca ni para gritar cuando se martillaba un dedo en la fábrica. Lo habían llamado de la escuela para informarle de mi bochazo en matemáticas y que tendría una última oportunidad para salvar la materia por única vez.
Escuché, palabra por palabra, que la esposa del contador González me esperaba a partir de mañana para darme clases particulares y comprendí también cómo se arruinaban de un saque los picados en la cancha de Belgrano de allí en más.
Fue el día antes de rendir el examen que se me ocurrió la idea de la denuncia. Hay cosas que tardan en madurar y otras que brotan de quién sabe dónde. Llamé desde el teléfono público de la plaza porque necesitaba decirlo de corrido para convencerlos y convencerme. Tanto, que al final me largué a llorar sin consuelo, creo que ni yo sabía de mis dotes de actor. El contador Gonzalez, a espaldas de su mujer cuando ella me dejaba solo practicando ecuaciones, me metía la mano adentro del pantalón. Varias veces.
Después que se lo llevaron de la casa, tuve que repetir todo en la comisaría delante de la asistente social que me vino a buscar, mi viejo, más mudo que nunca, el petiso Ardenz, el Dippy Herrera y el contador Gonzalez, blanco como un papel, que tenía otra denuncia por lo mismo en Pergamino, de dónde parece que venían. La vida tiene esas cosas.
Finalmente, al otro día, aprobé el examen con un nueve, que al final era lo que todos querían.
