Cejas endiabladas

Carlos Riedel31 mayo, 2014

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud ....

Aquella mañana, lo recuerdo como si la neblina que guarda el tesoro del pasado se fuera despejando lentamente, mi hermano, el Negro Luján, se sentó a las seis media a desayunar como todos los días antes de ir al industrial del Bajo, donde cursaba el último año de Química, peinado rabiosamente para atrás, el azabache brillando de gomina, la crencha rozando el cuello de la camisa para hacer rabiar a los preceptores.

La vieja, seguro con las manos mojadas de lavar algo, payaseaba con el perfume exagerado del mayor. Se ponía un broche de la ropa en la nariz, para intentar disuadirlo de aquella manía que no lograba disminuir ni siquiera escondiendo las botellitas de Old Spice etiqueta roja.

Lujan tenía que recuperar su colonia antes de plantarse frente al espejo, desafiante de futuro. Alguna vez faltó a la escuela porque nadie se animó a decirle que la habían tirado.

La verdad, era un asco. Menos mal que el perfume de a poco iba mezclándose con el aroma de las tostadas, la miel casera y el café con leche. Entonces mi vieja lo miraba enamorada de su inteligencia, le arreglaba el cuello de la camisa y le daba un beso en la mejilla a su preferido. Si lo sabría yo. De memoria.

Al negro lo bautizaron Luján –su nombre de cédula provincial era Leopoldo Leonardo- cuando en 1972 juró irse hasta la basílica a pie si Reutemann ganaba con Mc Laren un gran premio de F1 que se corría en Brasil. El santafesino llegó primero y el negro se quedó con el apodo para toda la vida. Aunque decía que la carrera no daba puntos oficiales, tuvo que caminar igual.

Yo lo seguía a todos lados, a veces más cerca, otras de lejos como aquella tarde del 74, en que dejé mi rumbo para la escuela y me fui tras los pasos del Negro, inolvidablemente chueco, caminando despacio rumbo a la terminal con los dos o tres de siempre que lo acompañaban a todos lados. Creí que se iban a hacer la rata en Lima o en San Pedro, pero nunca supuse algo parecido a lo que sucedió.

La tarde del 20 de mayo del 74 yo todavía iba a la primaria turno tarde. Leía los libros que leía Luján y hablaba de los temas de su barra, aunque no entendía ni la mitad. Lo acompañaba a la José Ingenieros, veía las películas que daban en 16mm y me quedaba a escuchar esos enormes debates entre convencidos que querían convencer.

Alguien les pasó el dato a los del grupo, porque rumbearon derecho hasta el bar Coliseo. Y entonces apareció Arturo Jauretche caminando las veredas de Zárate. No sé si es necesario contar en detalle la llegada del viejo, que venía con una mujer joven a la que olvidó ni bien lo rodearon el Negro Luján y sus compinches. Daba gusto verlo franqueado por aquellos pelos largos que apretaban libros de tapa blanda.

Cejas endiabladas

Arrugado traje gris, más gordo de lo que después lo descubrí en tantas fotos tomadas años atrás, el ceño fruncido por las cejas diabólicas, cada tanto se paraba de improviso en la vereda desarmando el grupo que lo tenía como centro y se inclinaba hacia el lado izquierdo buscando con la mano, en gesto de tirar un cuchillazo, que las palabras chinchudas y burlonas se abrieran paso bajo su mirada siempre en guardia ante una respuesta imprevista. Al rato arrancaban todos de nuevo escoltados por los plátanos que entonces abundaban en el centro. Así hasta que entraron al bar.

No sé lo que hablaron porque apenas pude atisbar desde afuera y detrás de un auto. La mesa al lado de la ventana absorbió de golpe como un imán a todas las sillas del boliche, la panza de Don Arturo mantenía su espacio imprescindible ante aquella necesidad de todo el mundo de acercar el rostro a su discurso lento, fumado y cortado por carraspeos y largos vacíos de respiración torrentosa. La minita se le acurrucó al lado y el muy ladino cada tanto la acariciaba como recordando, al descuido.

No sé si vale la pena suponer que el viejo no vería bien el futuro cercano, el aire impregnado de muerte, la incontenible voracidad del odio que salía de su escondite sin disfraces. Las voces de los pibes le despertaban sonrisas socarronas ni bien hablaban de Patria, de cipayos, de zonceras y hasta de plata y mujeres. Recuerdo el incendio de gritos cuando se mencionó al Brujo y sus matones. El viejo cruzó los labios con un dedo tembloroso manchado de nicotina y miró para afuera buscando un Falcon verde. Yo rajé enseguida porque apretaba el frío.

Me perdí la disolución de aquel encuentro después que Jauretche leyera ceremonioso una carta con los anteojos colgados sobre la nariz, justo antes de los largos abrazos que no terminaban nunca de separar los cuerpos en el adiós. Algunos me contaron, muchos años después, que el viejo quiso saludar a Scocimarro antes de volverse a Buenos Aires en colectivo con la chiquilla de vaqueros apretados y pulóver bordó.

Una llovizna gris se desplomó sobre el puñado de pibes y sobre mi tristeza dentro de la escuela cuatro imaginando aquella cara grande de cura laico saludando para siempre, mano en alto, desde la ventanilla abierta.

Yo esperé inútilmente la vuelta del Negro Luján. Porque debo decir que siempre fui, y seguiré siendo para todos, el hermano del Negro Luján. Y la verdad es que esa dependencia ya no me molesta. Es más, a esta altura me hacen sentir orgulloso cada vez que lo hacen aparecer, la sonrisa morocha y entradora, cada vez que pronuncio el apellido que nos une. No todos podemos dejar la marca en esta vida, es así, aunque duela.

Nunca volvió. Y nunca fue más pibe en mi recuerdo desde aquella tarde, como una mujer no vuelve a ser tan hermosa como cuando descubre que está enamorada en serio.

Mi vieja se secó como una pasa sin animarse al pañuelo de las Madres. Murió como sombra de ceniza. Mi viejo mucho antes, de silencio.

El Negro Luján, atorrante auténtico, aprovechó los años que estuvo entre nosotros para que yo tuviera qué escribir a la vuelta de una existencia flojita. El recuerdo imborrable de esa última tarde con Jauretche nos une para siempre. Y acabemos esta historia de una vez, le pido por favor. No hay peor cosa que llorar para los lentes de contacto.