Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud
Desde el ángulo que forma el torno de control numérico puede verse la cara del norteamericano que dice algo y la del Ingeniero que lo escucha con gesto de entender aunque todos saben que no capta ni medio. Discreto, dos pasos más atrás, un solícito colaborador susurra la traducción.
Gabriel se pasa la mano por la frente borrando la escena y aferrando sus manos a los comandos que vuelven a humedecerse de sudor. Hace calor, hay ruido, el sol es fluorescente, el Ingeniero estuvo seis meses en Alemania viendo funcionar el aparato más moderno de la técnica torneril pero no pasa nada.
Los fierros, las chapas cromadas, los líquidos lubricantes están cada uno en su sitio sin dar señales de vida. Únicamente el importado yanqui arriesga a meter mano sin demasiados riesgos. Lo secundan dos o tres argentinos ingeniosos, de esos que no llegan a los altos niveles pero se las ingenian para mostrarse como si la formación les viniera de estirpe. El más petiso pide una arandela, un pelirrojo alcanza la pico de loro, el pibe Guazzardi vuelve con una arandela groove. Cambian, ajustan.

Zumba el torno a control numérico y avanza una de sus partes. Delgada, violeta, empieza a desenrollarse una viruta cáscara de la barra de acero. Gabriel resopla. Hay sonrisas de salvación. Me deben un asado, comenta el chiquito que se aleja gris en el negro del enorme ambiente.
Alguien da la orden de empezar a fabricar piezas de inmediato. Otro alguien objeta el ritmo despacioso de la tarea y sugiere eliminar cierto dispositivo de seguridad que –según su parecer- no aporta demasiada utilidad. Lo desarman.
Un selector automático examina las unidades: luz verde sirven, luz roja se rechazan.
A las dos horas el número de rechazadas es alto y una alta voz indica tomar algunos objetados como buenos, ya que el viernes deben cumplir con una orden de compra para Egipto, buenos pagadores.
Gabriel observa cómo colocan las piezas defectuosas en los cajones de color con etiquetas de letras grandes.
El norteamericano finge no saber lo qué sucede. Sigue de largo mientras le cubren la mirada. Sube a un remise pagado por la empresa. Se va. Lleva una arandela groove en el bolsillo para mostrarla en USA.
Cuando termina el turno, los que hicieron andar el torno se van a pie, trepan a colectivos, se contorsionan sobre bicicletas en el asfalto hirviente.
El Ingeniero acciona un botón y el aire acondicionado de su coche miente clima ideal.
Gabriel comparte la vuelta con un compañero que le abre la puerta del Renault 12 con una pinza porque se le cortó no sabe qué y queda trabada. La radio no anda, se le deterioró el filtro y los vidrios bajan a los golpes porque la manivela era de fundición y se quebró.
Baja en la vereda más transpirado que antes. Saluda al que sigue la huella de la avenida.
Antes de entrar a la casa junta un volante de publicidad donde la cara multicolor del Ingeniero habla de “nuestros productos con el exclusivo sistema de calidad total certificada en Japón”
Hecho un bollo, queda entre la temperatura demasiado alta.
