Escriben Osvaldo Croce y Armando Borgeaud... Resignados, íbamos a la cancha los lunes a la tarde con la inútil esperanza de que todo vuelva a suceder. La casera del club terminaba de colgar las camisetas del sábado en la soga extendida desde la ventana del rancho, pegada al alambrado, hasta el portón del bar, abierto de par en par. Olor a milanesas quemadas, moscas huyendo de los golpes del repasador, el estaño alto como un tapial, los rateros del industrial rodeando el metegol a la intemperie como a una fogata. Los torsos inanimados prendidos con broches de madera, de lejos semejaban ahorcados de brazos vencidos, los números grandes cosidos en la espalda. Los habíamos visto cinchar cada metro del terreno mojados de transpiración, salpicaduras de sangre y barro, y ahora, desteñidas y goteando agua y jabón, revivían en nuestra emoción las jugadas latentes como un silbido seguidor. El viejo Antonio fumando negros sin parar, despatarrado en la silla de paja con el sombrero ladeado, y esas ganas de morirse igual a un rezo. No muy lejos asomaban los arcos desvestidos de red, mástiles naufragados, las tribunas de cemento sin terminar, amarillas de meadas visitantes, y ese aire a cárcel que tienen las paredes abandonadas en el pasto. En esa orilla de la semana, el próximo partido bajo el sol, las  banderas exageradas, el humo blanco  de los chorizos, los jugadores corpulentos y orgullosos practicando en la tierra antes de salir a la cancha en fila india con sus botines engrasados, eran un sueño imposible. Creíamos oír, en el viento solitario, algunas estrofas de la marcha del deporte brotando de los parlantes bien altos, anunciando el comienzo de la fiesta.

estadio

Todos los benditos sábados de aquella época, cuando jugábamos de local, íbamos los tres hacia la cancha. De visitantes hacía rato que no viajábamos, evitando los estadios perdidos en las villas de cualquier lado y la consiguiente lluvia de cascotes de todos los tamaños. Los tres habíamos ingresado más o menos para la misma época en Aceros Peretti.

Nadie hubiera pensado entonces, al vernos empujándonos como boludos, que el gordo que iba al medio por la Tres de febrero hacia la cancha, era el gerente de la empresa donde trabajábamos. El tipo tenía un auto que tardaba cinco minutos para doblar en la esquina, y era el más entusiasta para transformarse en hincha, organizar la ida, arreglar la hora, con una pasión que ni asomaba los domingos en los partidos de golf con los integrantes del directorio. Envuelto en la bandera verde a rayitas blancas y la camiseta de un 4 que vino para jugar cinco partidos cuando ascendimos en el 89, lucía un pañuelo blanco con los nuditos encasquetándole la cabezota rubiona. Increíble, si, el pañuelo con nuditos, lástima que no me quedaron fotos para mostrarles.

Nadie hubiera pensado que el que iba del lado de la calle, por cábala respetábamos esas posiciones a muerte, ese gigante chueco de vozarrón de ópera y puteador de prolífica imaginación cuando se aferraba al alambrado enfurecido contra el referí, era Ignacio Requena, contador general de la compañía, que vivía más tiempo en San Pablo y Nueva York que en su casa de la calle Alberti. Hablaba inglés como un londinense, flemático y todo. Era incapaz de sonreír en una reunión por menos de medio palo verde.

En cambio cualquiera pensaba que el otro, el tercero, siempre un poco más atrás, contra la pared, porque no podía seguirles el ritmo a pesar de ser el más flaquito y pendejo, ese era yo. Los tipos de mi especie somos así de previsibles. Se nos nota de lejos. Al fin cambiaste la compañía, nene, al fin, decía mi vieja. Era hora que salieras con gente de semejante nivel. Increíble, nene. Pobre, nunca me acompañaba en la puerta de casa cuando me pasaban a buscar el Estampita Angulla y el Tuerto Sambrino para ir al Bingo, pero ni bien asomaba aquel dúo de prestigiosos universitarios fanáticos del fútbol, atorrantes de alma, sonreía satisfecha.

Ese año fatídico, cosas de la suerte nomás porque el equipo era tan malo como siempre, cuando andábamos en la mitad del campeonato empezamos a ganar partidos como una máquina perfecta: uno a cero, dos a uno, penales sobre la hora después de pasarla muy mal, goles de rebotes fortuitos, erradas bajo el arco sin explicación de los delanteros contrarios en momentos clave.  Hasta que llegamos a la liguilla final. Mejor imposible, a pedir de boca, esta no se nos puede escapar, aullaban los relatores de las FM que al final conseguían algún canje como la gente con las panaderías del barrio. Por una disposición absurda, el que ganaba seguía jugando de local, y se nos dio.

Sentados en las mismas plateas, sillas de plástico incrustadas en el hormigón fraguado como el culo, los tres infaltables, munidos de cucuruchos de maní caliente, sufrimos como nunca los dos primeros encuentros y bajamos varios quilos durante aquellas jornadas de tensión y vigilia popular.

No era para menos. ¡Lo que sufrimos con Calafatti durante esas finales estiradas con alargues y varias series de penales para desempatar! ¡Mamma mía!. Calafatti, era en realidad el Oso Matienzo, ropero cejijunto y tornero de mantenimiento de Aceros Peretti y se ganó el apodo como le cuento a continuación.

Lo detectamos cuatro escalones más abajo mirando el partido inicial del reducido. Concentración de espiritista, atraído por la posibilidad de ver jugar en la categoría mayor al club de su ciudad, jamás lo habíamos visto en la cancha. Y fue el protagonista fundamental de los penales al cierre de los primeros encuentros.

Ya finalizado el inaugural, contra el fiero Villa Mitre de Gualeguay, que nos cagó a pelotazos sin poder hacernos un gol y se comió el festejo de nuestro miserable cero a cero, fueron los arqueros hacia el arco que da a la avenida para patear los penales. Los cinco de los nuestros fueron goles. Para no creer. En el silencio de aquel primer atardecer, cuando el nueve rival de físico privilegiado se disponía a disparar la última posibilidad de su equipo para no quedarse sin nada, el Oso Matienzo inclinó la testa hacia atrás, cerró los ojos y descerrajó:

¡Calafatti!!!!!!

Tembló el aire helado de tantas almas pendientes de un pie rival acostumbrado a golear. Tembló por semejante grito brotando de aquella garganta amasada con ginebra, mate amargo y Particulares 30.

¡Calafatti!!!!!!!

Ascendió como un lamento indio hacia las torres de iluminación y cuando aquel delantero largó el puntazo, logró que el tiro saliera por encima del travesaño. Roto el atardecer, cayeron sus pedazos naranjas como un chocolatín sobre los abrazos mojados de todos los flujos humanos posibles en esas circunstancias: babeo, mate mal tomado, eructos líquidos, escupidas de cigarros.

Nadie hubiera pensado, efectivamente, que el Oso Calafatti iba a faltar a la segunda final y que nuestro gerente, abrazado como nunca a la bandera del club, iba a jurar que lo echaría como un perro si al llegar a los penales se perdía por falta del grito de guerra. No estaba en la cabeza de nadie que ese segundo rival sería presa fácil de nuestros aguerridos muchachos que liquidaron los nervios generales con un tres a cero que nos depositaba en la final ansiada.

Dos días antes del match crucial, el gordo Requena llamó a su despacho al Oso Matienzo con suma urgencia. El tornero ingresó por la alfombra roja arrastrando los pies, cabeza baja, como quien conoce el destino de los hombres pero no puede confesarlo. Ignacio, el gerente, lo recibió con cara de balance quebrado, cerró con un portazo y pidió a la secretaria que desviara todas las llamadas durante su reunión con el operario, no importa de quien se tratara. A partir de allí dejó en su sillón ultra cómodo  al directivo y se transformó en el hincha fanático. Los gritos se escucharon desde la portería. Media hora después, El Oso Matienzo volvió a su lugar de trabajo con la misma impasibilidad con que lo había dejado, agregando más dudas al ambiente caldeado de la superfinal en ciernes.

Aquella tarde finalísima los tres de siempre, calcados los pasos previos como rebobinados de un video, esperamos ver aparecer al Oso cuatro escalones más abajo como aquella jornada gloriosa. Ninguno de nosotros notó el desgano de sus hombros caídos, la resignación indisimulable de las manos sosteniendo la cabezota

Nadie hubiera pensado que empataríamos 3 a 3 con un gol en descuento totalmente injustificado. El referí, bajito, una tachuela con barbita candado, anotó las dos listas de pateadores de penales. Esperanzados, quienes llenamos el estadio de colores fuertes jugamos nuestras esperanzas a la bendición del grito sagrado con el que el Oso Matienzo sería capaz de lanzar a nuestra institución hacia la gloria.

Los seis primeros tiros fueron goles sin apelación. Nuestro mediocampista el Tornillo Ocampo, desvió el cuarto de la amada divisa y el arquero Doboleta que nunca atajaba nada desvió el remate del ocho rival. Empate en cuatro y faltaba uno solo por bando. Pateó Renguera Bervaldo y lo tiró al cielo nuboso. Tenía que darse un milagro para poder seguir pateando hasta que Calafatti lo decidiera. Ahí estaba pues el último penal de ellos a punto de ejecución y los tres protagonistas: nuestro Doboleta deseoso de ser invencible, el nueve de ellos gordito y melenudo, y la garganta del Oso que, inmóvil, tomándose la cabeza, abrumado de responsabilidad, aguardaba el momento de su grito de gloria.

Imaginen la escena: el centrodelantero que va hacia la pelota, el arquero parado en el medio sin mover un músculo, las manos abiertas a los costados como un molinete y el aullido:

¡Calafatti!!!!!

La pelota, magistralmente colocada, pasó por encima de la cabeza del golero y la sangre fría del nueve, héroe de ellos para la historia de su equipo, que solamente levantó la derecha y se perdió entre un grupio de hichas ululantes que se lo llevó en andas hasta Colegiales. Nos metimos a la cancha por un agujero del alambrado. El Oso quería escapar vaya a saber cómo del gordo enceguecido por pegarle. Se perdieron a lo lejos. El Chueco lo palmeó a Doboleta mientras le decía “cómo podés ser tan pelotudo, pibe”, por lo bajo. Tuve un momento de lucidez, no crean que es cosa de todos los días, cuando se me ocurrió pedirle la lista de pateadores al árbitro, que me la dio como quien se saca de encima un billete falso. Al leerla terminé de entender el final del cuento: allí estaba inscripto, con letra apretada y desprolija, el nombre completo de aquel gordito melenudo, artífice de nuestra desgracia: Roberto Andrés Calafatti.