Bicicleta Voladora

Carlos Riedel22 noviembre, 2014

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.

Ramiro retiró la bicicleta de la pared del garaje a oscuras y sintió que el verano sería eterno. El corazón al galope en la remera pegada a la piel y la saliva insuficiente pugnando en el desierto de la boca, le trajeron de golpe ganas de fumar como un pinchazo.

Cuántos años sin probar un buen cigarrillo. Cuántos años de no ver el humo, de sentirlo salir de entre sus labios muy despacio, pensamiento en estado puro. Cuántos años.

Entre las hojas de los plátanos salpicadas de luciérnagas que asomaban por la alargada ventana vertical y el cuchicheo apagado de las conversaciones que venían de la calle, donde padres y vecinos, sentados en la vereda, conversan parsimoniosamente hasta que los bostezos deshagan los chismes en voz baja, deseó sin piedad poder verla otra vez al cruzar, hincado en el liviano armazón de caños viejos, el círculo alumbrado con la cruz de brea de la esquina.

Sintió el corazón bombear. Cuando sentimos el corazón, cuando podemos darnos cuenta de que entra aire a los pulmones, cuando nos parece extraordinario aquello que debe pasar desapercibido de tan normal, entonces tenemos un problemita, le dice la doctora mirándolo con sus ojos de entenderlo todo.

Y después ríe, pone una cortina de tul entre sus caras. En realidad, ese palpitar llega extraído del permanente Sandro que ruega en las ventanas de veladores rojizos hasta que empiezan a entrar los bichos de la tormenta. Con ese palpitar sale Ramiro, feliz, a la cuadra con aroma de espirales.

Demora los segundos necesarios en subir a la bicicleta, en pasar frente a la negrura del zaguán donde ella se refugia con sus amigas.

Sabe que lo ve, aunque él no pueda, aunque solamente lo confirme la certeza del corazón, otra vez el cuore, ese animal arisco que no duele según se aprende mucho más adelante, aunque no sirva ni de consuelo.

El ciclista de pelo blanco peinado hacia atrás empuja con los movimientos de las piernas las agujas de relojes que ya no las tienen, rema a contracorriente y siente otra vez el milagroso airecito fresco, se aleja de lo que podría ser verdad, de lo que su vida entera no puede contener.

Tres, cuatro, seis, quince pedaleos sin parar, rabia en los dientes apretados, la calle que se va por los cordones como tiro y la gente de a grupitos sentada en la noche que lo miran pasar por lo oscuro, disparado, sin las manos en el manubrio.

Y de pronto el sol está tan alto que llegará tarde a trabajar al negocio de su padre cruzando las bocacalles agachado para ganar unos segundos.

Los empleados le abrirán la puerta de atrás, lo mirarán sonriendo de costado, parte de su cuerpo recién bajado del flete.

Ramiro de pelo rubio con rulos saluda con culpa desde la cuna, si doctora, usted se ríe pero es así. Lleva su cabalgadura al fondo del depósito, apurando el tiempo que cree sinfín hasta que se haga la hora del almuerzo y otra vez monte en equilibrio, pero eso sí, cantando para adentro o en el mejor de los casos, si es sábado al mediodía, silbando con la mirada al cielo interrumpido de ramas.

Ramiro vuela entre el ir y venir de aquellas miradas zaguaneras, el tránsito y las bocinas.

bici

Pero ahora sigue y sigue pedal, meta soltar las manos, darle el bamboleo con las caderas mientras la cadena engrasada parece disfrutar la delicadeza de su muchachita que le dice no pares, muy despacito al oído, mientras el río corre, y es de noche con bichos de luz y la desnudez los hace ángeles.

Ramiro corre en su cabalgadura de metal con calcomanías nada menos que a las cinco de la mañana, rumbo a la fábrica que queda a varios temas de Nebbia tarareados.

Atrás va el bolso tela de avión con el sanguche del almuerzo, una toalla para las manos que necesitarán mucho jabón con aserrín para despegar el polvillo negrísimo de soldar sin pausa, la careta de cartón amplificando la respiración tarda en apagar su sombra, el apunte de Física para rendir el parcial, dos paquetes de jockey nuevitos para el día en diagonal.

Aunque duelan las pantorrillas, Ramiro, que ya usa los primeros anteojos, no afloja la subida de la calle Alberti para llegar a verla y contarle que ya estamos terminando los techos, me ayudan los muchachos de la Siam y llenamos la loza esta misma tarde, y recibir esos besos que nunca más.

Después la bajadita para recuperar el aire recién fumado, el pucho apretado en la mano que lo cubre como una caparazón. Es cuestión de llegar hasta la casa de ligustro largo, frenar de golpe y pasar la otra pierna hacia la que sostiene el pedal quieto casi como los jinetes de las series. Ella, su mujer, esperándolo con sonrisa y pidiéndole que termine de estudiar así puede conseguir un trabajo mejor.

Ramiro va con gorra parecida a los que lo acompañan a su ritmo pedaleo por el centro de la calle, mirando más a los costados que adelante o atrás, no le importa llegar más que andar por la calle.

Sabe que Sandro ya se ahogó sin palpitar, que con los años el desafío es poder levantarse y salir en bandada. Pedalea recuerdos difusos que se vuelven tercos horizontes a los que no sabe para qué llegar. Vuelve de aquella noche calurosa cuando salió en busca de la que se quedaba en el barrio demasiado cerca suyo y que ya no es más que el humo de un cigarrillo prohibido para siempre.

Cuando regresa la bicicleta a la pared del garaje, a oscuras, siente que ya no hay vecinos afuera, que sus padres y sus vecinos no conversan, ni hay retos a sus hermanos, y mucho menos los ojos de ella en el zaguán, mirándolo pasar y poniéndose colorada de felicidad.

Cuando por fin el suelo firme recibe sus dos pies bien apoyados, el pelado Ramiro sabe que el verano ha sido demasiado largo. Y que nada más importa.

One comment

  • jose ali

    17 diciembre, 2013 at 4:23 pm

    HERMOSO ¡¡¡¡

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