Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud.
Yo sabía que finalmente, Esther, mi señora, un día, iba a escuchar lo que tantas veces le venía diciendo, ya no me acuerdo bien desde cuándo, seguro que desde que empezó a trabajar en dos escuelas y no porque a nosotros nos faltara la plata, ni mucho menos, si con lo que yo ganaba en la Siam como supervisor de embalaje podríamos haber vivido sin que ella ni siquiera hubiera tenido que salir a trabajar afuera, así le decía su madre.
Nora, un encanto de mujer, cuando nos venía a visitar los domingos a la tardecita, me acuerdo que tomábamos unos mates que yo cebaba con qué alegría y cuando Esther se quedaba callada mirándonos hablar, yo les proponía ir a sentarnos en el Isabella, que siempre lo dejaba a media cuadra de la Justa Lima, porque desde ahí se veía muy bien a la gente pasar, y la vieja y yo nos divertíamos como locos descubriendo a los conocidos que daban la vuelta al perro.
Siempre jugábamos quién decía primero el nombre de un vecino, una empleada del banco Provincia, algún monaguillo del cura Toral, y así tantas veces que como pasa siempre cuando uno se acostumbra a hacer algo, al final el cuerpo se prepara cuando se acerca la hora, pero ella no, no había caso, nunca se distraía del todo.
Claro que debo decir que Esther, desde chica, como me dijo la madre una vez, no era muy expresiva, "de no demostrar", así decía la vieja y se quedaba mirando fijo como si fuera culpa de ella, pero culpa de qué pensaba yo, si nunca bajé los brazos con eso de empujarla a que nos fuéramos unos días los dos solos, total, a los perros los podía cuidar Doña Vedia.
A ella le encanta ayudar a los demás, y yo ya la tenía apalabrada mucho tiempo atrás y más cuando le conté el motivo, se puso a mis órdenes..."si yo la veo triste a su señora también, pero no me animaba a decírselo, usted sabe que hay gente que no le gusta que se metan en su vida...".
Pobre vieja, si hasta la noté preocupada, pero mejor sigo contando porque se me van empezar a caer las lágrimas, por cómo es la vida, que no es justa, ya lo sé.
Eso siempre lo decía mi viejo..." mirá Atilio, para que vivir se haga tolerable hay que tener esperanzas moderadas", pero digo yo qué pretensión es querer con locura a mi mujer y que ella lo sepa, lástima que el viejo no está para darle la razón, que la tuvo al final, pero oigan esto.
Un día Esther vino, una mañana, me acuerdo bien, tenía la cara distinta, y me dijo vamos nomás una semana a Mar del Plata, prepará el autito, ella le decía así, y salimos el viernes temprano, "no me mirés así, ¿no era lo que querías?", y yo sentí que se abría el piso de la cocina y me tragaba, nunca el tiempo pasó tan rápido que desde ese momento hasta que estuvimos de vuelta.
Yo frenando el Isabella bien pegado al cordón de casa, cansados los dos del viaje, y eso que paramos tres veces porque el autito andaba bien pero recalentaba.

Fue como una película para mí esa suma de momentos los dos enamorados, ella radiante, yo como un chico, el mar acerado del otoño, las veredas anchas.
El Torreón, las caminatas, y justo encontrarlo a mi hermano Gregorio, ni bien llegamos, lo que son las casualidades, viera la alegría de mi mujer, claro, un alma gemela para hablar de arte, de filosofía, de política, de esas cosas que terminan jodiendo a la gente simple, pero no hay mal que por bien no venga.
Mientras ellos miraban libros viejos en las librerías de usados, yo cruzaba de vereda para buscar repuestos originales del Borgward Isabella y así conseguí las ópticas, un par de alfombras casi sin uso, las manijitas para levantar los vidrios, quedó una joyita, recién salido de fábrica, si hasta me hablaron del Club de Autos Antiguos de allá para exhibirlo.
Y fuimos vestidos de la época del 30, mi hermano con traje cruzado y una ametralladora Thompson de juguete, Esther con un vestido cortón que le marcaba el cuerpo, y yo de mecánico, si hasta me consiguieron antiparras de soldar, un mameluco de la Esso, una caja de herramientas salida de un museo, sacaron fotos a rolete, organizaron un baile, corrió champán, vino, de todo, y así pasaron un día tras otro hasta que Gregorio decidió irse para Santa Clara atrás de una rubia tetona que encontró en el casino, seguro que le sacó guita, pero él es de esa forma, medio veleta, bueno.
El asunto es que mi mujer comentó que extrañaba, que mejor volvemos y con tal de mantener la armonía que hace rato no teníamos, acepté, con la condición de comer antes una picada de mariscos en el puerto, fue una noche de maravilla, y a la madrugada siguiente salimos para casa, si hasta le pusimos menos que de ida porque con los repuestos nuevos y una afinadita al motor, el Isabella era un tiro.
Apenas paramos una vez, porque a mi me gustan las medialunas con café con leche justo antes de que amanezca, y las tuve, aunque solo, porque la patrona se quedó durmiendo en el coche, todo perfecto. Como planeado, fijesé que pude estacionar justo en la puerta de casa, cuando casi siempre está lleno de autos que tapan los lugares.
Así que bajé lleno de optimismo, aspiré profundo, fui hasta el baúl del Borgward para sacar las valijas y cerrar con moño esa luna de miel improvisada, ni bien tuve el equipaje a mis pies y abrí la puerta del auto tarareando un vals, en ese momento, Esther dijo desde lo más profundo del asiento, como si fuera la voz del Isabella..." Esperá Atilio, esperá, tenemos que hablar", y no paró de decir y llorar y seguir diciendo y llorar, ya no me acuerdo hasta cuándo porque a mi la vida se me voló como un papel de caramelo.
