Resplandores del ojo que espíaAmor a la Carta: Historias de a dos hasta que dure … Compañía

Armando Borgeaud3 abril, 2020

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Fue mientras bajábamos las valijas, con los pies en la arena, cuando lo vimos por primera vez. Alto, canoso, vestido de impecable saco y pantalón de dril blanco, sombrero de paja, anteojos dorados, vino hacia nosotros con la tranquilidad de un dueño de casa comprensivo y bien educado. A paso lento, manos en la espalda, caminaba tras nuestros torpes movimientos dándonos consejos prácticos que, a medida que pasaron los días, lamentamos haber desestimado con cierta piedad en aquel primer encuentro.

Cuando, ya liberado de las cargas y con todo el mundo ocupado en explorar los nuevos espacios, quise prestarle atención y darle las gracias, lo vi darse vuelta con apuro diligente. Su esposa lo esperaba en el bar desde hacía cinco minutos y yo no tenía idea de cómo era capaz de reaccionar por un retraso. Mirta, las mujeres pueden escuchar varias conversaciones a la vez, me gritó, “podrías aprender un poco del señor “, mientras acomodaba las toallas en el baño y recriminaba a los dos varones y a la nena.

Me gusta ir a la playa bien temprano, principalmente el primer día de vacaciones. El agua bien azul, la arena extensa y fresca aún de la noche, las gaviotas dueñas del aire salado. Apenas acomodé la reposera, el termo y los libros con la intención de no moverme hasta que el grupo familiar aniquilara mi soledad, escuché la voz del hombre de blanco perfumada con tabaco a chocolate. Aparecido de la nada, sacó una silla de una carpa y se acomodó a mi lado como si por fin aceptara hacer lo que le hubiera pedido con insistencia. Su señora, así la llamaba, no soportaba la arena y prefería quedarse en la habitación hasta tarde.

Hablamos largo y tendido mientras en la playa los primeros caminantes iban y venían con fondo de olas. En realidad, el que habló fue él, de su trabajo como representante de ventas de un frigorífico hasta la jubilación que debió anticipar por los reclamos matrimoniales a sus prolongadas ausencias por viajes por todo el mundo.

Por un reflejo automático, esperé el comentario de mi mujer, pero después respiré aliviado al recordar que aún dormía bastante lejos. Nos quedamos mirando el rugir espumoso de las olas que parecían un espectáculo especialmente desplegado para nosotros dos como dos chicos, hasta que el hombre, algo desencajado de repente igual que el primer día en la puerta de la habitación, desapareció de mi lado sujetándose el sombrero y repechando la arena de regreso al hotel. Ya era tiempo, terminó de decir con un susurro acuoso, de dar la medicación a su señora, ella solía confundir los horarios.

La tercera vez, ya casi había desaparecido de nuestras bromas conyugales como ejemplo del marido abnegado y solícito, tan lejano a mi figura desatenta y narcisista. Apareció una noche con el pocillo de café derecho a nuestra sobremesa de donde los chicos habían huido rápidamente después del postre. Aprovechaba, dijo, si no nos molestaba, para charlar un rato hasta que su compañera estuviera lista. Irían al casino, muy tarde, como todos los martes.

Según él, su consorte disfrutaba como nadie el andar entre las mesas, saludar a los empleados de la casa, lucir su flacura bien vestida. Mirta y yo, después de la cuarta tarde al sol y una botella de vino con la cena, nos quedamos en silencio imaginando a esas figuras calmas y seguras entre fichas y ruletas, él, siempre de blanco, ella lo más linda posible, como se imagina a los desconocidos cuando se está de buen humor. Cuando volvimos a la realidad, apenas quedaba el perfume a tabaco de su retirada

Cuando los golpes en la puerta de la habitación y los codazos de mi mujer lograron empujarme de la cama, fue la cuarta vez. Un pálido conserje, no más de veinte años, me rogaba que por favor lo acompañara hasta la habitación de su amigo, eso dijo, que está caído en el baño. Como pude salí vistiéndome por el pasillo, aún dudoso de no estar siendo protagonista de mi propio sueño.

No recuerdo como hice para levantarlo sin la ayuda del paralizado adolescente. Cómo logré encontrar el teléfono de la clínica de la villa, tomar un par de decisiones, fletar a los curiosos que se fueron asomando, cerrar la puerta a la espera de la ambulancia.

Los médicos actuaron con rapidez, le tomaron la presión apenas el hombre abrió los ojos y pudo contestar algunas preguntas y antes de irse lo inyectaron para que descansase mejor.

Fui el último en salir de la habitación ya que el pibe se había ido a acompañar a los del servicio de emergencias. Antes de cerrar la puerta dejé un vaso de agua sobre la mesa de luz, junto a los anteojos dorados y varias cajas de medicamentos y me quedé mirando unos minutos aquel largo cuerpo tendido en la cama que ahora dormía tranquilamente.

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